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Las reglas del juego democrático por LUIS MONTILLA

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LUIS MONTILLA



Me tomé unos meses de receso en éste satisfactorio y bonito oficio de escribir, quería leer algunos textos pendientes, releer otros, para ampliar y actualizar mis pensamientos y reflexiones políticas que comparto con mis amigos lectores, siempre con el propósito de contribuir en la discusión y el debate político plural y democrático. Un encuentro fortuito, una agradable e inteligente conversación -como siempre-, con el periodista y amigo de tres décadas Jorge Villet me animaron a retomar de manera inmediata mi columna en el Diario Frontera (versión digital). Que en medio de la actividad política, la inesperada pandemia del Covid 19, la atención de mis estudiantes de Ciencia Política en la novedosa modalidad virtual para hacer frente a la situación excepcional presentada y no abandonarlos a su suerte, la situación económica agobiante que estamos viviendo las grandes mayorías en nuestro país, he podido repasar y revisar el debate actual de algunos temas de interés central para la Ciencia Política. Temas como el de la Democracia, serán de obligatorio abordaje y de amplia discusión superada ésta nefasta etapa de nuestra historia política del chavismo en el poder, del socialismo del s. XXI. Ya en anteriores oportunidades había dejado algunas líneas para el debate necesario sobre nuestra democracia. Es un tema amplio, apasionante, controversial, debido a la condición de actualización, adaptación y perfectibilidad permanente que impone la democracia. Siempre hemos creído que para proteger nuestra democracia de la amenaza autoritaria, debemos hacerlo con más democracia. Y aunque hoy nos encontramos que el debate actual en las democracias modernas, entre los teóricos, académicos y especialistas gira en torno a la globalización de la economía, sus consecuencias y efectos sobre los sistemas políticos estatales, los procesos de integración supranacional, la seguridad mundial, el crecimiento exponencial de la sociedad de la información, los conflictos políticos derivados de la diversidad, el pluralismo étnico, cultural y religioso, los planteamientos y propuestas que proponen reconstruir la concepción de la vida social centrada en el valor de las instituciones que nos permitan poder vivir juntos, la crisis de la representación política, etc., no podemos desconocer que estamos lejos de ese debate, y que la realidad de nuestra democracia es muy incipiente. Queremos decir con esto, que ese es el debate en las democracias contemporáneas, y en lo que nuestros académicos e investigadores sobre la democracia deberían andar en una situación de normalidad política, pero lamentablemente no es así, y nuestra realidad nos lleva a ocuparnos de aspectos ya superados cercanos a los pasos fundacionales de la democracia. Nos encontramos con una sociedad dividida, a la deriva, en medio de una gran incertidumbre y desesperanza, una clase política fragmentada, confundida y sin una estrategia viable para enrumbar al país hacia una salida política. Donde dos minorías se disputan el poder político, una “atrincherada” en el gobierno y la otra pretendiendo imponerse como los poseedores de la exclusividad de la oposición democrática. Esta confrontación política con altos niveles de violencia en muchos de los casos, han tratado de imponer su “verdad” sobre las grandes mayorías agobiadas y empobrecidas por la terrible situación económica a la que está sometido el país. Estos dos grupos minoritarios en pugna por el control del poder político, creen poder seguir imponiéndose sin el consentimiento de las mayorías. Tratando de desconocer, que la legitimidad de sus actuaciones y decisiones políticas, deben provenir del “acuerdo mayoritario” que se necesita en las democracias para tomar las grandes decisiones políticas. Acuerdos mayoritarios que no se han construido, porque no se ha consultado al pueblo con ningún método democrático. Se ha escamoteado al pueblo la soberanía popular, la voluntad general mayoritaria, trasladando las decisiones sobre el rumbo y futuro del país a otras instancias de decisión que no tienen la legitimidad porque no tienen el consentimiento para actuar en nombre de todos. En las sociedades democráticas y plurales no existe el consenso, más allá del acuerdo pragmático, derivado de las otras condiciones, de actuar políticamente. Existe el acuerdo mayoritario, de los diferentes grupos políticos que interactúan en la sociedad y por lo general, son transitorios y específicos de cada momento político. Por eso, nos parece absurdo y desfasado que estos dos grupos minoritarios que se disputan el poder, pretendan adueñarse de ese “consenso” democrático para tomar decisiones políticas que nos afectan a todos. Veamos la definición del término: (Del lat. consensus). “Acuerdo producido por el consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos”. (DRAE). Definición que nos obligaría a pensar, dónde estaría el “consenso” en países donde conviven católicos, protestantes, musulmanes, hindúes, judíos, escépticos, agnósticos, librepensadores y ateos. Visto de éste modo, el concepto de consenso es controvertido. En la teoría democrática se habla de “gobierno por consentimiento”, cuando se hace referencia a la tesis de que un gobierno que nace de las opiniones de los electores (del voto que expresa la opinión) y que gobierna en sintonía con estados prevalecientes de opinión pública es, precisamente, un gobierno fundado sobre el consenso. Aquí es recomendable, aclarar el ámbito de aplicación, distinguiendo entre consenso como el reconocimiento y aceptación de la sociedad y consenso como requisito de la democracia. Las sociedades podrían ser consensuales o conflictivas, integradas, segmentadas o desintegradas. La democracia desarrolla la capacidad de pugnar  en sociedades consensuales como en sociedades conflictivas, porque siempre se ha entendido que las sociedades democráticas no son consenso sino más bien “conflicto”, que la democracia es enriquecida por el conflicto. Desde luego, el “conflicto” entendido como disenso, que es como se entiende en la teoría democrática. Entonces consenso, como hemos visto según su etimología refiere a un sentir conjunto, un sentir común, compartido y, en consecuencia que nos involucra a todos los miembros en la decisión política que habrá de tomarse, en el contexto político al que estamos haciendo referencia, consenso no es aprobar; basta con que sea aceptar. Para los estudiosos y teóricos de la Democracia, el consenso verdaderamente necesario es el “consenso procedimental”, es decir, el que pacta las “reglas de juego” democráticas. Estas reglas de juego, como es de esperarse son muchas; pero, a nivel de modo de gobernarse o regirse una sociedad democrática, la regla primaria es la que “decide cómo decidir”, la que establece el método de cómo solucionar los conflictos políticos. Una sociedad política sin una regla clara sobre la resolución de los conflictos, es una sociedad expuesta a estancarse y hasta fracturarse en cada “conflicto”. No podemos dejar de advertir repitiendo una y mil veces si es necesario, que la democracia es decidir en mayoría, con el debido reconocimiento, aceptación y respeto por las minorías; y que si no hay un mecanismo de resolución de los conflictos políticos aceptado y reconocido por todos los integrantes de la sociedad en general, entonces no es una democracia, hay un gran déficit democrático. Es este consenso necesario, el “consenso procedimental” uno de los aportes centrales de la teoría democrática, “quién” tiene el derecho a decidir “cómo”. Porque en la democracia, jamás los conflictos políticos están para resolverse a la fuerza y con la utilización de la violencia innecesaria, su resolución debe ser pacífica, racional y civilizada, confiada al “criterio mayoritario”. Es la conciliación de los intereses de los diversos grupos sociales la regla de la política democrática, mantener la cohesión de nuestra sociedad en la pluralidad, diversidad y diferencias políticas, es la tarea inmediata que tenemos que abordar como dirigentes políticos.






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