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Heterodoxo por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


En días pasados un árbitro de una importante revista utilizó (entre tantos) un adjetivo que llamó poderosamente mi atención: heterodoxo. Es decir, a su modo de entender la ciencia, el arte y la vida misma, ser heterodoxo es algo así como ser estúpido o ignorante. Si a ver vamos, el DRAE define del vocablo, entre otras acepciones, como: “Disconforme con doctrinas o prácticas generalmente admitidas”. Desde el ángulo de la filosofía la heterodoxia se refiere a la diversidad de miradas y de enfoques, lo cual de alguna manera se opone a la ortodoxia, que implica ser adicto o fiel al canon; a lo establecido. De alguna manera, el heterodoxo va a contracorriente, ya que su pensamiento se abre en tal cantidad de posibilidades y de retos, que se aleja de lo que las capillas santifican desde su mirada (usualmente anquilosada), y que la mayoría sigue como la “verdad” irrefutable. Más que sentirme ofendido porque el árbitro osó catalogarme como heterodoxo, sentí un asombro infinito (y pena de él o de ella), ya que si por su tarea no abre la mirada más allá de sus propias posibilidades intelectuales y epistémicas (cuadradas, qué duda cabe), quien así “califica” o pretende descalificar, suele perderse con facilidad en los laberintos del pensamiento distinto, lo que lo empuja a abrazarse a las doctrinas y prácticas establecidas, para no quedar dando aletazos fuera de su pecera.


La ciencia se transformó en cientificismo, y esa herencia dada por el pensamiento ilustrado, permitió muchos avances, transijo, pero llegó un momento en el que quedó petrificada. Si analizamos la personalidad y la obra de quienes empujaron el conocimiento científico hacia nuevos puertos, tuvieron en algún momento de sus actuaciones que deslastrarse de lo establecido, porque sencillamente constituía para ellos camisas de fuerza que les impedía otear más allá de lo aprobado y constituía una pesada rémora en sus ingentes posibilidades. Tanto la ortodoxia como la heterodoxia son ni más ni menos que paradigmas, es decir, grandes marcos de referencia que intentan explicar el mundo y sus fenómenos.



 
Ahora bien, cuando se abraza la heterodoxia quienes lo hacemos estamos conscientes de que en el fondo de todo subyace su opuesto, y que el buscar nuevas respuestas implica una suerte de malabarismo que permita no romper abruptamente con lo establecido, pero avanzar con determinación hacia nuevos derroteros. Los viejos paradigmas no desaparecen del todo, sino que se hallan como “sedimentos”, pero en muchas otras circunstancias los pensadores han tenido que tirar al cesto de la basura sus viejas creencias, y ello les posibilitó atisbar novedosos caminos que abrieron inmensas perspectivas de avance. Si no fuera así, pues la ciencia no hubiese alcanzado los portentos de los que hoy disfrutamos, y de cuya génesis las generaciones anteriores fueron testigos asombrados del quiebre de viejas concepciones, que en algún momento se erigieron en auténticos corsés para la ciencia y para el pensamiento filosófico.



Pensar diverso y distinto es maravilloso, y gracias a eso que muchos llaman “postmodernidad”, que es definitiva un quiebre paradigmático, sus aportes han sido fundamentales en la comprensión de la complejidad del vivir, de sus grandes aristas y meollos, de sus densas tramas orquestadas por disímiles variables que explican al mundo más allá de lo establecido para internarse en nuevos territorios. Debo confesar que desde siempre he sentido que navego en corrientes opuestas a lo sacralizado como obvio, cuestión que ha traído a mi vida un crecimiento y una heterogeneidad que jamás hubiese podido alcanzar plegándome a ciegas al catecismo de lo aceptado por los cenáculos (ceguera epistémica). 



En mi trabajo académico preferí la etnobotánica a la fitoquímica, lo cual resultó traumático en mis comienzos, porque nadie veía en tan espléndida área (híbrido de las ciencias naturales, de la salud y las ciencias sociales), un campo serio de indagación fenomenológica, y a la larga quienes así pensaban tuvieron que aceptar su error y bajar su mirada altiva. En el ámbito filosófico abracé con fuerza el pensamiento complejo, que es, sin más, una manera por demás heterodoxa de asumir la realidad del vivir, e ir tras la búsqueda de respuestas sin las herramientas aceptadas por los dictados de la ya vetusta ilustración. En el campo de la literatura me pasó otro tanto, ya que no me arrimé a las camarillas que en el país dictaminaban lo que era el canon en la narrativa o en la poesía, lo que trajo consigo desavenencias con muchas eminencias grises, quienes dictaban (y lo siguen haciendo como si fueran oráculos) lo correcto o lo execrable. En el contexto de mis relaciones sociales la heterodoxia me alejó de lo que entre mis conocidos y amigos era ser “parte del equipo”, lo que se tradujo en una manera de ver y de vivir la realidad de otras maneras, y no lo que se suponía tenía que ser, lo que restó montón de amigos en mis relaciones, quienes no tenían otros horizontes sino terminar siendo gente del montón.



Al árbitro le digo que sí, soy heterodoxo, y que su ortodoxia lo está fosilizando hasta el punto de convertirse en nulidad frente a la multi-realidad de la vida.



@GilOtaiza



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