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La lotería por Luis Loaiza Rincón

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Luis Loaiza Rincón


Venezuela ha tenido el extraño privilegio, o la rara tragedia, según como se mire, de vivir varias épocas doradas, oportunidades en las que se pasó de la riqueza a la pobreza sin que ese cambio generara un aprendizaje o una lección duradera sobre cómo evitar los errores que nos han condenado. Nadie puede decir que Venezuela no salió adelante por falta de recursos materiales.

Ha pasado lo mismo que con el jugador que gana varias veces el premio mayor de la lotería y termina siempre arruinado, aunque después del primer fracaso asegure que de tener una nueva oportunidad lo hará mucho mejor para salir adelante. Pero esa oportunidad llega y el resultado es peor. Pocos países en el mundo se han dado el lujo de desperdiciar tantas y tan buenas oportunidades como las que ha tenido Venezuela para convertirse en un mejor país, de justicia, bienestar y progreso para todos.

Si bien en algún momento transitamos la ruta de la superación constante, después de cierto tiempo, a cada racha de suerte sobrevino el fracaso. ¿Qué nos condena? ¿Qué nos termina llevando al abismo? ¿Por qué no somos capaces de superarnos?

Las distintas respuestas derivadas de los múltiples enfoques utilizados para profundizar en estos temas, quizás coincidan en destacar aspectos muy parciales de una realidad sumamente compleja: Preferimos la improvisación al desarrollo orgánico, nos rendimos ante los líderes mesiánicos y populistas preferiblemente con uniforme, adoramos excesivamente al Estado que anula al ciudadano, ignoramos qué es el ejercicio pleno de la responsabilidad individual y nos fascina la obtención de grandes beneficios con el mínimo esfuerzo. Además, nos molesta mucho el éxito de los otros y preferimos mil veces la chapuza antes que la búsqueda de la excelencia.

Últimamente, nos sedujo la promesa de una vaga utopía política que ofreció el paraíso en la tierra. De nuevo en la ruina, pensamos que los responsables de todo son otros, que la solución depende de otros, que es preferible abstenerse que participar y que otro golpe de suerte nos sacará del abismo, no para avanzar, sino para regresar a la fiesta irresponsable, del que no sabe ni valora lo que tiene ni lo que ha tenido.

Para empezar a enderezar el rumbo quizás tengamos que asumir nuestro fracaso colectivo, que debemos rectificar y que la salvación nacional es un asunto esencialmente ciudadano. Que Dios quiera que la suerte no se acabe y que tengamos mejor cabeza para administrar no lo que nos llegue del cielo, sino lo que seamos capaces de construir.






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