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"Juan Pablo II: Ejemplo de humanidad" por Padre Edduar Molina Escalona

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Padre Edduar Molina Escalona



Este jueves 22 de octubre hemos celebrado la fiesta litúrgica de San Juan Pablo II, el incansable servidor de la humanidad, el guía espiritual del mundo, el amigo de las juventudes, el que introdujo a la Iglesia en el tercer milenio de la fe con su extraordinario testimonio de santidad, cercanía, alegría y buena disposición para acogernos a todos como hermanos. Sus dos sucesores lo han beatificado y canonizado. El mundo entero lo conoce como Juan Pablo “El Grande”.


 


En 1978, Karol Wojtyla fue elegido el primer Papa no italiano desde 1523, probablemente incluso el primer Papa eslavo en Roma. Su enorme humanidad sería huella imborrable por la bondad de su corazón, por su mirada atenta, por sus palabras cargadas de consuelo y esperanza y por sus acciones transformadoras. Karol no supo hacer distingo entre católicos o no y tuvo una capacidad singular de estar al lado de los más necesitados, de hacerse niño con los niños además de compasivo con los ancianos, los enfermos, los marginados y los presos pero, sobre todo, animador de los jóvenes para que no se cansen de “abrir sus corazones a Cristo”.


 


Siempre le acompañó su sonrisa y, aun cuando la enfermedad se la quiso borrar de sus labios, permaneció en sus ojos, en esa mirada que a veces nos recordaba la de un niño travieso.


 


La sabiduría y el trabajo constante, que demostró para educamos en la fe, lo hizo fecundo a través de sus encíclicas, exhortaciones apostólicas, homilías y cientos de mensajes difundidos por toda la Tierra, interpretando la realidad de la vida cotidiana a la luz del Evangelio, en esa lucha infatigable por vencer el materialismo y el hedonismo que tantos males cuestan a la humanidad. En boca del Papa Francisco: “Juan Pablo II nos enseñó a no tener miedo a la verdad”.


 


Independientemente de nuestras creencias religiosas, es un hecho que Juan Pablo II comunicó y construyó una imagen positiva de la Iglesia y del mundo; con sus debilidades como todo ser humano, supo proyectar la cultura de la vida, de la solidaridad y del encuentro, tan necesarias en nuestros tiempos. Durante 27 años sirvió y llevó a Cristo a todas las sociedades, sistemas políticos y económicos, con la “fuerza de un gigante”, encarnando esa nueva civilización del amor en pequeños gestos que nos dieron inicio a esta Iglesia en salida, en las periferias y samaritana del Papa Francisco.


 


El mundo conoció a un Papa que había sobrevivido a los dos grandes sistemas totalitarios del siglo XX el Nacionalsocialismo y el Comunismo. Esta marcada experiencia de dolor y violencia en su vida lo llevó a responder con un nuevo estilo de hacer humanidad que el mismo bautizó con el nombre de “civilización de amor”.


 


Durante los 25 años de su papado, sus numerosos viajes apostólicos le dieron el nombre del “peregrino de la esperanza”. En dos oportunidades visitó nuestra patria en 1985 y 1996. En la primera marcó una verdadera renovación pastoral con la “Misión Nacional” que permitió un “avivamiento” del Espíritu en una Iglesia de mayor comunión y participación en la tarea de evangelizar. En la segunda, bajo el lema “Despierta y reacciona, es el momento”, la Iglesia llamó a un sincero diálogo social y fortalecimiento del compromiso bautismal, con una clara invitación: Encarnar el Evangelio en todas las estructuras sociales, económicas, culturales y políticas, tarea urgente hoy más que nunca.


 


No podemos dejar de mencionar su histórica visita a nuestra querida ciudad de Mérida, aquel 28 de enero de 1985, en su homilía nos dijo: “Puede decirse con razón que los Andes constituye la reserva espiritual de la Nación”.


 


Se refirió, también, a los desafíos de la Iglesia en cuanto a la fe, cuestionando a los venezolanos sobre ello: “¿A través de qué pruebas pasa la fe de los cristianos contemporáneos? ¿Cuáles son las pruebas en medio de las cuales ella debe madurar y crecer aquí, en Venezuela? ¿Cómo debe ser esta fe para que la herencia apostólica responda verdaderamente a la herencia de los siglos? (…) Esa fe que ha sufrido y sufre los embates del laicismo y secularismo, debe ser renovada. Y renovar la fe es profundizar en el conocimiento de la doctrina católica (…) Solo esa fe renovada será capaz de conducir a la fidelidad: Fidelidad a Jesucristo, a la Iglesia y al hombre”.


 


Que la invitación a renovar nuestra fe, a profundizar en el conocimiento y vivencia de Cristo nos ayude a reconstruir una Venezuela unida, solidaria y más humana. Y que nunca dejen de resonar en nuestros corazones sus palabras: "Abran las puertas a Cristo, no tengan miedo"


 


Mérida, 25 de octubre de 2020


 






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