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In memoriam

MONS. RAÚL MÉNDEZ MONCADA por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

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CARDENAL BALTAZAR PORRAS C.



Pareciera que la Virgen del Carmen estaba esperando que pasara su fiesta para venir a buscar a uno de sus hijos predilectos. En la madrugada del 17 de julio, el decano de los sacerdotes venezolanos, con 101 años y medio a cuestas, entregó su alma al creador, Mons. Raúl Méndez Moncada. De recia estirpe andina tachirense, nativo de El Cobre pueblo al que La Grita no le quita lo que es suyo, hijo de una familia fecunda y de profundas raíces cristianas. En el hogar y en el entorno de su pueblo, bajo la advocación del Carmen rodeada de hermosas leyendas, y del intrépido apóstol Bartolomé, patrono de la localidad, forjó su espíritu creyente que le abrió a la vocación de su vida: el ser presbítero, servidor de sus paisanos en muchas facetas en las que supo entremezclar lo humano y lo divino.


 


Conocí al Padre Méndez en La Grita donde ejerció de Párroco del Santo Cristo. Pasaba quien escribe las vacaciones en Táriba junto a mis ancestros paternos, cuando los seminaristas mayores del pueblo me invitaron a ir a las fiestas del Valle del Espíritu Santo a comienzos de agosto. Había que irse pronto, decían ellos, para ser hospedados en casa del Padre Raúl, porque los que llegaban a última hora eran enviados a la parroquia de Los Ángeles donde estaba el adusto Padre Sandoval, que obligaba a recoger antes del anochecer en la casa cural.


 


La bonhomía, suave trato y generosidad del Padre Méndez me impresionó gratamente. Nos daba el mismo trato que a la mucha gente importante que se daba cita para las fiestas patronales. El tiempo posterior fue fraguando una amistad y un trato que nos acercó hasta hoy. La cultura, la historia y su espiritualidad se dieron la mano para compartir y aprender de su vasta experiencia y de su vivencia sacerdotal. Cuando me tocó tomar las riendas de la diócesis sancristobalense como administrador apostólico, lo nombré vicario general y recibió del Papa San Juan Pablo II la honorificencia de Protonotario Apostólico, que salvo mejor apunte, creo que es el único que ostentaba ese grado en Venezuela en los últimos años.


 


Con sus amigos de la Academia de la Historia del Táchira y del mundo universitario de la villa de la cordialidad, publicamos en Mérida su semblanza humana y sacerdotal. Merecido homenaje a su larga trayectoria de hombre abierto al pensamiento y a la investigación. Queda su estela luminoso, último eslabón que transitó como protagonista seminarista y sacerdote los casi cien años de la diócesis sancristobalense.


 


Gracias Mons. Méndez por su testimonio alegre y cordial. Su vida es ejemplo vivo para las generaciones de sacerdotes jóvenes. Que la Virgen de la Consolación lo haya conducido de la mano al Padre celestial y al Santo Cristo resucitado. Descanse en paz.


28.- 18-7-19 (2787)






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