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La Iglesia ante el reto de la Pandemia por Padre Edduar Molina Escalona

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La Iglesia ante el reto de la Pandemia por Padre Edduar Molina Escalona


Aquel pasado 27 de marzo las imágenes de un mundo paralizado, una plaza San Pedro vacía de gente, pero repleta de almas que seguían de todas partes del mundo la transmisión en vivo de un Papa que siempre pide por un mundo azotado por la pandemia del COVID-19, quedarán para siempre en nuestra memoria.

 

Francisco plantea la pandemia como un “tiempo de prueba y elección”. Utiliza la imagen bíblica de “una tormenta” que sorprende y deja al desnudo nuestra más genuina fragilidad y vulnerabilidad, la prueba más contundente de que somos “vasijas de barro”, pero que a su vez, no deja de ser una maravillosa oportunidad para reflexionar sobre la elección de un camino de renovación, de reinventarnos una fe más viva y comprometida, de fortalecer una Iglesia en salida, discípula y al estilo de sus inicios, en pequeñas comunidades “familias” orantes y plenas de experiencia con ¡Jesucristo Vivo!, que ha vencido la muerte y promete vida en abundancia. Es el poder entender el virus no como un castigo divino, sino de una oportunidad estupenda para pensar cómo estamos viviendo nuestra vida, cómo estamos tratando a los otros y al planeta.

 

            En la pasada audiencia Papal del 12 de agosto, Su Santidad, afirma que “el coronavirus no es la única enfermedad que hay que combatir, sino que la pandemia ha sacado a la luz patologías sociales más amplias”, como “la visión distorsionada de la persona, una mirada que ignora su dignidad y su carácter relacional.”

 

He aquí un primer y gran desafío: “Rescatar la dignidad de toda persona humana”. Es la primera responsabilidad de todo hombre que quiere vivir en un mundo nuevo, es la opción por “hacer el bien”, aun cuando todos hagan el mal.  El ejemplo más brillante de esto lo encontramos hoy en los médicos y personal sanitarios que dan la batalla a este mal que nos aflige, ante la indiferencia de tantos, brota de ellos una actitud de actuar a “imagen y semejanza del Padre Misericordioso. Tal como lo afirma el Papa Francisco: “Él nos ha creado no como objetos, sino como personas amadas y capaces de amar, nos ha creado a su imagen y semejanza”. Hoy los cristianos y hombres y mujeres de “buena voluntad” estamos invitados a vivir en armonía con Dios, con “el otro”, nuestro prójimo y en respeto de la creación: “Una armonía que es comunión”. No olvidemos la tentación de la marcada “cultura del descarte”, que transforma el ser humano en un bien de consumo, en realidades tan deprimentes como la de nuestros abuelos en soledad, familias rotas por la migración forzada, de allí la preocupación de la Iglesia samaritana, que no deja de sanar el mundo “cuidando al otro”, acompañando los olvidados en las periferias, los afectados por la crisis que atraviesa el país y el mundo. La fe siempre exige que nos dejemos sanar y convertir de nuestro individualismo, tanto personal como colectivo.

 

José María Castillo, teólogo jesuita español, nos plantea otro gran reto, a partir de la pregunta: ¿Qué es más importante, la religión o el Evangelio? Podría reformularla de otra manera: ¿Qué es más importante vivir añorando “cuando se abren los templos” o vivir con intensidad el mensaje del evangelio en las familias? Sin descartar la importancia de vivir las celebraciones litúrgicas como “celebración de la fe” en medio de un pueblo reunido en Cristo Vivo; hoy la pandemia nos ha dado la gran oportunidad de ganar nuevos espacios, una Iglesia más digital, que se esfuerza por acoplarse al lenguaje y las nuevas formas de las redes sociales. Que se hace presente a cada familia de manera más creativa y cercana. Es la tarea permanente de vivir la Buena Noticia desde la pequeña “Iglesia doméstica”.

 

La cuarentena nos ha permitido dedicar más tiempo para hablar con nuestros hijos, para compartir más como esposos, para saludar a familiares y amigos con los cuales hacía tiempo no nos hablábamos, para cuidar a nuestros padres y mayores. No olvidemos que la fe nos compromete con la solidaridad. La Iglesia tiene un rol importante en esta crisis, y debe ocupar todos los medios de los que dispone para acompañar a nuestros fieles, como “maestra de humanidad” para diseñar estrategias que contribuyan a prevenir el contagio y fomentar los valores de la cultura ciudadana. Iniciativas acompañadas con la sensatez y madurez de nuestras comunidades.

 

Termino con las palabras de nuestro Cardenal Baltazar Porras: “Si la Iglesia del post-coronavirus vuelve a ser la de antes, no tiene futuro”. Que no volvamos a vivir despreocupados por nada ni por nadie. Que no seamos los cristianos “instalados” en la comodidad del templo. Que no seamos más los indolentes e inhumanos ante el sufrimiento del hermano. Si esto ocurriera, no aprendimos la lección.

 

Mérida, 23/08/2020





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