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Tipos duros (I) por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI



@perezlopresti


Mi amigo Roger Vilain es un tipo duro. Él y yo hemos vivido cosas memorables como la pesca en alta mar, peleas callejeras e intoxicaciones alimentarias. También hemos compartido el amor por la literatura, la debilidad por las mujeres hermosas y los viajes. Hoy somos parte de la diáspora venezolana, lo cual nos ha hecho más que célebres entre algunos allegados porque conocen las vicisitudes que hemos tenido que lidiar juntos. Seguimos escribiendo y compartiendo nuestros trabajos con quienes deseen leerlos. Roger escribe muy bien y disfruto cada uno de sus impecables textos de principio a fin.


Hubo un tiempo en que mis mejores amigos eran tan regios que estábamos vigilados por ciertos cuerpos de seguridad. En realidad la cosa se debió a una confusión, pero bueno, las cosas son como son. Roger asistía a un taller literario en la época en la cual íbamos a la universidad y me invitó para que lo acompañara. La cosa es que cada uno de los asistentes mostraba alguno de sus escritos y las personas emitían su opinión o percepción sobre la calidad de los mismos. Un joven contemporáneo, de anchas manos y rostro lleno de cicatrices contó una historia en la cual explicaba cómo había asesinado a su padrastro y sobre el tiempo y su vivencia en la cárcel. A los asistentes les pareció que era muy explícita la manera como describía el asesinato y el joven, inmutable, dijo de manera severa y grave que la historia era real, que ciertamente era un asesino y los cinco años de cárcel le habían moldeado el carácter.


Como los asistentes eran muy jóvenes y habían varias damas delicadas presentes, se corrió el rumor en nuestra pequeña ciudad de que quienes asistían regularmente al taller de lectura era un montón de matones. Una cosa llevó a la otra y la semana siguiente aparecieron sorprendentemente rostros nuevos, de aspecto sombrío, que leían trabajos que iban desde textos de horror hasta historias policiales. La gente que asistía a ese espacio ya no era la misma, sin embargo todos compartíamos en común el hecho de que escribíamos. En esa época yo había escrito un cuento sobre un joven estudiante de medicina que usaba un revólver calibre 38 porque tenía que concurrir a sitios muy remotos y peligrosos para atender a sus pacientes y lo leí a viva voz, ganándome el aplauso cerrado de quienes acudían al grupo de literatos de aspecto hosco. A su vez Roger Vilain presentó un cuento sobre una secta de jóvenes que era manipulada por un filósofo, se vestían de negro y comían gatos. Pasamos de ser dos buenos muchachos a los falsos rebeldes con causa. En eso nos convertimos.






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