Inicio

Opinión



La etnobotánica por Ricardo Gil Otaiza

Diario Frontera, Frontera Digital,  RICARDO GIL OTAIZA, Opinión, ,La etnobotánica por Ricardo Gil Otaiza
Ricardo Gil Otaiza



Al escritor chileno Francisco Aguilera



En el artículo pasado titulado Heterodoxo (EU, 15-10-20), hice referencia a mi decisión académica de no asumir la fitoquímica como área de investigación, a favor de la etnobotánica, que era algo así como lanzarse por un barranco, porque la primera era la tradición, el canon, lo aceptado como interés investigativo entre quienes nos adentrábamos en los productos derivados de las plantas (farmacognosia); mientras que la segunda era vista como suerte de charlatanería, que rompía con el desiderátum. Antes de esto había trabajado con los líquenes, simbiosis entre alga y hongo; cuestión interesante, sin duda, pero no era lo que buscaba. Dos años después di el salto al estudio de las plantas superiores desde el ámbito de la etnobotánica, y quienes me saludaban con cierto “respeto” comenzaron a mirarme por encima del hombro, como si mi decisión fuera la peste.


Cuando comencé a adentrarme en la etnobotánica, que se podría definir, grosso modo, como el estudio de la relación del hombre y de la mujer con su medio natural (ecológico) y cultural, mis reticencias iniciales (tanto da el agua al cántaro…) fueron cediendo, y en su lugar la fascinación fue cada vez mayor, ya que hallé una cantera que me permitía conjugar mis intereses académicos e intelectuales en un “algo” de mucha utilidad para la sociedad. La etnobotánica (y con ella sus hermanas: etnofarmacia y etnomedicina) conjuga diversidad de áreas del conocimiento para hacerse consustancial con casi todas las necesidades del ser humano. De pronto me vi envuelto en un torbellino de posibilidades de todo tipo, que podían dar respuesta a la búsqueda de nuevos fármacos, de especies vegetales para la ciencia, de nuevos usos de plantas ya conocidas, de nombres comunes y sinonimias, de rituales mágico-religiosos, de especies para la confección de artesanías, de tejidos, etcétera, lo que involucraba áreas como biología, botánica, farmacia, medicina, antropología, sociología, lingüística, historia, fitoquímica, y paremos de contar. Las humanidades y las ciencias amalgamadas en una relación de perfecto intercambio empírico, filosófico y epistémico. Mejor, imposible.



Desde comienzos de los años 90 hicimos los primeros acercamientos a la denominada exploración etnobotánica, en la que me acompañaron estudiantes de pregrado de farmacia, de aquella experiencia nació un libro clave en mi vida académica, Plantas usuales en la medicina popular venezolana (Cdcht ULA, 1997), que en su segunda edición cambió a Breve diccionario de plantas medicinales (Los Libros de El Nacional, 1999). A partir de entonces nos dimos a la tarea de explorar diversas comunidades campesinas de los Andes venezolanos, pero organizados como Grupo de Investigación Cátedra de Farmacognosia, al que se integraron los ingenieros Juan Carmona y Conchita de Carmona, y posteriormente la Profesora Dilma Jiménez. Algunos años después Juan y yo publicamos Herbolario tradicional venezolano (ULA, 2003), con varias ediciones agotadas rápidamente. En paralelo, publicamos decenas de artículos científicos en revistas arbitradas e indexadas, en las que mostramos un sinnúmero de especies vegetales medicinales. Además, dictamos cursos, conferencias, talleres, y llevamos ponencias a congresos nacionales.



En lo personal, la etnobotánica me formó como científico e intelectual, avivó en mí el cariño y el respeto por las comunidades campesinas, y me hizo conocer lugares, personas y vivir grandes experiencias. Aquella decisión no había sido un salto mortal, e hizo que quienes me miraban con reticencias terminaran por reconocer su ignorancia. Todo esto fue posible gracias a un trabajo denodado, de muchos años (casi 30), el visitar a las comunidades más apartadas de la geografía andina, el incursionar por intrincados caminos que hacían de nuestra experiencia una verdadera travesía, el entrevistarnos con los cabeza de familia (los denominados gerontes o adultos mayores), el aplicar instrumentos científicos previamente validados (encuesta-entrevista), el darnos a la tarea de recolectar centenares de especies vegetales medicinales reportadas por las mismas comunidades, y de aplicarles de inmediato las técnicas de herbario para así evitar que se dañaran o trastocaran. Días enteros perdidos en carreteras y montes, recorriendo esos parajes en un vehículo de doble tracción perteneciente a la Universidad de Los Andes. Pero el trabajo no se quedaba allí, de regreso a la facultad nos dábamos a la tarea de ordenar lo recolectado, de llevarlo a las estufas para la desecación, de revisar cada instrumento para aplicar los métodos estadísticos de agrupación de datos, y vaciar toda esa información en planillas que buscaban darle orden y concierto a todo aquello. Luego el ingente trabajo del taxónomo. Posteriormente, la organización de las publicaciones, que es un mundo aparte, ya que requiere el seguir las pautas que establecen las revistas científicas, con las alegrías y los sinsabores que trae consigo. 



En fin, todo un aprendizaje que no me cansaré de agradecer al cielo, a mi familia, y a la universidad que creyó en nosotros. 


 
@GilOtaiza



@RicardoGilOtaiza



rigilo99@gmail.com


rigilo99@hotmail.com





Contenido Relacionado