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Nuevas relecturas por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


El título de este artículo pareciera, de entrada, una contradicción. Quien relee se ha acercado tiempo atrás a un texto y, por lo tanto, este hecho ha perdido su cualidad de “nuevo”. Me refiero, en todo caso, a esa revisita que hacemos a algunos textos o libros, y que a simple vista entraña un enorme riesgo: perder de una vez y para siempre el grato recuerdo que atesamos de la obra, porque quien retorna a algo ya leído, puede hacerlo por necesidad académica (una consulta), pero por lo general es para revivir el placer que el escrito ha traído a nuestras vidas. En lo particular no releo un libro si antes no ha sido grata la experiencia entre sus páginas, porque en el goce de la lectura no caben los sacrificios, ni los suplicios ni la tortura, sino el placer estético, emocional y hasta espiritual que connota un buen texto. 


Como todo ser humano anhelo el placer, y suelo regresar a las obras literarias que me han gustado una y otra vez para volver a sentirlo, sin que priven resquemores ni atavismos de ninguna especie. Por lo general las relecturas no me han defraudado; es más: en diversos casos han profundizado mi experiencia estética, y he hallado elementos no previstos en las primeras de cambio que le confieren (según mi óptica) valor agregado a la obra. La relectura de cualquier género es sin más una dialógica que ese establece entre el autor y nosotros, en la que necesariamente hay elementos contrapuestos con nuestra mirada que a la final resultan complementarios y enriquecedores del proceso dado, y a veces en acuerdos tácitos (solo para nuestro consumo y a la callada). Es esta una dialógica por demás interesante, ya que muchas veces es con quienes han partido ya de este mundo y en este intercambio, a todas luces metafísico, descubrimos vetas inexploradas, artilugios no atisbados con anterioridad, líneas maestras escondidas que estaban allí a la espera de una mayor madurez de nuestra parte, para ser descubiertas y disfrutadas en el momento preciso.



Pienso a veces que la relectura es un mecanismo de defensa de nuestra parte, que nos impele ir a lo seguro, al gozo que sabemos nos espera, al recorrido que ya hemos transitado y que esta vez se dará sin desagradables sorpresas que quiebren en nuestro interior la “candidez” y la “inocencia” de quien se acerca por primera vez a una obra. Las comillas, porque los avezados lectores conocemos muchas veces lo que sucederá, y no precisamente por la previsibilidad de algunos autores y de algunas obras, sino porque los artefactos literarios echan mano de mecanismos harto conocidos por los viciosos de los libros: quienes de alguna manera estamos curados de fantasmas y de sorpresas porque hemos vivido demasiado las páginas de cientos de libros. Es ni más ni menos lo que les pasa a los venerables ancianos, que están de regreso de los caminos de la vida, y que pueden olfatear a kilómetros de distancia lo que vendrá, y gustan de alertarnos frente a la incertidumbre. En tal sentido, me he visto con frecuencia anunciarme a mí mismo lo que le pasará a un determinado personaje, lo cual le baja un punto a la tensión acumulada, y resulta en un auténtico juego de la memoria y de las emociones, que me permite cotejarme frente a lo leído con la vasta experiencia acumulada.





Releer es, sin más, consolidar en nosotros lo alcanzado, es revisitar viejos compañeros, es querer toparse de nuevo con las emociones vividas frente a las páginas y convertirnos en testigos de excepción de ese algo inasible y etéreo, pero tan real como la vida, que son los mundos paralelos de los libros, que solo esos demiurgos, llamados escritores, pueden ofrecernos.



@GilOtaiza



rigilo99@hotmail.com


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