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Lluvia de ideas por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


A veces me cuesta definirme porque eso encapsula y también petrifica. Cuando me presento ante un público suelo afirmar que soy académico y escritor, porque responde a la verdad y así me siento. Cuando alguien me llama con el apelativo de poeta no me siento identificado. No sé, la sociedad gusta de poner etiquetas, de encasillar, como si con esto quisiera nombrar el mundo y su vasta realidad. Los creadores de cualquier área nos sentimos halagados con las etiquetas ya que reafirmamos el “ego” y la vanidad, por cierto, muy propios de quienes configuramos una obra, pero en realidad los escritores, pintores, escultores, cantantes, músicos y demás, no somos “rara avis”, sino que, como el resto, salimos del seno de una familia y nos dedicamos a lo nuestro; pero hasta allí. Nada especiales. En nosotros afloran sentimientos y emociones y muchas veces nos dejamos arrebatar por las pasiones. Puede que nuestra sensibilidad sea mayor (por el contacto estrecho que tenemos con una arte), pero todos somos necesarios para constituir la sociedad que anhelamos. Soy académico y escritor, repito, pero también un ciudadano, un hombre que busca reacomodo en esa trama compleja que es la existencia. Así de sencillo, sin muchas vueltas.

El ejemplar anhelado
Amo mi biblioteca, pero a veces me siento un avaro; es decir, alguien que durante años ha acumulado libros sobre libros sin mirar atrás. Es más, nunca he estado completamente satisfecho con los libros que tengo, porque siempre está el ejemplar esquivo, el que no quiere llegar a casa, el que huye de mis voraces manos de coleccionista. Cada vez que abro las páginas de las editoriales se aviva el fuego, el deseo de poseer, porque es un vicio que no se sacia, que nunca dice “hasta aquí”. El ejemplar anhelado nunca está en nuestros anaqueles, sino en la otra orilla, siempre se hace inalcanzable, siempre será una excusa para continuar con una historia que nunca termina. El libro es un bien cultural, pero un bien a fin de cuentas, es decir, un objeto palpable, apetecible, deslumbrante, que atrae nuestra mirada y nuestros deseos. Ya en mi casa no tengo espacio para más libros, pero esas ansias no cesan, esos anhelos librescos son superiores a mis fuerzas, y me veo impelido cada semana a ir a las pocas librerías que quedan en la ciudad, en un afán fuera de toda lógica, en un impulso ciego, hasta caer abatido por el desengaño: comprar libros hoy es tarea imposible. Vuelta a casa con las manos vacías.

Un tipo aburrido
Recuerdo que mi esposa solía afirmar que yo de entrada caigo mal, y tal vez a eso se deba (esto lo reflexiono yo) que tenga pocos amigos. En otras palabras: no sé cultivar amistades. Desde muy joven me dio la impresión que generaba rivalidad con los de mi mismo sexo, y esto de alguna manera ha sido un freno a la hora de acercarme a los otros para establecer lazos lo suficientemente sólidos como para mantenerse en el tiempo. Y si a esto aúno mi propensión de llevarles la contraria a los otros, pues los resultados no podían ser distintos. Claro, no puedo ocultar que otro factor decisivo en esto de las amistades ha sido mi nulo interés por los deportes y las juergas cerveceras de los fines de semana. Lo mío siempre ha sido el pensamiento, la lectura, la escritura, el estudio, la actividad académica y la reflexión, razones por las cuales no luzco “atractivo” a los ojos de mis potenciales amigos.


Tal vez yo haya sido un esposo un tanto aburrido, nunca tomaba la iniciativa para salir, para reunirme con otras personas. Pobre de mi esposa: condenada a estar al lado de un tipo que de lo único que habla es de libros. Algo bueno habrá visto en mí, supongo, llevamos más de 31 años de matrimonio. 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com




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