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Se soltaron los demonios… por Antonio José Monagas

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Antonio José Monagas


No hay nada más enmarañado que la política. Sus realidades, casi siempre oscurecidas por las desavenencias que en sus fueros ocurren, son causas de continuados conflictos y desmanes. En la jerga política, esto revela problemas encubiertos bajo la horma de “corrupción”. Aunque también saltan a la vista, desgracias y escollos que por causa de la política desempeñada equivocadamente, atoran cuanto proceso de ordenamiento pueda pretenderse. O de cuanto procedimiento funcional se haya establecido.

 

La política es cuestión de civiles formados para dirigir estamentos públicos que, además, se precien de las capacidades y potencialidades que los caractericen. Cuando se pierde el foco de la política, cualquier desastre es posible. Sobre todo, si el ejercicio de la política se confunde con la verticalidad que supone cualquier corporación cuyo discurrir depende de la subordinación a la que se debe todo procedimiento de inflexible severidad. Vale referir al contexto militar cuya organización y preparación se encuentra formada para la obediencia irrestricta y férrea disciplina.

 

La crisis que sumió a Venezuela en el marasmo, en lo que va de siglo XXI, devino de la absurda mezcla entre esferas de contraria condición. La discrecionalidad propia de la civilidad, enfrentada a la rigidez propia del orden cerrado que define la fila militar. No obstante a tan rara combinación, se sumó la injerencia de consideraciones demagógicas que fueron supuestamente entendidas como complementos dinámicos para darle mayor celeridad a decisiones que vinieron tomando razón frente a los intereses bajo los cuales se movilizaban recursos de toda índole.

 

La sumatoria de distintos factores representativos de tantos actores políticos que fueron entrometiéndose en los procesos de elaboración y toma de decisiones del alto gobierno que tomó el poder en Enero de 1999, complicó toda posibilidad de actuar con el equilibrio que exige el manejo político de toda realidad tramada.

 

Ante estas circunstancias, no resulta desmedido asentir que Venezuela cayó en una profunda fosa de la cual la historia política tiene capítulos extensos que describen hechos acontecidos por la misma causa. Sólo que lo ocurrido en Venezuela, no tiene parangón. Las contradicciones evidenciadas, desnudan a gobernantes cuyas carencias acrecentaron los conflictos que venían suscitándose y que terminaron ahuecando más la cárcava en la que había caído el país.

 

La anarquía cundió cada espacio, sin que el propio gobierno hubiera advertido los problemas que se generarían por culpa de tan atrevida apatía. Así que sin definición de objetivos, de planificación de medios, de estimación de costos  y estudios de factibilidad, el régimen se dejó tentar por la inmediatez y la improvisación lo que provocó que el país se viera abrumado de inconsistencias por los cuatro puntos cardinales. Precisamente, fue ahí cuando el Estado venezolano comenzó a sufrir un proceso de desintegración que terminó arruinándolo casi todo. A excepción de las esperanzas que afianzaron las protestas de una población convencida de que la defenestración del régimen sería el camino para recuperar la democracia extraviada entre los desmanes y rarezas que se establecieron a fin de justificar la opresión dictaminada por el poder político acomodado en el Ejecutivo Nacional.

 

Fue en medio de los desórdenes que se engendraron, donde el régimen vio la oportunidad de sustituir el Estado nacional por numerosas, dispendiosas y aparatosas formas de revolver la institucionalidad en todas sus manifestaciones. La anarquía se convirtió en un mecanismo para disimular el enredo que consiguió el régimen al imponer ambiguos criterios que enmarañaron todo el sistema político y económico nacional. Creyó que al emplazar formas de autonomía fraccionadas que sustituyeron el modelo jerarquizado y consolidado instituido constitucionalmente, cuya expresión más fidedigna radicaba en la Administración Pública, la unidad del manejo funcional de la nación mejoraría. Cuando bastante lejos de dicho propósito, el país se anarquizó por todos lados.

 

El régimen, con un inventario de excusas a cuestas, difundido por sus innumerables medios de prensa, pretendió disculparse sin atender que la crisis ya había entrado en fase terminal. Acudió al amparo de pretextos entre los cuales vociferó la irrupción de la manoseada “guerra económica”. Pero a pesar de tanta argumentación mal estructurada, “el tiro le salió por la culata”. Todo ello sirvió de base para que reluciera la temida inestabilidad y que como amenaza sigue persiguiendo al régimen. Igual, sucedió con el atraso económico y social que identifica al modelo socialista. Así como la aparición de un importante número de caudillos locales, grandes y pequeños que terminaron de fracturar y disolver las múltiples ofertas gubernamentales.

 

Por eso, el régimen se ha visto obligado a sacar del inframundo, demonios de todo tipo, color y género. Sólo que su llamado no se pautó según un mínimo orden. La diabólica compostura de tan grotescos entes, vació la programación revolucionaria. Así que la horrenda situación que ahora vive Venezuela, tuvo su origen desde el mismo momento cuando se soltaron los demonios…





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