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Nuevamente aviones por Alirio Pérez Lo Presti

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Alirio Pérez Lo Presti



@perezlopresti)


El segundo vuelo que tiene que ver con estas líneas lo perdí hace ya unos cuantos años. Estaba presentando unos trabajos de investigación en el Congreso Nacional de Psiquiatría que en esa oportunidad se desarrollaba en Punto Fijo. El regreso fue bastante tortuoso. El avión se averió en el aeropuerto Las Piedras, así que a finales de la tarde y luego de un tumulto ocasionado por los enfurecidos pasajeros, la línea aérea nos llevó en transporte terrestre hasta Coro, al aeropuerto José Leonardo Chirino. Allí estuvimos como cuatro horas, luego de las cuales como consecuencia de la confrontación entre pasajeros y representantes de la línea aérea se nos prometió que nos trasladarían a Maiquetía y de allí a Mérida esa misma noche.


En Maiquetía estaban unas camionetas esperándonos para llevarnos a un hotel en Catia la Mar, ya que la posibilidad de partir a esa hora hacia Mérida había sido negada por la única persona de la aerolínea que les dio la cara a los enfurecidos viajantes. La maldijeron y le desearon la muerte a ella y a los suyos. Total, que terminé en un taxi pagado por la aerolínea conducido por un hombre de cara dura y absolutamente “mutista” que me habría de llevar al hotel que la empresa de aviones dispuso para mí. La mayoría de los pasajeros terminaron regados en hosterías y posadas de Catia La Mar.


El hambre me carcomía los intestinos ante el hecho de que se nos negó pagarnos la cena, así que hice (obligué) detener al taxista en una pollera que estaba situada cerca del restaurante chino que conocía desde temprana edad. Lo único que le escuché fue su advertencia cuando me bajé del vehículo: “Tenga cuidado, que es peligroso”. Me bajé del carro y pedí un pollo para llevar y cuatro cervezas bien frías mientras el taxista esperaba. El restaurante chino ya no existía, de ese lugar que me dio tanta alegría quedaba una estructura en ruinas, abandonada. La pollera estaba muy concurrida pese a la hora (o tal vez por la hora). Gente de pie esperando los pollos con aspecto famélico, otros lucían francamente atemorizantes, con tatuajes en el rostro, un olor a ron y cerveza impregnaba el lugar y competía con el olor del plumífero a la brasa. Algunos transexuales ocupaban la mesa al final del local. Alguien me preguntó la hora y simplemente le dije que no tenía reloj. Ya con mi pollo vía al hotel sentí que me había salvado de una puñalada. Lo peor estaba por venir.


El taxista me dejó justo frente a la entrada del hotel. El olor a sangre del hombre que acababan de asesinar hacía contraste con el ruido de las motocicletas que rápidamente se iban del lugar. Alguien comentaba que le habían pegado siete tiros. El taxista me dijo que él mismo era quien me iba a pasar buscando para el retorno al aeropuerto. Llegó una furgoneta de algún cuerpo de seguridad y se llevó el cadáver. No hubo preguntas. Una vez en la habitación, agotado por el viaje, escandalizado por la violencia del crimen que acababa de ocurrir y apesadumbrado por la anómica Catia La Mar nocturna y ajena a mis recuerdos de temprana juventud, me senté en la cama y me bebí rápidamente un par de cervezas. Recordé los tiempos aquellos en que visitaba con tanta alegría esos lugares. Abrí la bolsa y hambriento y de manera atropellada devoré el pollo y ganaba el hambre. Más nunca visité Catia La Mar.






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