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El ideario de José Saramago por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Desde finales del siglo pasado el escritor portugués José Saramago publicó sus diarios, a los cuales les dio distinta denominación: Cuadernos de Lanzarote, El cuaderno y El último cuaderno (obra póstuma). El reconocido autor escribió en su blog hasta poco antes de su muerte y nos legó un pensamiento sobresaliente, que si bien iba a contracorriente de lo que la mayoría de autores de Occidente formulaba en torno de la dinámica mundial en todos sus órdenes (político, económico y social), no dejó de ser un aporte sustancial, inteligente y original a las letras universales.

Para nadie es un secreto su militancia comunista que lo llevó a defender con fuerza a regímenes como los de Cuba, sin embargo, en muchos de sus textos dejó constancia que aquello respondía más a una idea un tanto “juvenil” y utópica de las revoluciones de izquierda, que a una auténtica convicción política e ideológica, ya que fustigó con dureza los exabruptos y los crímenes cometidos por quienes han usufructuado el marxismo-leninismo a lo largo de la última centuria. Su visión comunista es si se quiere “romántica”, ya que enarbola principios y valores que son mera teoría (impecable, por cierto) ya que en la práctica ha devenido en miseria, atraso y corrupción.

El pensamiento de Saramago es crítico e incisivo, y busca auscultar los signos de su tiempo histórico e incidir con su pluma en los cambios que anhela. Empero, en sus diarios nos muestra con sinceridad que a pesar de tener muy claro lo que hay qué hacer en un mundo con desigualdad, reparto injusto de oportunidades y terribles atrocidades, su cosmovisión, traducida en ideario, es desoladora y raya en el pesimismo. El equilibrio entre sus sueños y su intelecto no deja espacio para el engaño: el mundo está enfermo y no tiene salvación.

Para Saramago la literatura fue su oasis: se refugió en ella e hizo de sus libros trincheras desde las que denunció al establishment: iglesia, poder político y capitalismo, pero sintió en carne propia los rigores de sus posiciones extremas. Por su sensibilidad autoral recibía cada una de las afrentas de sus enemigos y de muchos de sus lectores con un estoicismo no exento de ironía, pero quienes lo leemos entrelíneas percibimos en sus reflexiones y comentarios las heridas recibidas, aunque con un aparente ropaje de inmunidad.

Echó mano el autor, no sólo de la narrativa (cuento y novela) para mostrarnos su mundo interior y combatir por sus ideas, sino fundamentalmente del ensayo. En este sentido, son sus diarios la auténtica atalaya de un hombre que no dio descanso a su alma para gritarle al mundo su inconformidad, su náusea frente a la estulticia de los poderosos, su asco por las mentiras que son propaladas como verdades irrefutables y ante las cuales millones de personas ponen rodilla en tierra creyendo estar ante lo inevitable e inconmovible.

Lógicamente, al estar Saramago en el extremo del espectro político esto lo coloca en una posición difícil de conciliar (de equilibrar), sin correr el riesgo de caer en la ceguera de algunos de sus personajes ante los hechos y las circunstancias. Muchas veces entró en contradicciones, erró en los cálculos y todo esto trajo consigo enconados detractores y furibundos debates sobre su persona y su obra.

Los diarios desnudan a Saramago para la posteridad y dejan sentado que fue un escritor rompedor de esquemas y un pensador honesto, aunque a cada instante su ideario se vea vapuleado por los mentís de una realidad que hace trizas su vieja utopía política.

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com    





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