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Breve anécdota primaria por Jim Morantes

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JIM MORANTES



Los gratos recuerdos del inicio, permanecen en la mente como el aroma de un rico perfume que se va y en pocas ocasiones vuelve, pero al regresar resulta inconfundible porque su toque es único.


A raíz de la breve historia existencial en el preescolar niño Simón, mi tía Trina Monzón, me indicó algo que en mi memoria no estaba presente y en efecto era así, la permanente compañía de mi prima Nazarabeth, quien ingresó conmigo de forma simultánea al centro educativo y cursamos la primaria juntos.


Mi infancia como la de cualquier otro, estuvo vinculada lógicamente a la familia y amigos, mi tía Betty, recordó cuando acompañaba a mi madre a llevarme o buscarme; confieso aunque no lo parezca, toda la vida he sido ingenuo y muy confiado, mi prima por el hecho de pertenecer al género femenino era más despierta y estaba pendiente de detalles que se me escapaban, razón por la cual me defendía de cualquier situación, amenaza o compañero de clases con malas intenciones que yo no veía venir, es decir, se convirtió en mi protectora y su mayor arma era morder al adversario, sin temor alguno, su misión evitar que me lastimaran.


En el kínder recuerdo a la enorme paciencia y dedicación de la profesora Marina, lo cierto del caso es que después de haber cursado el tercer nivel, se cerró un ciclo para dar inicio a otro; el 30 de junio de 1983, a mis 6 años de edad, en una especie de acto formal con la presencia de los padres y representantes, entre juegos, tortas, música, refrescos y gelatina, me entregaron en el salón de clases, la boleta de promoción “En virtud de haber alcanzado la madurez bio-psico-social necesaria durante su periodo de preescolaridad”, con la coletilla en la parte superior “nos vamos a primer grado”.


Ese día crecí un poco sin saberlo y con la perinola plástica que jugaba de color azul con burbujas en el medio, me di cuenta que ya no volvería más a esas aulas de clases, cuyo aprendizaje y enseñanza, sirvió para el desarrollo de la personalidad y el desenvolvimiento social.  


El lapso del receso escolar, sirvió para pasear, jugar, tomarme las fotografías exigidas para la inscripción e ir a comprar la lista de los útiles escolares (de librería en librería <Independencia, Luz, papelería Mora, etc>, travesías para conseguir alguno que no se encontraba, motivado a la gran demanda) y el uniforme de tienda en tienda.


Llegado el día de la nueva etapa académica, se produjo cierto cambio con otra responsabilidad, me levantaron muy temprano en la mañana, baño rápido, buen desayuno, ya la lonchera roja de plástico con broches metálicos dejo de ser útil para los sándwiches de jamón y queso amarillo, envueltos en papel de aluminio o servilletas acompañados con el jugo dentro del termo de dibujos animados, recuerdo una lonchera verde de soldados y otra roja de vaqueros que aún conservó sin la calcomanía la cual hacia juego con el termo, es decir, venían las dos piezas juntas con  la misma imagen temática.


A mayor edad, mayores son los retos, me correspondió vestirme de blue jeans, camisa blanca 100% algodón, manga corta con un bolsillo en la parte superior izquierdo,  medias blancas, zapatos negros, aquí se incorporó un nuevo elemento, el maletín de cuero negro por aquello de que el plástico era malo, según la teoría de mi padre que en efecto tiene razón en cuanto a la calidad y durabilidad, mas no en la manipulación ni en la ligereza; sobresalía la típica correa o broche de seguridad, varios bolsillos, botones metálicos y divisiones tanto internas como externas.


Su contenido consistía en varios cuadernos forrados en papel contact azul oscuro uno por cada materia (un proceso sencillo pero complejo a la vez para que quedara bien pegado sin burbujas, ni dobleces), la etiqueta identificativa respectiva en la parte superior central del cuaderno y calcomanías a los lados de mazinger zeta, la cartuchera de cuero con un cierre o de tela con 2 cierres, contenía lápices mongol, 1 sacapuntas metálico y uno plástico con recipiente para los desechos, un borrador cuadrado o rectangular, el juego de reglas y escuadras plásticas transparentes, el compás metálico, varios colores prismacolor o Faber Castell (venían en estuches plásticos o cajas con distintas degradaciones codificadas en números), lógicamente se llevaba solo una muestra de los mismos, alrededor de 5 a 8 colores, el libro guía y en el bolsillo externo del maletín un pedazo de torta de vainilla o un pan de piquito relleno por si el gordito sentía hambre a mitad de la mañana.


Algunas cosas permanecían intactas, me peinaban de lado, en los pies rociaban  talco, los bordes de los oídos los limpiaban con hisopos untados en aceite johnson y mi mamá me colocada en la cara y detrás de las orejas la clásica colonia amarilla de menen. Así fue transcurriendo la infancia en el medio de desafíos y nuevos compromisos, espera la próxima parte de amigos y sígueme en Twitter  @JIMMORANTES






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