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La realidad profunda por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Duele el día a día. El país se disuelve ante nosotros y aunque sabemos qué podría frenar la caída, ese “algo” no se motoriza porque hay tantos intereses encontrados, tantos caminos extraviados, que todo termina por esfumarse en medio de una espantosa sensación de quiebre. La clase política, mediocre hasta más no poder, que pudo catalizar procesos de cambio, fracasó, porque perdió contacto con la realidad y este monstruoso experimento llamado país, se les fue de las manos. Entretanto, los ciudadanos sufrimos lo indecible, llevamos sobre los hombros la carga más pesada, vemos rotos los sueños por una vida decente en medio de un maremagno de contradicciones, errores y estupideces. Todo aquí resulta una farsa, aunque bien montada, farsa al fin. Si bien en apariencia la gente se resuelve y se observan atisbos de inversión (bodegones y más bodegones), la realidad profunda avanza y cede, palpita y muere, emerge y se esconde, en una ambivalencia propia de la complejidad del ahora. 


El tictac de la realidad allí está, en su isócrono hastío, en su cuenta regresiva, silente, pero efectiva. Familias en penuria absoluta, niños y ancianos en situación de calle, madres y padres con sus hijos a cuestas haciendo malabarismos para no sucumbir, enfermos sin tratamiento, gente sin esperanza. Todo muy duro para quien lo sufre, pero también para quien lo observa de cerca y poco puede hacer para remediarlo. La vida pasa sin pena ni gloria, los días se consumen sin remordimientos, las oportunidades vuelan como aves migratorias y la realidad, allí, exultante, impertérrita, grosera, perversa, a la espera de una solución que no llega. Cada minuto perdido, perdido está, ya no regresa; cada niño sin futuro es un error incalculable; cada anciano sin una vida digna es una bofetada para la razón; cada sueño roto es una afrenta para el futuro.



¿Cuándo perdimos el país? ¿Por qué lo dejamos perder? ¿Quiénes fabricaron este Frankenstein que nos devora? ¿Quiénes fueron sus cómplices? Conocemos las respuestas, pero no hay tiempo para adjudicar culpas y para golpes de pecho, tenemos mucho por hacer, ya vendrán los días (¡claro que vendrán!) para los juicios éticos y legales. Hay que reparar el presente, que será el puente para el día después, pero con visión prospectiva. La tarea es ingente y requiere de auténtica voluntad política, de echar al suelo las máscaras, de dejar de lado el “cuánto hay para eso” y convertirlo en un “aquí estoy dispuesto”.



Estamos hartos de dobleces, de cartas escondidas, de burdas manipulaciones, de reuniones entre gallos y madrugada. Algunos aducen con frustración que no requerimos de líderes, que ya saldrán en el camino. Confunden, quienes así piensan, liderazgo con mesianismo. Se requieren líderes capaces de interpretar los signos de los tiempos. Ayer los tuvimos y hoy les reconocemos su legado. Se requieren partidos políticos de vanguardia, con líneas claras de acción. Se requiere de la articulación de muchas variables, para que converjan en el logro de objetivos. Se requiere de la inteligencia personal y organizacional, que vaya más allá del momento histórico que se vive, para avizorar sueños y conjuntar los medios para alcanzarlos. Se requiere, en definitiva, querer el cambio, y trabajar desde todos los flancos para articular la nación que nos merecemos. Allá de aquellos quienes solo busquen satisfacer sus deseos y ambiciones, porque serán arrastrados por la corriente de los nuevos escenarios. 


 
@GilOtaiza



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