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El monopolio por Eleazar Ontiveros Paolini

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ELEAZAR ONTIVEROS P.



Seguimos creyendo, y escribimos en consonancia, que los análisis ideológicos que como tales determinan acciones, tienen que darse todos los días y en todos los medios, para que podamos entender mucho de lo que sucede en Venezuela y optemos por lo que conscientemente apreciemos como válido. En ello se incluye lo concerniente al monopolio.


El término monopolio tiene varias acepciones, pero para lo que pretendemos discutir, consideramos que se trata del aprovechamiento de una potestad, industria o negocio. Cualquiera de esos aprovechamientos es indeseable, pues en el fondo determina la supeditación a los criterios exclusivos de personas, gobernantes o grupos. En el capitalismo ha sido inevitable y seguirá siéndolo, en especial en países en que la competencia en la producción de bienes y servicios es irrisoria, lo que hace que personas o grupos manejen con exclusividad, a su arbitrio, todos los escalones implicados en el proceso de producción, distribución y venta, a veces generando especulaciones indeseables, y, en otras oportunidades, como hay ejemplos en el país, sirviendo para generar puestos estables de trabajo, satisfacer la demanda y hasta participar en programas sociales de importancia.


Difiere lo referente al aprovechamiento exclusivo de una facultad, el poder en este caso, que solo puede ser aceptado por mentes que no creen en ellas mismas y necesitan que alguien les diga qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Es algo parecido a los que van a un partido de fútbol con una radio  y le prestan más atención a lo que dice el locutor que a lo que está pasando en la cancha, es decir, no cree en lo que está viendo; es necesario que se lo digan.


El poder absoluto de reyes, faraones y zares se centraba  en un hecho de aceptación colectiva de carácter dogmático: ellos eran elegidos por Dios y si era así, las decisiones que tomaban aunque fueran lo más aberrante y arbitrarias, teniendo la inspiración divina  resultaban  irrefutables. Pero los que modernamente han pretendido y pretenden convertirse en el factótum indispensable, en el que dicta para que los demás copien y hagan, están movidos no por representar a Dios, aunque  algunos se lo crean, sino porque tienen o han tenido la posibilidad de hilvanar, cual araña tejedora, una serie de incondicionalidades obtenidas generalmente no por la pureza de ideales y doctrinas redentoras, sino por satisfacer con dádivas las manos que se estiran escondiendo en las espaldas la dignidad.


Lo que muchos no logran o desean entender, es que casualmente el absolutismo es la negación de la sociedad, pues esta en el fondo es una urdimbre de relaciones múltiples, conformadas por hombres con mentalidades de la más diversa índole, lo que implica criterios diversos que se complementan o se rechazan como alternativas surgidas de la libertad por la diversidad, sustentado todo en un estado de derecho que permite la tolerancia y la negociación  de compromisos y consensos. El absolutismo solo se puede considerar como el ensimismamiento  autocrático de un hegemón, pues hace tan determinante el sentido y validez del poder personalizado, que este se sumerge en la inapropiada consideración de que toda acción, todo procedimiento tiene una razón superior de “ser” y de que no hay razones válidas para contradecirla. Así se llega, transitando un camino tortuoso, al desconocimiento de mucho o todo lo que se pueda haber establecido o  acordado democráticamente, por considerársele contrario a “esa razón superior”, que en ensimismado define y permite el ejercicio del poder.


¿Entonces?  El corolario es de Perogrullo: si mis razones son superiores y por lo tanto no hay otras que puedan contradecirlo por ser inferiores, al poseer el poder, en especial el armado y el económico, resulta “natural”, sean cuales sean las consecuencias,  arrasar con lo que se ponga por delante para  aplicar en la práctica esas razones superiores, pues las otras tienen que ser obligatoriamente inferiores y por tal despreciables.


Así, el hegemón que pretenda el absolutismo, aunque no tenga conciencia de ello, se quiere aproximar a Dios, que por ser tal existe como un único absoluto que no tiene relaciones de dependencia.  Sin embargo y es lo medular, las razones superiores que se aducen, se pretenden carentes de cualquier relación de ese tipo.


¿Se podrá entonces, con quienes piensan así lograr un diálogo ciertamente conciliador que determine cambios sustanciales en la conducta, en la administración y en el ejercicio del poder? Piénselo. Ya tenemos años en esa quimera que lo único que ha hecho el lograr divisiones inconvenientes como la que sacude actualmente con la Asamblea Nacional, para beneplácito del dueño de Miraflores, sus adláteres y fámulas.






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