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Fake News por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


La noción de la verdad es una categoría difícil de analizar desde lo filosófico, y adentrarnos en ella implica toda una suerte de variables que hacen del discurso una verdadera abstracción. Por suerte, la filosofía no envejece nunca, ya que a medida en que la humanidad recorre nuevos territorios, ella se ve impelida a fijar posición frente los avatares que se le presentan a la humanidad. Nuestros tiempos son realmente complejos, si aceptamos, no sin reticencias, que la complejidad no es complicación, sino una densa trama, una urdimbre que a modo de denso tejido busca explicar los fenómenos desde distintas visiones, posturas y ángulos, lo que al conjuntarse se nos presenta como posibilidad epistémica. 


Estamos insertos en un mundo en el que el relativismo busca trochas para eludir el concepto de la verdad, y su incidencia en nuestras vidas. Bástenos tan solo con echar una mirada en las redes sociales, para cerciorarnos de la infinidad de posiciones, de miradas y de “comprensiones” que buscan con afán explicar y explicarse la realidad. Sin embargo, esto no es suficiente, ya que muchas veces es la resultante de una burda manipulación de la realidad, lo que nos lleva a creer como “verdad” algo que ha sido fabricado en laboratorios mediáticos, y así crear matrices de opinión supeditadas a intereses oscuros e insospechados. 



Las tecnologías digitales son un verdadero portento, y hemos alcanzado cimas jamás soñadas. Empero, ellas son también posibilidad cierta de tergiversación, de engaño, lo que nos pone como ciudadanos en un verdadero filo de la navaja. Los denominados Fake News, o falsas noticias, son el pan de cada día. Los lectores y, en definitiva, la sociedad, son objeto permanente de engaño y de estafa por parte de verdaderos delincuentes del teclado. Pero no de un engaño cualquiera, sino de un “algo” que es soportado desde poderosos tentáculos, que lo hacen ver como una realidad o una verdad irrefutable, y se echa a volar con el denodado fin de mantenernos en la ignorancia y así desviar la atención de todos hacia derroteros de corporaciones criminales.



Las redes sociales y los medios de comunicación son el vehículo propicio para dichas actividades delictivas, que inciden de manera dramática en el comportamiento social y traen consigo grandes beneficios a quienes se esconden tras bambalinas. En medio de la vorágine comunicacional en la que vivimos, es difícil (a veces imposible) detectar a tiempo los Fake News y el daño que causan en inmenso y muchas veces irreparable, destruyendo consigo instituciones, personas y la credibilidad que antes adosábamos a las noticias como fuente de información veraz.


 
En este punto del asunto entra en juego esa rama de la filosofía tan vapuleada en nuestros días: la ética. Por lo tanto, la ética se redimensiona y se complejiza también, en la búsqueda de referentes que permitan un comportamiento individual y colectivo que esté blindado frente a tantos artificios disfrazados de verdad. Nuestro actuar, y las normas que emergen de todo este torbellino, no podrán ser otros que aquello que nos lleve a conocer el verdadero rostro de la información, es decir, aquella que busca sustento en la realidad real, y no la que se nos muestra sin pudor desde la burda manipulación mediática. Hoy más que nunca la verdad es un supuesto y todo gira en torno de ese lado oculto que tienen las cosas (y las personas). La verdad ya no es la verdad, sino lo que algunas individualidades y corporaciones nos entregan como tal, y caemos en sus trampas.


 
@GilOtaiza



rigilo99@hotmail.com






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