Inicio

Opinión



Amigos

Un recuerdo de infancia por Jim Morantes

Diario Frontera, Frontera Digital,  JIM MORANTES, Opinión, ,Un recuerdo de infancia por Jim Morantes
JIM MORANTES



El contacto directo con la gente, es fundamental al momento de conocer lo que ocurre a nuestro alrededor y entender que en la diversidad se encuentra el origen de la sociedad, lo cual motiva a interactuar en diversos escenarios que son necesarios para el recorrido llamado vida.


Ese paseo ha estado matizado de múltiples vertientes que determinan la caminata, en este caso voy a referirme de modo muy sucinto a la breve ruta de parada en la fase preescolar, vagos y alegres recuerdos de esos primeros años marcados de  nuevas experiencias y enseñanzas.


Por ser hijo único antes del divorcio y después me convertí en el primogénito, he sido sobreprotegido y consentido, lo cual en ocasiones no es tan positivo, no obstante, remonto la historia a los primeros años de existencia y al momento en que por primera vez, fui dejado en un lugar extraño, distinto al de mi familia, no estaba acompañado ni en casa de mi abuelos, tíos o primos; el alegre viaje por la ciudad en el Ford LTD clásico, color dorado de mi padre, dejó de ser satisfactorio, me baje con ilusión pase por una hilera de arbustos muy bonitos alrededor de unos 20 metros aproximadamente, a mano izquierda vi una pared alta color crema y ventanas de jambas que eran la antesala a la oficina administrativa.


Mientras mis padres conversaron con una señora blanca con cabello negro, que se encontraba detrás de un escritorio metálico, me sorprendí porque vi a varios niños de mi edad vestidos igual que yo, en otras palabras, yo estaba con ropa similar a ellos o todos estábamos disfrazados iguales, es decir, pantalones o chores azul marino y franela roja (la tradicional ovejita).


En el medio de mi inocencia, no sabía que ocurría, pensé que era coincidencia, de repente mi madre soltó mi mano derecha e indicó que me quedara jugando con tranquilidad que ella volvía en un ratito, al ver alejar a mis padres el corazón se aceleró y los seguí corriendo, ellos me devolvieron con la señora, quien me tomó la mano izquierda con fuerza e inmovilizó sutilmente mientras me llevaba al aula de clases, el llanto no se hizo esperar, ni el moqueo paro por horas, salvo la interrupción propia del cansancio.


Repentinamente me vi rodeado de personas extrañas en el preescolar Niño Simón, el corazón volvió a mi cuando me buscaron en horas del mediodía,  la historia se repetía en menor intensidad hasta que me adapte la primera semana; resulta y acontece que en ese maravilloso lugar de gente profesional comprometida con su trabajo formacional,  rodeado de jardines, grama y rosas rojas,  transcurrieron 3 años de mi vida.


Al fondo de las instalaciones, se encontraba una reja de ciclón con una puerta que siempre permanecía cerrada con cadenas y candados, esporádicamente accedía el jardinero y la bedel, allí era la morada del depósito de insumos de limpieza, utensilios de trabajo y  herramientas, posteriormente la vegetación densa predominaba aproximadamente entre  3 a 5 metros para dar cabida a la orilla del barranco.


En el recreo, observe entre las hojas caídas un soldadito blanco con la cabeza roja que se encontraba detrás de la reja de ciclón como a metro y medio de  separación, cubierto con la vegetación, lo primero que hice fue tratar de agarrarlo con la mano, obviamente no alcanzaba, se me olvido el episodio, a los días tome una rama de árbol, tampoco pude, obvie la situación, a las semanas intente con el rastrillo del jardinero, el resultado fue el mismo no lo alcanzaba, a los días le comente a dos amigos, los resultados fueron infructuosos, ellos tampoco pudieron; como todo niño al jugar me distraía y cuando lo veía de nuevo intentaba tomarlo sin hacerlo, así pasaron las semanas y los meses  hasta que un buen día, vi al jardinero detrás de la reja y el pedí el favor que me pasara el muñequito, éste estaba ya decolorado por la inclemencia climática  y mutilado, resulta que era un soldado en lego, posiblemente perdió las extremidades por encontrarse en el camino de la carretilla, cargada de residuos orgánicos, ramas, troncos y hojas secas que el jardinero botaba para el barranco, presumo 1 o 2 veces a  la semana, por fin obtuve mi preciado trofeo con alegría y regocijo, pienso que esta es la primera lección de la perseverancia que me enseño la vida.


Las mañanas de lunes a viernes, transcurrían entre actividades didácticas, juegos lúdicos y enseñanza educativa, me correspondió cursar los 3 niveles de preescolar, ya que a pesar de tener la capacidad de pasar a primaria después del primer año, la recomendación fue que cursara todos los niveles porque era muy joven y no podía llegar tan “bebe” a la educación básica. En la próxima narración mencionare mi  incursión en la escuela y la continuidad de la ruta gastronómica local, iniciada en el artículo anterior, espera la próxima parte de amigos y sígueme en Twitter  @JIMMORANTES






Contenido Relacionado