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Fronteras: ¿Abiertas o cerradas? por Sadcidi Zerpa de Hurtado

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Sadcidi Zerpa de Hurtado



Luego de declarada la pandemia del coronavirus, el cierre de fronteras fue una de las medidas más efectivas para contener el número de contagiados y fallecidos por el nuevo virus. De esta manera, los países intentaron proteger a su población minimizando la posibilidad de contagios por movimientos internacionales de personas. Pero ocho meses después, con elevados costos económicos y humanos, impera la diferencia en las políticas acerca del tratamiento de los movimientos nacionales e internacionales de personas.


En la actualidad, la mayoría de los países no permiten los viajes de ida y vuelta, excepto para ciudadanos y grupos puntuales, como diplomáticos, funcionarios, empresarios o deportistas. Incluso, hay aún países como Australia, Filipinas o Venezuela que mantienen la restricción total de viajes al exterior.


Por otra parte, hay países que han controlado la transmisión comunitaria y están haciendo esfuerzos para permitir los viajes comerciales al extranjero a grupos específicos de la población, mediante previa comprobación de los resultados arrojados por las pruebas y bajo constancia de cumplimiento de cuarentena estricta en el caso de personas infectadas. Por ejemplo, China, Nueva Zelanda y la mayoría de países de la Unión Europea.


Desde este segundo enfoque se considera que, mientras exista capacidad para realizar pruebas y colocar en cuarentena a los pasajeros, no es necesario restringir los viajes a ningún grupo social o país en particular. Pero teniendo en cuenta la incertidumbre y el riesgo de incumplimiento, muchos países están preparándose para abrir sus fronteras a los grupos con tasas de infección más bajas. Estos son los visitantes más propensos a practicar el distanciamiento físico-social, lo que reduce la probabilidad de que surjan problemas después de la llegada.


Además, el hecho de que tanto las pruebas como la cuarentena sean necesarias para la mayoría de los movimientos internacionales, pero no para los nacionales, ocasiona una distorsión en el movimiento de personas. En este orden, se fomenta el turismo nacional que no requiere pruebas ni cuarentena, para compensar el déficit de llegadas internacionales. Lo cual luce insuficiente si el objetivo es incentivar una rápida recuperación de las actividades económicas y reactivar las industrias afectadas directamente por la prolongada restricción de la movilidad de personas.


Esta asimetría entre las restricciones nacionales e internacionales tiene un alto soporte político. Los gobernantes siempre han temido que los votantes valoren más negativamente un aumento de las infecciones debido a la flexibilización de los movimientos fronterizos que uno generado por la flexibilización interna. Y, ante la pandemia generada en el extranjero, lo más popular siempre es el aislamiento respecto a todo aquello que pueda generar contagios y que proceda del resto del mundo.


Pero este sesgo político puede ser muy costoso en la medida que fuerza a mantener por mucho tiempo las fronteras cerradas. Lo cual, en este momento cuando los países ameritan avanzar hacia un nuevo equilibrio, dificulta aún más reducir los riesgos para la salud y la economía mundial. Esto hace fundamental una combinación de políticas públicas que permitan reducir el aislamiento de los países.


En el marco de dichas políticas, la apertura de fronteras es fundamental debido a que, combinada con mejoras en las pruebas para covid-19 y los sistemas de rastreo, estimulará la actividad económica sin aumentar significativamente los riesgos para la salud de la población.


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