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"Sigamos ejemplo de Monseñor Salas" por Padre Edduar Molina Escalona

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VENERABLE MONSEÑOR MIGUEL ANTONIO SALAS



A diecisiete años de la partida a la Casa del Padre de monseñor Miguel Antonio Salas, acaecida en el Táchira su estado natal, un 30 de octubre de 2003, su recuerdo y gratitud sigue perenne entre nosotros. Su ejemplo de Pastor con olor a oveja, su espíritu de sencillez, de sabio maestro de sacerdotes y fiel cumplidor de sus deberes lo llevaron a consagrarse por entero a su misión pastoral de “vivir con más alegría en dar que en recibir”.


 


Había nacido en la aldea de Sabana Grande, La Grita estado Táchira, el día de San Miguel Arcángel de 1915, donde en el ocaso de su fecunda vida sirvió como su “humilde párroco”. Recuerdo con gratitud -en mi infancia- sus visitas pastorales a Canaguá, siempre tenía una broma, en medio de su seriedad, “ustedes los sureños son bonitos porque tienen sangre de mi tierra” –nos decía- recordando los primeros migrantes de La Grita y Pregonero que poblaron el sur merideño.


 


Otro de mis recuerdos imborrables, en mi gratitud a monseñor Salas, fue el acto litúrgico al recibir solemnemente la sotana, como seminarista del Seminario Menor, en la fiesta patronal de mi pueblo, además de ir a despedirse como Arzobispo de Mérida, al iniciar su etapa de Emérito, recuerdo que al entregarme mi traje talar me dijo con su voz, grave, pero sin perder lo profundo del Pastor que sabe amar: “Que siempre la lleves con mucha dignidad”. Al igual que en sus homilías en visita al Seminario nos repetía: “Cuando sean sacerdotes siempre miren sus manos consagradas a Dios para absolver, para unir en el sacramento del matrimonio, para bendecir y convertir esa hostia y ese vino en Cristo mismo.”


 


Su amor por la Santa Eucaristía, siguiendo las huellas de San Juan Eudes, lo llevaron a encarnar su pensamiento: "Para ofrecer bien una Eucaristía se necesitarían tres eternidades: Una para prepararla, otra para celebrarla y una tercera para dar gracias".


 


Cuanto amor y entrega en cada misa de Monseñor Salas, con un profundo sentido de contemplación en el misterio divino presente.


 


Su paternal amor por los sacerdotes y las vocaciones fue fruto de su vivo carisma Eudista, a ejemplo de San Juan Eudes, formando pastores según el corazón de Dios. Con su ejemplo y valiente cuidado de cada vocación a su cargo. La formación para la vida sacerdotal de Monseñor Miguel Antonio tuvo su inicio en 1934 (Juniorato) en La Grita, con los en la Comunidad de los padres Eudistas; prosiguiendo en Bogotá, en el Seminario de Valmaría en Usaquén, Bogotá (1936); completando su noviciado; y, en la Universidad Javeriana su Filosofía y Teología.


 


En 1940 se incorpora, canónicamente, como miembro de la Congregación de Jesús y María y tres años después recibe la Ordenación Sacerdotal. Su fecunda labor como docente de Teología dogmática en el seminario de Santa Rosa de Osos-Colombia (Centro de Formación Sacerdotal de Padres Eudistas); luego, en nuestro país, en el Seminario Santo Tomás de Aquino, San Cristóbal; y, en 1954 del Seminario Interdiocesano de Caracas hasta 1960.


 


Inspirador y profundo con sus discípulos, deja marcada huella de ciencia y fe en las generaciones sacerdotales de la patria.


 


Otra de sus fecundas huellas fue sin duda la reapertura del Seminario de Mérida, obra que permitió la consolidación del clero, con una pastoral vocacional misionera integrada a la vida de las parroquias. Sus obras, escritos, testimonios y enseñanzas siempre son referencia al cuidado y cultivo de las mejores vocaciones para la Iglesia. Al igual que sus desvelos por la promoción de la evangelización de los medios de comunicación con la fundación de la Televisora Andina de Mérida (TAM) y la modernización del diario El Vigilante.


 


Pero su mejor regalo para Mérida, fue sin duda, el formar y darnos un verdadero padre y pastor, su sucesor, hoy nuestro Cardenal Baltazar Porras, quien impulsa la causa de su Beatificación y es continuador de su fructífera misión pastoral, con su cercanía y afecto por nuestros humildes hombres y mujeres del campo y el cuidado y atención a la ciudad de las luces, nuestra Universidad de los Andes.


 


En su despedida del palacio Arzobispal, nos correspondió a un grupo de seminaristas el ponernos a su disposición para preparar “su mudanza” a Sabana Grande, recuerdo con asombro como nos dijo: “Lo único que me llevo son unos cuantos libros para entretenerme, mi ropa y mi breviario para rezar, lo demás todos se queda como está”, verdadero ejemplo de “cristiano ligero de equipaje”, desprendido del mundo y lleno de Dios. Digno ejemplo a seguir.


 


Culmino con las palabras de este gran Pastor en su homilía de toma de posesión como V Arzobispo de Mérida, el 15 de septiembre de 1978: “Como el maestro vengo a servir, como Él a gastar mi vida por la salvación de sus almas… merideños todos: al tomar posesión de su Iglesia, tomen también ustedes posesión de su Pastor”.


 


Tomemos pues posesión de sus valores, enseñanzas y ejemplos y sigamos su senda de santidad y de bien.


 


Mérida 1 de noviembre de 2020






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