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José Gregorio Hernández, el médico por: Carlos Guillermo Cárdenas D.

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CARLOS GUILLERMO CÁRDENAS



Cuando aún no había cumplido los catorce años (1878) viajó a la capital con dos viejos generales trujillanos amigos de su padre, quienes lo acompañaron en un azaroso viaje de tres semanas, en bestias  desde Isnotú al Puerto de la Ceiba,  en goleta  desde Puerto de la Ceiba a Maracaibo, en bergantín desde Maracaibo a  Curazao y La Guaira y en tren desde La Guaira a Caracas, para continuar los estudios en el colegio “Villegas” en los años de 1878 a 1882, año este que se matriculó  en la Universidad Central de Venezuela para seguir la carrera de Medicina.


El título de Doctor en Medicina lo recibió el 29 de junio de 1888 ante un jurado compuesto por 10 profesores.  Relata el ilustre médico internista y neuro-oftalmólogo venezolano el doctor Rafael Muci-Mendoza, que la presentación del trabajo para obtener el título de Doctor en Medicina fue tan brillante que los integrantes del jurado de pie, aplaudieron durante varios minutos y el rector Anibal Dominici al hacerle entrega del título le expresó: “Venezuela y la Medicina esperaban mucho del novel doctor José Gregorio Hernández”.


Menudo de talla, de gran corazón y proverbial obediencia, en la madurez de su vida, ya instalado en la capital, con un sólido reconocimiento como el principal investigador científico de su época, la vocación religiosa seguía presente en aquel hombre sencillo y afable.


En su cabeza  cavilaba el deseo de ingresar a la orden religiosa. Mientras esos pensamientos no dejaban de inquietarlo, continuaba con la atención de los pacientes y regentando las cátedras que le había encargado el señor rector de la Universidad Central de Venezuela.


“José Gregorio Hernández logró alcanzar la convivencia perfecta entre la ciencia y la Fe”.  Con estas palabras el médico cardiólogo merideño George Inglessis Varela se expresa en el prólogo del libro “JGH, médico del alma”.


Hospital Vargas de Caracas


Para estudiar al beato José Gregorio Hernández como médico, es necesario referirnos al Hospital Vargas de Caracas considerado como la cuna de la medicina moderna en Venezuela. Su creación y puesta en funcionamiento representó un acontecimiento nacional para la medicina, pues ha sido y sigue siendo un hospital de calidad, cuyo personal médico ha representado lo más calificado como clínicos y cirujanos. Muchos consideran que la medicina venezolana tiene dos periodos, primero el fundado por el eminente médico civilista José María Vargas y  luego el representado por la figura histórica del doctor Luís Razetti con la fundación del Hospial Vargas de Caracas.  


El doctor Calixto González (1816-1900), considerado como el promotor y  principal impulsor en su primera etapa del Hospital Vargas de Caracas,  consiguió que el presidente civilista Dr. Juan Pablo Rojas Paúl (1888-1890) autorizara y apoyara la construcción del hospital.  El doctor González fue discípulo del  doctor Vargas y profesor de los doctores José Gregorio Hernández y Luís Razetti.  


La inauguración del Hospital Vargas de Caracas tuvo lugar el primero de enero de 1891 y la puesta en funcionamiento el 5 de julio del mismo año. Fue considerado en sus inicios como un hospital nacional.  Se atendió a gente venida de todos los rincones del país, sin distingo de clases sociales ni religión. Se le llamó el “Hospital de los desposeídos”.  


El doctor José Gregorio Hernández, junto con los doctores Francisco Antonio Rísquez,  Pablo Acosta Ortiz, Miguel R. Ruíz y Alfredo Machado entre otros, formaría parte del movimiento renovador de la medicina nacional con la puesta en funcionamiento del Hospital Vargas de Caracas.


La creación de la cátedras de Histología y Patología, de Fisiología  Experimental  y de Bacteriología en el Hospital Vargas de Caracas fue iniciativa del doctor José Gregorio Hernández,  el 4 de noviembre de 1891.


En la creación del Laboratorio por decreto el 7 de febrero de 1901, la dirección recayó en el técnico de primera clase, Rafael Rangel, quien había sido formado por el doctor José Gregorio Hernández en el Laboratorio de Histología y Microbiología. Rangel era un trujillano que muy joven, tal vez por insinuación del doctor JGH, se trasladó a la capital para formarlo en el área experimental.


Es notoria y resaltante la participación de José Gregorio Hernández  en los inicios y primeros años del Hospital Vargas de Caracas. Sus aciertos y recomendaciones en las distintas áreas de la medicina, tanto clínica como experimental, dejaron huella perenne en la historia moderna de la medicina nacional.


Una feliz coincidencia ocurrió el año 1891, el regreso de José Gregorio Hernández de Francia y la inauguración del Hospital Vargas de Caracas. El joven médico, ahora coronado con las aureolas de investigador formado en los mejores centros de enseñanza de París y Europa, aparte de su rigurosa formación de médico y su ejemplar proceder, constituyeron más que suficientes credenciales para incorporarse al personal de planta del nuevo hospital y colocarse al frente de muy importantes departamentos en el área experimental y clínica.


