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La universidad herida por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


La universidad venezolana luce abierta, pero no lo está. Abierta es una institución en pleno ejercicio de sus funciones, trabajando a máxima capacidad, echando mano de los recursos materiales y del talento humano para acometer sus nobles tareas. Y nada de eso sucede. La universidad hoy es solo la sombra de la que fue en el pasado, y lo dice alguien que ha trajinando sus espacios desde hace tres décadas. Y luce abierta, efectivamente, porque su personal (profesores, empleados y obreros) la subsidia, al ir a trabajar por unos sueldos de miseria, en medio de las más precarias condiciones laborales, con equipos obsoletos, sin materiales didácticos para la enseñanza, sin reactivos (en los casos de las carreras que los requieren), sin libros ni revistas, sin luz en pasillos y salones, sin laptops ni video beam, y sin incentivos de ninguna especie. 



Para quienes desconocen esta realidad, dentro o fuera del país, les diré que la máxima categoría como docente en nuestra universidad es la de Profesor Titular a Dedicación Exclusiva, es decir, un hombre o una mujer quien habiendo sorteado un concurso para el ingreso, y habiendo ascendido en el escalafón (Instructor, Asistente, Agregado, Asociado y Titular) en 15 años, con trabajos de investigación, con estudios de postgrado y con publicaciones, llega a la máxima jerarquía institucional. Ese profesor percibe como sueldo en la universidad venezolana el equivalente a dos cartones y medio de huevos. Y que me desmientan. 




Situación crítica


La situación ya es crítica para los universitarios, y si ahora sumamos las pretensiones de arrebatársele la autonomía por la vía de una sentencia (N° 324) de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, en la que se le obliga a realizar elecciones de autoridades en un plazo de seis meses, en unas condiciones impuestas como una camisa de fuerza, que contravienen lo dispuesto en esa materia en la Ley de Universidades vigente, violatorias del principio autonómico, y que de no hacerse las lleva directo a una intervención, pues ya me dirán ustedes lo que les aguarda a estas vapuleadas y heridas instituciones, que de pronto se verán gobernadas por autoridades impuestas a dedo, de espaldas a la comunidad universitaria. Ni más ni menos, amigos, su destrucción. 




Los universitarios nos la jugamos por nuestras instituciones. Ya bastante hemos luchado como lo dije anteriormente para mantenerlas abiertas (en apariencia, pero abiertas) haciendo un esfuerzo que sobrepasa lo humano y nos convierte prácticamente en héroes. Nuestros jóvenes merecen tener universidades de excelencia, de cara a la vanguardia planetaria, en las que se les forme para que salgan a batirse a duelo con la vida en las mejores circunstancias. El país necesita a sus universidades, pero no de cualquier manera, sino autónomas, plurales, en las que la discusión nos lleve a todos a desvelar la verdad, traducida en humanidades, en arte, en ciencia y en tecnología. La universidad tiene que ser siendo el epicentro de la vida del país, en donde todos, como una auténtica comunidad de intereses (de la más variada índole: espirituales, intelectuales, filosóficos, científicos y sociales) hagamos de la nación lo que siempre aspiró desde su fundación como República. Sí, una nación próspera y no mendicante, en la que cada ciudadano sienta que con su esfuerzo físico e intelectual pueda elevarse por encima de sus propias circunstancias personales y familiares, para ser pleno y feliz.




@GilOtaiza 




rigilo99@hotmail.com






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