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El sentido de la vida por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI



@perezlopresti


Al existencialismo, y particularmente a la obra de Víctor Frankl, se le opone la fuerza del determinismo, al punto de que el austríaco lo llama pandeterminismo y lo muestra como una enfermedad infecciosa que los educadores hemos inoculado. Como en cualquier intento de darle forma a las ideas, se recurre a la posición de defenderlas con las garras, lo cual es loable y forma parte de la historia de lo civilizatorio. Cuando Frankl señala que “la libertad no es más que el aspecto negativo de cualquier fenómeno, cuyo aspecto positivo es la responsabilidad”, y propone que la estatua de La Libertad en la costa este de los Estados Unidos debería ser complementada con la estatua de la Responsabilidad en la costa oeste, establece opiniones muy difíciles de conceptualizar, cuando no yerros en la manera de entender el asunto de la existencia.


Contraviniendo la idea de Frankl, el sentido de la vida es el que la persona (el ser) pueda darle. En la medida de que alguien pueda darle sentido a su vida, la misma lo tiene, independientemente de que no se esté actuando de manera libre o responsable. Las ideas de responsabilidad y libertad poco tienen que ver con el sentido de la vida, salvo en sujetos muy elevados y con grandes atributos intelectuales como el propio Frankl. Al final de todo, el nihilismo gusta salirse con las suyas, entre otras razones porque las ideas de libertad y más aún la de responsabilidad son etéreas y muy difíciles de atrapar.


La vida sin sentido: En la medida que las personas llenen el vacío de la existencia con creencias, la vida puede tener sentido. Esas creencias pueden ser generalmente de carácter político o religioso, que a fin de cuentas son las dos vertientes más primitivas del pensamiento. Lo político y lo religioso están al alcance de cualquier persona porque son instancias vulgares, que no requieren de mayor elaboración intelectual y por más primitiva que sea la persona, en ambos de estos aspectos se puede sentir un experto y dar sentido a las cosas. Incapaces de razonar, al asumir el pensamiento político o religioso, se está endosando un recetario de ideas al sistema de valoraciones humanas.


No es casual que los dos temas de conversación que unían a sus compañeros en los campos de concentración eran precisamente los temas políticos y religiosos, ambos ajenos al razonamiento y apegados a la capacidad de argumentar. Deficientes a la hora de razonar, los grandes argumentadores de ideas deslumbran, convencen y dan sentido a la vida. Si no es destructivo, debe ser respetado.


 






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