Inicio

Opinión



Parvulario

El club de los escritores (1) por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

Diario Frontera, Frontera Digital,  ALIRIO PÉREZ LO PRESTI, Opinión, ,El club de los escritores (1) por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI
ALIRIO PÉREZ LO PRESTI


Twitter: @perezlopresti

Así como he ido devorando textos, de la misma manera los he ido perdiendo, porque las circunstancias de un migrante son implacables y los libros, por más que les tengamos apego y gratitud, son difíciles de llevar encima, a la par de la esposa, las grecas y un budare, pues con esto de que en Venezuela las cosas se han puesto enmarañadas para seguir llevando una vida medianamente normal, ha sido impostergable haber migrado de un lado para otro y siendo la lectura una de mis aficiones más importantes, al punto de dedicarle buena parte de mi vida al estudio acucioso y a la compilación de excelentes textos que me han permitido no tener una sino tres bibliotecas en el curso de mi existencia.


Así las cosa, grandes tesoros he ido perdiendo. Los viajes, las mudanzas e ir de la mano con la aventura no van de la mano con cargar una biblioteca de un lado para otro, al menos para alguien que generalmente ha tendido a desplazarse con escaso equipaje y en muchas ocasiones estrictamente con lo que he llevado puesto.


Recuerdo todos los libros que durante años compré casi a diario al señor Santos en la ciudad de Mérida, librero peruano, de atinado juicio, cuyas recomendaciones de rigor eran suficientes para ir creando un verdadero mapa de lecturas que habrían de acompañarme durante buena parte de mi juventud temprana. Luego, las grandes librerías de Caracas, deslumbrantes y con textos de colección que eran literalmente objetos que deslumbraban por las hermosas cubiertas de pasta y el inmaculado papel que llevaba impreso tantas palabras apiñadas, a las que había que hincarles el diente.


De caracas también recuerdo las ratoneras en donde necesariamente se iba para rebuscar algún libro, que por una u otra razón, solo era posible encontrar en esos lugares en los cuales era inevitable salir con un ataque de asma con el fin de conseguir el texto anhelado.


También recuerdo la infinitud de venta de libros que fui dichoso de visitar tantas veces en Bogotá, en las cuales daba lo mismo preguntarle a cualquier librero el nombre, autor e idioma del libro que anhelaba y sin necesidad de ir al siguiente vendedor de textos, cualquiera de ellos le conseguía el ejemplar que uno estuviese buscando, como si se tratase del genio de las mil y una noches.






Contenido Relacionado