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Niño prodigio y otras yucas (I) por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI



Twitter: @perezlopresti


Desde muy, muy joven, en su ciudad natal, José María Arellano era considerado la gran promesa intelectual del país.


Sus padres no desaprovechaban oportunidad para invitar académicos y artistas a largas tertulias en las cuales el otrora niño recitaba párrafos enteros de cualquier obra, sea Las mil y una noches o los enrevesados trabajos de Hegel.


La casa de los Arellano era visitada por lo más exclusivo de la sociedad de su tiempo, incluyendo gobernadores y poetas consumados. Las grandes reuniones de salón y exquisito gusto por lo estético, eran acompañadas por los más deliciosos platos de comida gourmet y las bebidas espirituosas que el otrora desenfadado y derrochador país petrolero era capaz de consumir para deleite de ricos, no tan ricos y eternos endeudados que se desvivían por aparentar lo que no tenían.


En un rincón un tanto apartado, circulaba un mesonero con una bandeja ofreciendo estimulantes y estupefacientes ilegales, todo lo cual le daba un toque de esnobismo a cuanta celebración se realizaba.


Motivos para el jolgorio y las grandes concentraciones no faltaban, al punto de que celebraban desde el día de la madre hasta el de las fechas patrias. Era una suerte de épica al hedonismo en donde sibaritas y holgazanes se encontraban para celebrar la vida.


Las cosas fluían con una rutina que se repetía, siempre acompañado todo de las más excelsas agrupaciones musicales de la ciudad que exhibían las mejores piezas de boleros, valses y jazz. El momento estelar era cuando aparecía José María Arellano y hacía su acto de rigor.






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