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Las cuarentenas de Mérida por Mariano Nava Contreras

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CUARENTENA EN MÉRIDA


MARIANO NAVA

PUBLICADO POR PRODAVINCI


Vamos a estar claros: lo primero que hay que decir es que, cuando el lunes 16 de marzo de 2020 se anunció la «cuarentena total» que entraría en vigor a partir de las cinco de la mañana del día siguiente, ya los habitantes de Mérida llevábamos varios meses confinados. Así pues, lo que sentimos fue como si se oficializara una situación que hacía tiempo estábamos viviendo.


En realidad, la ciudad había entrado en innegable decadencia desde hacía varios años. Con los primeros aletazos de la crisis comenzaron a desertar los estudiantes universitarios que sostenían una industria veterada e insospechada aunque vital. Residencias, comedores, rumbeaderos, puestos de hamburguesas, perrocalenteros, fotocopiadoras y suplidores(as) de otros tantos servicios comenzaron a ver reducida su clientela. Creo que ese fue el primer golpe. Después, la memoria se me confunde y no puedo recordar el orden de las carencias que se fueron acumulando una tras otra, como si en un terremoto en cámara lenta tratáramos de distinguir qué pared, qué viga, qué techo, qué ventana fue la primera en desplomarse, o si acaso el derrumbe de una cosa arrastró a la otra. Como si hubiera un protocolo para el colapso.


Un día cruzas una calle del centro a mediodía y ves que está casi vacía, apenas transitada por un puñado de urgentes peatones que no se cuidan tanto de ser atropellados como de llegar pronto. Entonces te das cuenta de que no hay transporte público, y de que los transeúntes están siendo sustituidos por pilas de basura que escarban los perros callejeros. Un día te lo piensas para visitar a tu padre y es porque no tienes gasolina, ni dólares para comprarla a un pimpinero. Una noche te das cuenta de que casi no recuerdas cuándo fue la última vez que te alumbraste con luz corriente ni miraste el mail, ni leíste la prensa por internet, que ya no te importa mirar a cada rato el celular y que ahora le rinde mucho más la carga. Un día terminas almorzándote un sándwich frío porque hace dos meses que no traen gas y se fue la luz desde la mañana. Un día te das cuenta de que las horas se te han ido en buscar comida y medicinas, que tardas muchísimo en pagar porque no hay efectivo ni internet, que hace tiempo dejaste de pensar en comprar libros, en ir al cine, en ver a los amigos. Un día te enteras de que a alguno de esos amigos le dio un ACV, a otros dos un infarto, que otros tienen reposo médico, que muchos de ellos emigraron, que casi no se consigue el Alpram y ya las flores de Bach que te dio tu hermana no te hacen efecto. Un día te llega un alumno tembloroso y con ojeras, y te dice: “Profe, no puedo seguir viniendo a clase. Me están persiguiendo. ¿Será que puedo seguir por internet?”. Un día te encuentras diciéndole a los dos o tres que todavía pueden llegar a clase que se vayan pronto porque no hay transporte y en el camino a casa les va a oscurecer, y ellos te responden entre risas: “¡No, profe! Si ya ni hay malandros”. Ahora bien, cuál de estas cosas ocurrió primero y cuál después, no lo puedo recordar.


Fotografía de Rodrigo Picón | RMTF


*


Te vas haciendo un búnker, urgentemente, como si la Luftwaffe fuera a bombardear esta noche, como si estuviera a punto de caer la bomba de Hiroshima. Almacenar se convierte en obsesión. Carne en el congelador, pero no mucha para que no se dañe con los apagones. Lo mismo la leche y el queso. Galletas, pasta y enlatados, lo que se consiga. Agua de beber. Lámparas recargables, pilas, medicinas por si acaso, los celulares siempre cargados, la laptop, el termo con café. Intentas conseguir alguna lógica a los cortes de luz: si hoy la quitaron en la mañana, mañana la quitarán en la tarde, eso sí, todas las noches. Por estos días el promedio es de seis horas. Tratas de adivinar el mejor momento para llamar por teléfono, cuando la señal esté mejor. Tratas de explicar a los amigos en el exterior (y a los de Caracas) que si no respondes no es porque no quieres, es que no hay señal, que no te saquen del grupo de WhatsApp. También tratas de almacenar los afectos, conservarlos en el congelador, tampoco muchos por si se va la luz. Lo mismo con los recuerdos: no demasiados. Como en el búnker de afuera, el búnker de adentro. Nos acurrucamos en la tempestad. Autárquicos. Herméticos. Autosuficientes. Detrás de la ventana la calle sola y silente. El semáforo en verde, dejando pasar a nadie.


Dijimos que el búnker no es solo exterior. Cuando murió la tía Eloína, pocos días después de que declararan la cuarentena, nadie se planteó ir a Tovar para el entierro. Primero porque no hay gasolina. Segundo porque no es posible salir de casa y menos de la ciudad. Tercero porque no hubo velorio ni entierro. Murió una tarde, pero las mismas autoridades recomendaron no participarlo hasta la mañana siguiente, de modo que los vecinos pudieran darle en casa una sentida y clandestina despedida durante la noche. A primera hora llegó la furgoneta, la metieron en la caja y se la llevaron. Eso fue todo. “Tranquilo, primo. Yo sé cómo está la vaina”, pude reconstruir a través de una voz lejana y entrecortada, como si Tovar quedara en la luna.