José Gregorio Hernández rechazó la medicina teúrgica o sobre natural. Desde muy joven como profesional médico, se inclinó en la búsqueda de las causas de la enfermedad y la evidencias fisiopatológicas de la afección. Su condición de investigador y clínico le permitió transitar por esos caminos que muchos años más tarde abrió campo a lo que hoy se conoce como la medicina basada en evidencias.


En una carta al doctor Dominici el año 1888, la víspera de navidad el 24 de diciembre, le escribe: “También he tratado de hacer un examen oftalmoscópico; pero como para esto se necesita hacer la dilatación previa de la pupila y además un alumbrado perfecto, pienso dejarlo para después, cuando me dedique a repasar las enfermedades del oído y del ojo... porque estoy convencido de que para la práctica lo que uno necesita es saber cómo se examinan los diversos órganos”.


Mientras el joven médico hacía una corta pasantía en su pueblo natal, cumpliendo con el compromiso a su padre Benigno, que al graduarse de médico le prestaría servicios a su pueblo, recibe una carta de su maestro el doctor Calixto González, informándole que el gobierno nacional presidido por el presidente doctor Juan Pablo Rojas Paúl, había decidido crear una beca para seguir estudios en París. El joven médico retornó a la capital para aceptar el ofrecimiento, de esta manera es seleccionado para realizar los estudios post doctorales en París, Alemania y España.


La beca estipulaba que al concluir los estudios debía adquirir los equipos necesarios para instrumentar el bagaje de conocimientos, en el área experimental, adquiridos en los estudios en el exterior.


Con los doctores Charles Richet e Isidore Strauss, en París, se entrenó en Bacteriología. El doctor Richet, que luego obtuvo el Premio Nobel de Medicina (1913),  era profesor de Fisiología Experimental en la Escuela de Medicina y discípulo del profesor Claude Bernard (1813-1878), eminente investigador de la Medicina Experimental francesa. El doctor Bernard aportó conocimientos básicos fundamentales para el desarrollo de la medicina moderna.


El doctor Richet, en 1913 fue conocido por sus trabajos en Medicina y Fisiología; introdujo por primera vez el término de anafilaxis para designar el estado de hipersensibilidad o de reacción exagerada a  una sustancia extraña, que al ser administrada por primera vez provocaba la reacción anafiláctica. Este fenómeno se le conoce también como reacción de idiosincrasia a un medicamento o sustancia.


Con el doctor Mathías Duval (1844-1897) en París, estudió Histología y Embriología, que el diario oriental El Tiempo resaltó: “El Dr. Hernández ha trabajado asiduamente en mi laboratorio y ha aprendido la técnica histológica y embriológica. Me considero feliz al declarar que sus aptitudes, sus gustos y sus conocimientos prácticos en estas materias hacen de él un técnico que me enorgullezco de haber formado”.


El doctor Isador Straus (1845-1896), discípulo de Charles Chamberland, quien a su vez lo fue del eminente investigador Louis Pasteur (1822-1895) químico y microbiólogo, consideró al doctor Hernández su discípulo preferido y así se expresa: ¨Autorizado por el Consejo de Medicina de esta Institución, con el mayor beneplácito de la Cátedra de Anatomía  que me honro en dirigir, coloco a usted (a José Gregorio Hernández) esta medalla, símbolo de un premio a su labor, como el mejor médico alumno de nuestra especialidad para que la guarde y la conserve  como recuerdo de sus profesores  hoy reunidos en este recinto¨.


Al finalizar sus estudios en París  viajó a Berlín para seguir  estudios en Anatomía e Histología patológica; luego realizó corta pasantía en Madrid, donde escuchó las clases del sabio español Don Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), especialista en Histología y Anatomía. Ramón y Cajal obtuvo el Nobel de Medicina (1906) por el descubrimiento de los mecanismos que gobiernan las conexiones cerebrales.


La adquisición en París de  los equipos para instalar el laboratorio de fisiología que el gobierno venezolano le había encomendado, al retornar a Caracas, sentó las bases para la instalación del Instituto de Medicina Experimental. Más tarde el doctor Dominici, ya mencionado con anterioridad en este trabajo bibliográfico, expresó de su entrañable amigo: ¨No creo exagerar, si asiento que los primeros diagnósticos científicos en Venezuela, fueron los suyos¨. El doctor Hernández legó un extraordinario ejemplo como maestro y como médico, enseñó con amplitud, sin egoísmo ni mezquindad. 


Juan José Puigbó, eminente médico cardiólogo, presidente de la Academia Nacional de Medicina (2002-2004), escribió sobre José Gregorio Hernández: ¨Su capacidad como clínico de someterse al rigor del método anatomo clínico, su capacidad de manejar los recursos derivados de las técnicas complementarias de diagnóstico y su capacidad para crear hipótesis novedosas, hace evidenciar su maravillosa obra científica, aunque no extensa en número, si en forma cualitativa por su trascendencia en la medicina de la época¨. Luego agrega: “Hernández nos señala y reafirma que los estudios médicos son apenas una antesala de ese complejo mundo que es la medicina científica, pero más aún de los pacientes, sus miserias y sus entornos”.


