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Un régimen que agoniza por Antonio José Monagas

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Antonio José Monagas



Todo proceso político tiene un comienzo, un auge, una plenitud, un deterioro y un inevitable final cuya agonía es, muchas veces, grotesca y desastrosa. Tanto así, que desgasta no sólo el ámbito político en el cual suscribe su declinación y frente a lo cual busca reaccionar con la mayor violencia posible. También, carcome el medio social y el terreno que ocupa la economía. Esto hace que las consecuencias sean profundamente devastadoras. Pero al igual que sucumben las realidades ante la magnitud de los problemas que desata dicha calamidad, asimismo pareciera exacerbar la memoria histórica de los pueblos. Particularmente, porque la política es expresión de los procesos históricos. 


 


Sin embargo no ha habido forma exacta, metodológicamente hablando, de concienciar el daño que significa desatender el llamado de la historia política contemporánea toda vez que sus capítulos son calcados de intensas crisis que han zarandeado actitudes de poblaciones cuya desvergüenza tiende a confundirse con la ignorancia. Así puede inferirse, cómo siguen repitiéndose situaciones caracterizadas por aberraciones ineludibles. Incluso, a pesar del esfuerzo por evitarlas. No obstante, deberá reconocerse que la obstinación del hombre aferrado al poder ofusca su visión llevándolo a refrendar su equivocación. Por eso el glosario popular recoge aquello que reza: “el ser humano es el único animal que se tropieza dos veces en la misma piedra”. Quizás más, si los hechos se atienen a que dicho problema ocurre asediado por la multiplicidad de variables que configura la realidad. Cualquier realidad. 


 


El caso venezolano, permite una explicación politológica que ilustra el problema que padece el régimen como resultado de estar viviendo su ocaso. No sólo por causa de haber apostado erráticamente a lo que el juego político dejó asomar en un principio cuando su popularidad llegó a alcanzar significativos niveles. Su declinación, aunque ungida de testarudez por la persistencia demostrada, es inequívoca o infalible. No hay la menor duda de su mengua dado el bajón de fuerza que viene penando. Lo poco que soporta el tiempo que retrasa su desplome, es el apalancamiento, por demás descaradamente sobornado, que le brinda la cúpula militar y grupos paramilitares sembradores de violencia. Inclusive, su estructura político-partidista se halla bastante fracturada lo que ha determinado que algunas facciones hayan retirado su apoyo a dictámenes gubernamentales enmarcados por un grosero autoritarismo que roza con un insolente desconocimiento de la norma constitucional.


 


El drama que vive el régimen, puede advertirse y hasta medirse el impacto que los frecuentes desafueros, cometidos en nombre de la presunta revolución bolivariana, vienen ocasionándole. Son momentos que revelan la proximidad a su impetuosa y concluyente caída. Ya inició el tránsito hacia su final. De hecho, ya vivió un primer tiempo: de Negación: Fue el que gastó en argucias con las cuales buscó justificar grotescas e ilegales decisiones amparándose en un espurio tribunal supremo. Así, pretendió validar su autoridad a pesar de los exabruptos impunemente cometidos. 


 


Luego experimentó la Rabia, cuando reconoció que no podía asumir por mas tiempo la negación como actitud. Acá, el régimen político complicó toda intención o planteamiento de ayuda que le ofreciera cualquier agente político o factor que no compartiera su ideología. 


 


Un tercer momento fue de Negociación, cuando se dio a la tarea de animar, solapadamente, posibles acuerdos con la oposición para procurar salidas que le facilitarían remozar promesas incumplidas que alentaran esperanzas. Aunque todas fueron falsas. 


 


Luego vino un ciclo de Decadencia. Acá, el régimen comprendió la certeza de su innegable declive. Debido a esto, varió su estrategia. En consecuencia, se tornó más tramposo y conflictivo para mostrar un talante que reconoce no tener. Sus antiguos apoyos han dejado de manifestarle solidaridad. Entendieron la magnitud de problemas bajo el cual está atrapado. Sin embargo, el régimen ha apelado a los medios de comunicación para proyectar una imagen de fortaleza que no puede seguir arrogándose. Es un momento importante cuya observación debe comedirse para evitar equivocadas interpretaciones de terceros. 


 


Y en la etapa final, o de Aceptaciónde que su defenestración es inminente, se ve aterrado y desesperado ante la situación última que lo domina. Así, ha recurrido a la represión y graves amenazas como último mecanismo de control social pues perdió todo lo que le infundió su disposición de “gobernar”. Sobre todo, luego que la justicia norteamericana puso precio a la “libertad” de altos funcionarios incursos en probados delitos de toda clase.


 


De manera que el régimen ha quedado desprovisto de autoridad, apoyo y consistencia. Sólo cuenta con la capacidad de angustiar al país con el fin de alterar el curso de los tiempos pues el reloj se convirtió en su enemigo implacable. Es innegable que está comportándose como un abatido e iracundo estamento público pues sabe que ya comenzó su caída. Es decir, que ya conoce lo que ha de suceder. Especialmente, en un ámbito salpicado por la pandemia que azota al mundo entero. Es el caso particular de Venezuela. O sea, de un régimen que agoniza.






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