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La crónica menor

¡BIENVENIDOS LOS MURCIÉLAGOS! por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

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CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO



La pandemia abre espacio para el ocio placentero. He leído con interés el último artículo de mi buen amigo el Dr. Noel Álvarez que titula “los indeseables murciélagos”. Recuerdos de su niñez, anécdotas que sazonan la razón de ser de las creencias. Hace gala de escudriñar sobre estos curiosos animales, con las consideraciones de investigadores de prestigiosos centros sobre el benéfico papel que juegan estos detestables mamíferos, para algunos, y muy de moda por ser, según otros, los culpables del virus que nos tiene en cuarentena.


 


El diccionario nos dice que su nombre científico es “Quirópteros”, proveniente de dos palabras griegas, cheir, mano y pteron, ala, es decir animales que sus alas son sus manos. Antiguamente se creía que eran ciegos, de allí el nombre “murciélago” que quiere decir “ratón ciego”. La erudición a la que hace alusión el artículo citado, en la que no figura ningún investigador de nuestras tierras, me ha hecho recordar simpáticas anécdotas que paso a compartir con ustedes. Pensé, en mi ignorancia, que no teníamos especialistas en la materia, y cuál fue mi sorpresa al constatar que en la Universidad de los Andes, hay estudiosos y especialistas en estos animales de los que aprendí lo que no sabía. Si lo que narro no es exacto, la responsabilidad es mía y no de los profesores universitarios, porque saco estos pensamientos de mi baúl de los recuerdos.


 


Hace unos cuantos años, constaté que las paredes del palacio arzobispal de Mérida estaban manchadas por el excremento, no sé si eso se llama guano, y se me ocurrió recurrir al entonces rector de la ULA, el doctor Genry Vargas, para preguntarle si había algún profesor de la facultad de ciencias que me asesorara a fin de preservar la buena presencia del palacio. Efectivamente, vinieron tres profesores especialistas en la materia. Me enteré, si mal no recuerdo, que en Venezuela hay más de cincuenta especies distintas de murciélagos, y que la única dañina y a exterminar podía ser la de los vampiros, es decir los que chupan sangre. Me imagino que esos serían los que se aprovechaban de la sangre de los burritos del papá del Dr. Noel en tierras larenses.


 


Pero, estos, según ellos, viven en tierras cálidas, y en Mérida solo llegan hasta Lagunillas donde hacen estragos en los animales. Yo les solicité, ingenuamente, la forma de eliminarlos, pero me dieron una clase magistral en la línea de lo benéfico para el equilibrio ecológico. Son animalitos muy útiles y necesarios para acelerar la fecundación de las semillas de lo que comen porque sus jugos gástricos, no sé si es el nombre correcto, tienen esa propiedad. Recogen la fruta en un sitio, la comen en otro y por lo rápido de su digestión depositan su excremento en otra; ayudan a la dispersión de las semillas de su lugar de origen a otro.


 


Pasamos dos noches en la azotea del palacio arzobispal, con unas redes, tratando de darle caza, sin éxito, a alguno de estos voladores para ser estudiados en la facultad. Al final de estas jornadas, me dedicaría a ayudar a que se difundieran más los murciélagos, ya que en lugar de la aversión que tenía hacia ellos, me convertiría en uno de sus defensores. La solución para que no vinieran de "visita" al palacio, fue otra: poner un techo de vinil y pintar con cierta frecuencia, porque el olor de la pintura los ahuyenta. Sin embargo, persisten las visitas “diurnas”, pues como preludio al coronavirus hace menos de dos meses, uno de ellos atravesó el patio del palacio en medio de un acto del que quedó constancia en una foto.


 


En mis años de cura párroco en Calabozo tuve que sufrir el olor, mejor el hedor, de estos animales que tenían como morada los techos internos de la iglesia de Las Mercedes. Con los muchachos de la parroquia, nos dedicamos a "cazar" murciélagos, gracias a la bondad de mi amigo Ugo Burigo, quien nos prestó un flower que fue la diversión de nosotros para aprender el tiro al blanco, bueno, en este caso el tiro al negro. Me lo prestó con suficientes balines, con el que matamos varios centenares de ellos. Nos causaba cierta repugnancia el color rojo de la sangre, muy parecida a la humana. Como estaba en ese entonces construyendo la casa parroquial, se nos ocurrió la graciosa idea de "enterrar cristianamente" a unos cuantos de ellos.


 


Estaban los obreros echando una acera al lado de la iglesia, y después de la primera capa de cemento, que en aquellos años costaba la paca algo más de un fuerte, le dimos “sepultura” ordenadamente al menos a un centenar. Todos ellos boca arriba, con las alas estiradas y en perfecta formación. Quede este testimonio por si algún día se le ocurre al cura de turno levantar la acera; se encontrará con el "cementerio de murciélagos", en perfecto estado, pues están bajo dos capas de cemento, lo que dará pie a más de una conseja. Seguramente se inventarán leyendas de algún rito satánico realizado en las orillas de un templo y habrá que programar un exorcismo para que desaparezca el maleficio.


 


El peligro que corremos es que con la carestía de proteínas por la escasez de carne y la cercanía afectiva del régimen a los chinos, se nos ofrezca en suculento plato agridulce, una chuleta de murciélago aderezada con tallarines y chop suey, convirtiendo a los venezolanos en los primeros en el mundo en el consumo de estos “deliciosos” animales. Si a eso le sumamos la percepción de que nadie ha visto un entierro de chino y nos lo comemos en una lumpia, subiremos en peso y medidas. Hay que andar con cuidado porque prefiero un plato de caraotas con arroz y tajada. ¡Madre mía, lo que se aprende con el Covid-19!


22.- 20-4-2020 (5639)






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