El doctor Puigbó, que además es autor del libro “Historia de la Cardiología en Venezuela (ed. 2012) y ejerció la Dirección del Hospital Universitario de Caracas y el Decanato de la Facultad de Medicina de la UCV, añadió otro comentario que vale la pena mencionar: “Antes de los viajes a Europa del doctor Hernández, en Venezuela se tomaba la tensión arterial con el tensiómetro de Pachón, que sólo registraba la sistólica o tensión máxima. A su regreso en 1916, trajo el tensiómetro más elaborado de Laubry-Vaquez que permitía la medición también de la diastólica o ¨tensión baja¨ y emocionado enseñó a sus alumnos cómo emplearlo”.


Este hecho tan particular tuvo una trascendencia enorme al conceptuar la definición de Hipertensión Arterial, pues por primera vez en Venezuela se tomaban las dos cifras de tensión arterial, la sistólica o máxima y la diastólica o mínima.


Introdujo la anatomía patológica basada en las enseñanzas de Laënnec, la tinción de los tejidos y su estudio al microscopio de luz para develar la célula enferma, enseñanzas que compartió con sus alumnos y de quien fue su alumno, el bachiller Rafael Rangel (1877-1909), quien a la edad de 33 años  sufrió accidente fatal.  Rangel es considerado uno de los precursores de los estudios de laboratorio por su trabajo metódico y racional. El Núcleo Universitario de la Universidad de Los Andes en la ciudad de Trujillo lleva como epónimo Rafael Rangel.


El doctor Hernández además sembró gérmenes en medios de cultivo;  la Fisiología la rescató de la penumbra para entonces limitada a la teoría y el caletre paralizante; introdujo la vivisección o experimentación animal; puso en práctica las determinaciones de laboratorio básico que confirman o niegan diagnósticos; creó las bases para una verdadera enseñanza con principios pedagógicos, con un ligero toque divino.


En la práctica de la consulta privada, ejercida con gran concepción humanitaria en las horas de mediodía, atendió miles de pacientes de toda la geografía nacional.


Uno de esos tantos pacientes fue Carlos Dávila Briceño, mi abuelo materno, quien afectado, siendo un joven treintañero, de un proceso bronquial por el hábito tabáquico, acudió al sabio consejo del médico reconocido por sus acertados diagnósticos y tratamientos. Mi abuela materna Ana Luisa Picón contaba que a la pregunta sobre sus honorarios, el médico respondió “lo que usted tenga a bien darme”. Al entregar el sobre cerrado contentivo con dos billetes de 20, el venerable médico lo abrió devolviendo uno de ellos, con el agradecimiento por haber acudido a su consulta. El abuelo atendió a los consejos médicos y la prescripción de la receta que se conservó durante muchos años. La cita-control para el siguiente año 1919 nunca se dio, por el accidente automovilístico, que segó la vida del eminente facultativo.


A manera de colofón, podemos afirmar que el hombre religioso en la búsqueda perseverante de su inclinación cristiana, se conjugó con la del médico que hizo del ejercicio clínico un apostolado al servicio de los pobres y más necesitados. Es incuestionable que ese ejercicio apostólico de la medicina influyó en el ser humano imbuido por el sentido caritativo de un ejercicio noble y de Fe. Atendió al paciente en su doble concepción de cuerpo y alma. El valor al ser humano con generosidad, a manos extendidas, con el calor que sólo un hombre excepcional puede dar, lo concedió a diario en su misión del apostolado médico.  


Al concluir estas palabras, escritas con la mayor devoción, resaltando fundamentalmente la condición de médico, aspiro a que esta visión complemente las otras expresadas en el trabajo que la Academia de Mérida, ha querido rendirle al beato trujillano en su peregrinar por los caminos de la Fe y la enseñanza ejemplar para la juventud y el pueblo venezolano. Un ejemplo para el mundo cristiano.


Quiero ofrecer mi agradecimiento al académico y profesor de Derecho Constitucional de la Escuela de Ciencias Jurídicas y Políticas de la ULA,  Fortunato González Cruz, que propuso esta revisión bibliográfica y me entusiasmó a escribirla.  Al doctor Rafael Muci-Mendoza, profesor de la Escuela de Medicina “José María Vargas” de la Universidad Central de Venezuela, por facilitar valioso material sobre el tema. A la Academia de Mérida por aceptar que estas líneas se incorporen a la edición sobre José Gregorio Hernández como filósofo, como científico, como médico y como artista. Y al Vicerrectorado Académico de la Universidad de Los Andes en la vicerrectora Patricia Rosenzwieg Levi, por el apoyo a la edición de la obra sobre José Gregorio Hernández.


CGCD/GGAA






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