*


Por eso el día en que anunciaron la cuarentena para nosotros fue un paradójico logro, como si el gobierno por fin hubiera reconocido nuestra forma de vida, como si en la lejana, lejanísima, cada día más lejana Caracas (desde aquí parece que se aleja y expande, se insubstancializa y va perdiendo la forma como esas galaxias viejas y moribundas, y junto con ella un país que también se va atomizando), como si allá, repito, al fin se hubieran enterado de la curiosa forma de vida de unos excéntricos montañeses a los que la altura y la falta de oxígeno los está perturbando seriamente. Como si hubieran terminado por dar legalidad a nuestra decadencia. Como si al fin se hubieran percatado de lo vieja que es nuestra «nueva normalidad», para decirlo con una tautología très à la mode. Entonces una irónica complacencia mezclada con desesperanza se instaló entre nosotros.


Lo confieso, pocas diferencias hay para contar en nuestro nuevo estatus. A la reclusión se le puso horario (hasta las 2 p.m.). Al comienzo me desorienté con la cuenta de los días, pero recordé que las fechas son arbitrarias al igual que las palabras. Entonces saqué provecho de mi oficio de lector y decidí contar mi propio almanaque a partir de la página en que había quedado: hoy no es jueves, sino que voy por la 245. (He de reconocer que la idea de cambiarle el nombre a los días no fue mía, sino de la Revolución francesa. Solo que yo no podría inventar nombres tan bonitos como “Brumario”). Aunque fue una ayuda, aún me quedaba por resolver lo de la mascarilla. He aquí que a veces me costaba reconocer a la gente tras el tapabocas, y no pocas veces metí la pata saludando o dejando de saludar a quien no debía. El saludo de puñito y de codito –huelga decirlo– dejó de ser una mariconada gracias al miedo. Por lo demás, he de afirmar que las normas son guardadas muy juiciosamente por los educados merideños. A las puertas de los supermercados se hace la cola con la debida distancia, aunque al entrar los nervios traicionen y todos se desmadren en pos del último paquete de Harina Pan.


No podría dejar de mencionarlo, una inédita hermandad surgió entre los vecinos del condominio, que se fue afianzando a partir del establecimiento de unos horarios, el surgimiento de unas necesidades que se imponían. Como cuando los disímiles pasajeros naufragan en una pequeña isla y se ven obligados a entenderse, comienzas a ponerle nombres a caras que antes te pasaban inadvertidas. De repente ya no me parecieron tan molestos el reguetón a todo volumen del vecinito del 4-2, ni que la doña del PH amaneciera romántica los domingos por la mañana (prefiero no imaginar por qué), con Julio Iglesias también a todo volumen. Eso si hay luz, desde luego.


Fotografía de Rodrigo Picón | RMTF


Por lo demás, nuevas agendas, nuevos ritos, nuevas formas fueron surgiendo: las mañanas son de limpieza y para sacar los perros a cagar en las áreas comunes. Si hay luz, para usar todos los electrodomésticos a la vez y cargar las lámparas para poder leer en la noche. En las tardes temprano los padres bajamos a los niños a que retocen entre la mierda de perro. Después bajan los chamos a jugar básquet en la cancha, mientras las adolescentes socializan fumando y chateando juntas. A las 6:30, justo antes de anochecer, es de rigor la charla balcón a balcón con la vecina del 3-3, dando inteligente repaso a las noticias y los chismes de tuiter. Es que ellos viven más arriba y tienen mejor señal.


Precisamente hace poco la vecina me recordaba otro de los grandes confinamientos merideños: el de las barricadas del 2014, las llamadas «guarimbas» que nos tuvieron encerrados por casi tres meses. Entonces no había cortes de luz, pero sí mucha violencia. No voy a olvidar el día que oímos clarito cómo se llevaban a un vecinito del edificio de atrás, un chamín que cometió el error de ponerse a jugar a la guerra. Ese mediodía escuchábamos cómo la Guardia reventaba a patadas la puerta del apartamento y lo sacaban a rastras. Los gritos destemplados (“¡suéltenme, malditos!”) mientras intentábamos tragar nuestra sopa en silencio. Por fortuna no le dispararon, pero sí a otros. El muerto de este confinamiento no jugaba a la guerra. Salió a protestar por la falta de luz. Llegó una camioneta con los vidrios ahumados y sin placas (por tanto más identificable) y le hicieron tres disparos.


*


A ocho semanas de este confinamiento (el último hasta ahora), sigo intentando hallar alguna lógica a los apagones, más allá de las cábalas, las conspiraciones y demás fakes de rigor. Sigo metiendo la pata a la hora de saludar, me esfuerzo por no desorientarme con las fechas ni perderme en el denso tedio de los anónimos días y me sigo escapando de la cama para leer de madrugada, en medio de los apagones, si es que a la lámpara le queda carga. Por las mañanas, las estupendas montañas siguen amaneciendo como si nada.






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