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¡Dale que no viene carro…! por Antonio J. Monagas

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ANTONIO JOSÉ MONAGAS



La jerga popular acierta casi siempre. Con sólo advertir cualquier desliz que acarree algún peligro o situación-problema, sabe inferir lo que el hecho puede significar a manera de moraleja. Por eso hay aforismos populares sabios. Por aquello de que cuando habla el pueblo, habla su conciencia. Aunque también se dice que es la voz o palabra soportada en la experiencia o acervo acumulado de tanta historia recorrida. O hechos vividos.


 


Vale reconocer que la sapiencia de un pueblo o nación, lo indica la manera de cómo ha interpretado su desarrollo social, político o económico. Y eso lo hace a través de aforismos que, precisamente, recogen ese conocimiento el cual va transmitiéndose de generación en generación. Y de generación en generación, igualmente va siendo recogido, concienciado y reflexionado hasta hacerse parte de la conciencia de cada individuo de pensamiento crítico. 


 


Aunque muchas veces, hay voces que surgen de alguna coyuntura que ha marcado la vida nacional o regional. Es entonces cuando aparecen frases que se convierten en refranes, dichos o adagios dejando así ver una enseñanza que el idioma o el folklore pudo ajustar y conciliar su moraleja con el costumbrismo propio de cada pueblo.


 


Sin embargo, hay circunstancias que provocan la estructuración de algún dicho y que los medios de comunicación o tecnologías de la información, tal como se conocen ahora, hace popular. Bien porque es mimetizada mediante alguna esquema comunicacional. O porque el manejo político actúa como eco virtual que irradia un impacto fónico, audible o perceptible de extraordinario alcance. Por eso, su voz aviva el “ruido” necesario para que se infiltre en el lenguaje popular. Y porque además, es de fácil memorización. Y esa característica, le induce un carácter sentencioso que es complementado por un rápido entendimiento.


 


Sólo que este tipo de refranes, sentencias o adagios, en el contexto de la política, prestan un doble sentido. Primero aquel que expone taxativamente su propio significado. Mientras que en un segundo plano, da cuenta de una crítica que mejor sirve para cuestionar o translucir alguna ventaja o desventaja que se tiene ante una cuestionada situación o problema de delicada incidencia.  


 


En medio de la convulsionada actualidad venezolana, no es lo mismo una frase construida con el sentido que puede imponerle el provecho del régimen, dada las controversias que resultan de la usurpación e ilegitimidad que expone, que una frase elaborada a partir del sentimiento y resistencia que viven los sectores de la oposición democrática nacional. De ahí que hay frases que son punzantes en términos de su interpretación o de su inferencia. 


 


Decir hoy día ¡Dale que no viene carro…!es una expresión que puede chocar con posturas que defienden situaciones adversas o consideraciones temerarias, dado el peligro que puede haber ante un escenario cruzado por vehículos que deben mostrar algún orden establecido por un sistema de semaforización. O no. Sin embargo, esa misma locución, políticamente interpretada, da cuenta de un marullo del cual hay que salir o superar inmediatamente. Basta con advertir que el paso está franco, para continuar el movimiento que viene emprendiéndose.


 


Un país tan acontecido por causa de la indolencia de un régimen perverso, además inconstitucional por usurpador como Venezuela, no debe descansar en cruces que están libres de contingencias. O bastante despejados. Aunque colmados de toda inseguridad posible. Así que vale por derecho, decidir el avance en la ruta que se traía para no demorar el tránsito hacia un nuevo derrotero cuya amplitud favorecerá y permitirá toda movilidad en su más justa consideración. 


 


De modo que ante tan compungida situación por la cual viene atravesando el vehículo, cuya determinación es movilizar a Venezuela entre parajes de difícil condición, no cabe otra motivación que transitar lo más raudamente posible. Pero fundamentalmente, al llegar a la cruda y embrollada intersección que tiene trazada la ruta. Y que no es otra que la ruta (del cambio). El hecho de atorarse en medio de  contingencias tan difíciles como las actuales, lo dice y justifica de modo tajante y claro.


 


Por lo tanto, no hay más que decir sino lo que la jerga popular ha impuesto cuando se trata de ganarle tiempo al tiempo sin que los peligros y mayores inconvenientes retrasen la decisión de avanzar. O sea, advirtiendo que la vía está despejada de estorbos. Razón para actuar según el adagio que, con justa precisión, exclama: ¡Dale que no viene carro…!


 






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