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“Esclavitud, amor y dignidad: Las tres huellas del Auxiliar” por Padre Edduar Molina Escalona

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Padre Edduar Molina Escalona


Una doble celebración para nuestra Iglesia merideña fue sin duda, este día de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, recordar los 105 años del nacimiento del siervo de Dios, nuestro inolvidable Monseñor Miguel Antonio Salas e hicimos memoria agradecida por los tres años de consagración episcopal de nuestro Obispo Auxiliar Luis Enrique Rojas Ruíz, el querido “padre Kike”.

 

Aquella mañana, del viernes 29 de septiembre de 2017, nuestra Basílica Menor Iglesia Catedral de la Inmaculada Concepción de Mérida se llenó de gozo espiritual al consagrar nuestro Cardenal Baltazar Porras, su cuarto Obispo Auxiliar. Me correspondió, como para entonces párroco del Sagrario, formar parte de un valioso equipo de trabajo, con gran mística y entusiasmo. Se recibieron dieciséis obispos y más de un centenar de sacerdotes presentes en la ceremonia, junto a la multitud de un pueblo agradecido que recibió con amor al nuevo Pastor que como dice el Papa Francisco “se dispone a caminar en medio y detrás del rebaño: Capaz de escuchar el silencioso relato de quien sufre y sostener el paso de quien teme ya no poder más; siempre atento a volver a levantar e infundir esperanza”.

 

Hoy después de tres años, damos gracias al Buen Pastor por permitir a Monseñor Kike, cumplir con la recomendación que le daba nuestro Arzobispo Metropolitano en su homilía de consagración, inspirado en la doctrina de San Bernardo, cuando señaló que “el ministerio de los ministros de Cristo ofrece tres aspectos diversos: esclavitud, amor y dignidad. El ministerio de esclavitud es la mortificación corporal; el del amor, el fervor espiritual; y el de la dignidad, consagrar el cuerpo de Cristo. El primero se realiza con dolor, el segundo con gozo y el tercero con humildad. El primero es el sacrificio del temor, el segundo el del amor y el tercero de la alabanza” (sermón 120).

 

Mirando estos tres valores en la vida y ministerio de nuestro Auxiliar, bien se pudiera decir que su primera huella es la “esclavitud”, como lo explica San Bernardo: Realizada con dolor y mortificación. Cada día en el desvelo pastoral de Monseñor Luis Enrique está su servicio desmedido a los más pobres y olvidados, con gestos concretos como la entrega de doce mil panes a personas vulnerables con motivo de la fiesta de San Antonio de este año; con su espíritu alegre ha promovido frente a la pandemia por la Covid-19 gestos de solidaridad, como el de “Juntos Alimentaremos más necesitados”, en las periferias de su tierra natal, la parroquia San Jacinto del Chama y otros suburbios de la ciudad y de nuestros campos andinos. Por solo nombrar algunas de sus “esclavitudes” en las que testimonia el Evangelio: “El que quiera ser el más grande, que se haga el esclavo de todos” (Mt 20,20). Siempre con la actitud del pastor de alegría y cercanía para con todos.

 

Su huella de amor queda testimoniada en su acompañamiento permanente a este pueblo de Dios que peregrina en Mérida, realizado con el gesto de quien tiene más alegría en dar que en recibir. Con su gran esfuerzo y entrega por continuar animando la pastoral de nuestra Arquidiócesis con su apoyo incondicional a sus sacerdotes. Como el buen samaritano recogiendo y sanando a tantos heridos de nuestro mundo, por la falta de escucha y consuelo. Las familias encuentran un lugar especial en su corazón de Pastor, desde su experiencia de animador e impulsor de Encuentros Familiares de Venezuela, pues para el padre Kike: La familia es un tesoro precioso que hay que sostener y proteger siempre”.

 

Por último, la huella de la “dignidad”. Entendida como nuestra condición propia de bautizados, personas amadas y capaces de amar y creadas a su imagen y semejanza. Es la huella del Obispo - Profeta que no tiene miedo para denunciar los atropellos e injusticias contra esta dignidad y que alza su voz frente a la opresión que pisotea a los pobres y a los débiles, bien nos lo enseña el Papa Francisco: La Iglesia “no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia, relegando la religión, como algunos quisieran, a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional” (Evangelii Gaudium, 183). Desde su experiencia de Párroco siempre al lado de la lucha por la democracia y la promoción humana de una Venezuela que se niega a perder su dignidad de pueblo de libertad, de paz y solidaridad. No olvidemos que estas fueron sus palabras el día de su consagración episcopal: Vamos a continuar siempre al lado de nuestra gente, respondiendo a sus necesidades, escuchando los clamores de nuestras ovejas que Dios nos ha confiado como pastores”.  Gracias Monseñor por estar siempre al lado de este pueblo que lo necesita.

 

Culmino recordando la invocación que hiciera nuestro Cardenal Baltazar Porras aquel 29 de septiembre de 2017: “Querida madre de Dios, sé bálsamo y consuelo de tu hijo Luis Enrique en esta hora en que se compromete más íntimamente con la causa del Señor Jesús. Acompáñalo en su caminar, en salida, en búsqueda de las periferias existenciales en las que las semillas del Verbo esperan quien las fecunde con la buena noticia de Jesús. Sé su refugio en las horas recias. Tú, Virgen de la escucha y la contemplación, llévalo a la oración silenciosa y sonora en la que el arrullo de tu ternura le dé mayor fuerza para servir, fe ardiente y generosa para que la alegría del Evangelio lo acompañe siempre”. Amén.

 

Mérida, 04/10/2020







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