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Al margen de la Historia por Antonio José Monagas

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Antonio José Monagas


La historia siempre ha padecido de la disyuntiva entre lo que se cuenta y lo que se escribe. Pero cuando se trata de hechos que superan varias generaciones, la realidad es otra. La historia se convierte en instrumento cultural mediante el cual el hombre adquiere la capacidad política para volcarla en letras. De esa manera, funge como razón de conciencia de las libertades y los derechos. Sin embargo, por otra parte, la situación es distinta. De este otro lado, las circunstancias se dedican a esperar que se desarrollen los hechos para así hacerlos congruente con la narrativa de la que se vale la dinámica social, al fundamentar la palabra traducida en audición.


 Indistintamente del camino o situación que prefiera el discurrir histórico, su efecto tiene la fuerza de penetración necesaria para perfilar el conocimiento sobre el cual se deparan procesos de enseñanza-aprendizaje. En lo posible, dirigidos a definir el horizonte que pudiera darle brillo a la sociedad. Particularmente, de entenderse que su obligación es reescribirla. Pero, claro está, convencida que su alcance debe servir como referente frente a todos aquellos episodios que pudieran ser evitados.


 Por eso hay quienes afirman que lo importante, no es tanto escribirla. Sino cómo borrarla. Sobre todo, de cara a quienes asienten que uno de los errores de la historia, es que se repite. Aunque hay una total divergencia entre continuar la historia, y repetir sus eventos. No obstante, tan honda brecha no siempre es advertida.


 Por tan aguda razón, muchos caen en su trampa. Trampa ésta que, aún cuando compromete su visión, igualmente sacrifica su comprensión. Así le reduce su ecuanimidad al hacer que sea vista como la carta de presentación de los triunfadores. Pero además, escrita bajo el influjo de un interés hipotecado. O de un interés vendido a plazos.


 A pesar de todo esto, resulta inmensamente contradictorio, jugarse el entendimiento de la historia al ritmo de las improvisaciones. Más aún, cuando éstas lucen convencidas que pueden actuar como reguladoras del futuro, sin avistar que dicho tiempo ha de ser pasado o pretérito. Y tan rápido suceder tal transición, como el viento hace volar las briznas de paja de un cultivo marchito.


 Mientras los oficiantes de la política y el tropel de advenedizos que muestran sumisión ante cada decisión trazada a la sombra de cuentos armados a punta de ruido propagandístico, no comprendan el terreno sobre el cual se desarrolla y cimienta la historia, jamás podrá evitarse el riesgo de caer en la primera abertura que forma parte del camino que se transita. No sólo porque lo recorre sin atender la escabrosidad del terreno. Sino porque supone que hacerlo a instancia de la urgencia, es lo indicado. Obviando de esa forma, el carácter regio del concepto y sentido de prioridad.


 Y es ahí, cuando el ejercicio de la política se va de bruces creyendo que cada tropelía accionada de su parte, es ingrediente a su intención de ganar el espacio político que presume como elemento de afianzamiento al hecho (equivocado) de buscar en la demagogia la ruta que le llevará al absurdo y errado objetivo de enquistarse en el poder. Es una de los problemas que vive la política presumida, socarrona e insolente, cuando actúa al margen de la historia.






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