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Apología al viento por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI


Twitter:@perezlopresti

En la vitrina de un centro comercial deslumbra un par de zapatos para caminar en las montañas, unos guantes impermeables para la nieve y un sombrero de marca famosa, legendariamente indestructible. Hago lo posible para comprarlo sin endeudarme y una sensación de frescura me invade. A otros les da por coleccionar aparatos propios del auge de las ya no tan nuevas tecnologías o en darle de comer a las mascotas que van reuniendo, comprándole la carísima y elaborada comida que nutre a los animales en el siglo XXI, que suele ser más costosa que lo que tiendo a comprar para alimentarme.


En no tener respeto por lo que a cada quien le plazca comprar, se basa tradicionalmente la crítica a la “sociedad de consumo” y al derecho de la clase media a adquirir lo que le venga en gana. En la efímera existencia de lo humano (a fin de cuentas podemos estirar la pata el día menos pensado), la frivolidad se ha vuelto una especie de bastión que debemos defender quienes todavía queremos aspirar a tener un poco de libertad. Preservar esa premisa es apostar a que respeten nuestros más extravagantes o cotidianos deseos. 


La industria de la publicidad sabe remover el complejo de inferioridad y la búsqueda de placer, induciendo que la gente adquiera cosas que a algunos nos parezcan inútiles. Precisamente esa posibilidad de que las masas adquieran lo que se les ofrece, no parte de una casualidad sino del centro íntimo de cada cual, que va convirtiendo en valorativo sus gustos. Sin la expansión de la chusma, lo excelso y valioso para algunos dejaría de serlo. La presencia de lo vulgar es la base de la existencia del buen gusto. En definitiva, el buen gusto es por excepción, pero va de la mano con lo vulgar.


¿Es posible otra manera de hacer sociedades?


Cada grupo humano que hace esfuerzos por generar equilibrios es la prueba tangible de lo que se merece. Sociedades que saben agruparse de manera civilizada, con liderazgos claros en sus propósitos y gente que aprende a valorar lo que cuestan las cosas, suelen ser las que finalmente destacan y hacen de sus pobladores personas con aspiraciones en función de futuro.


Sociedades en donde se cultiva el parasitismo y la mendicidad como manera de conducirse, inequívocamente van directo al barranco de la autodestrucción, la pobreza y la incapacidad de ser mejores. Sobran los ejemplos de aquellos pueblos que prefirieron el camino corto y se lanzaron por el tobogán del facilismo. 






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