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“Pedro y Pablo: Iglesia viva y misionera” por Padre Edduar Molina Escalona

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Padre Edduar Molina Escalona


Al cierre del mes del Corazón de Jesús, nos encontramos con la experiencia de fe de dos valientes “testigos del Evangelio” San Pedro y San Pablo. Su fiesta nos ayuda a reavivar el don de nuestra vocación recibida el día de nuestro bautismo y a responder con ardor y pasión al desafío de llevar a todos el mensaje del amor de Dios, en tiempos de renovación misionera de nuestra Iglesia.


Al celebrar estos brillantes apóstoles, se nos recuerda que “toda vocación es un don de Dios”, que la pedagogía de Dios sigue siendo la misma: Nuestra vocación es fruto de su iniciativa: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo quien los elegí a ustedes y los destiné a que den fruto y su fruto sea duradero” (Jn 15, 16). Por tanto, nuestra respuesta al llamado de Dios a vivir cualquier vocación de servicio no justifica arrogancias o soberbias de nuestra parte, más bien deja claro que no hay mérito nuestro en semejante opción. No cuentan los antecedentes previos ni los mejores curricula. Todo es acción de la gracia. Sin esta acción de Dios que transforma, convierte y nos hace nuevos, difícilmente entenderíamos cómo un simple pescador se convierte en la roca de la Iglesia y un fanático perseguidor de cristianos es llamado a ser predicador del Evangelio.


Otra segunda faceta importante es la de “vivir abiertos al querer de Dios”, las experiencias de vida de estos santos apóstoles, llevan siempre un componente de apertura: Abiertos de corazón y de mente para acoger los retos que el Señor va presentando en sus vidas. Tal como lo dice el Papa Francisco “tenemos que convertirnos en medio de los desiertos de la humanidad, que son las mentes cerradas y los corazones duros".


Contemplemos las figuras de Pedro, llamado a ser custodio y referente de la unidad en la Iglesia primitiva, es puesto a prueba al tener que reconocer la acción del Espíritu Santo en la vida de los paganos (Hech 10, 1-48) (…) Nos enseña que no se trata de aferrarse a esquemas, se trata de tener la docilidad para responder al Espíritu del Señor que “sopla donde quiere”.


Por su parte, Pablo comprenderá que el otro ya no es un enemigo ni un extraño. Es ahora destinatario de la misión, es predilecto de la acción de la gracia. En Cristo no hay barreras, ni división: “Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).


Un tercer rasgo importante de la vida cristiana es la “vocación misionera”, un Dios en camino, para una Iglesia en salida. Desde el Antiguo Testamento nos encontramos con la ternura de Dios que “baja” a liberar a su pueblo esclavo en Egipto porque ha escuchado sus tribulaciones y no ha permanecido indiferente a ellas (Ex 3, 7-10). Es El mismo quien ha salido al encuentro de Abrahám (Gn 12,1) para abrirle un nuevo horizonte a su existencia ya avanzada. Tanto jueces, profetas y hasta reyes, como en el caso de David, fueron encontrados en medio de las ovejas, para ser “elegidos por Dios” como pastores de su pueblo (1Sam 16, 11-13).


El mismo Jesús al borde del mar de Galilea sorprende a Pedro, en medio de su faena cotidiana. (Mc 1, 16-20; Lc 5, 1-11). También Pablo será alcanzado por Jesús en el camino a Damasco (Hech 9, 1-19). Es Cristo quien entra en la vida del pescador de Galilea y del fariseo y perseguidor de Tarso. Esta misteriosa y misericordiosa “intromisión” tendrá la fuerza que transforme para siempre la vida de ambos, haciendo del primero un “pescador de hombres” y del segundo “el apóstol de los gentiles”.


En la entrega misionera de Pedro y Pablo experimentamos que la evangelización no es reproducir o simplemente “repetir citas bíblicas de memoria”, o historias que hemos aprendido. El que evangeliza comparte su experiencia, su encuentro con el Señor, su vivencia transformadora.


Pedro, conocido como la “roca”, fundamento, no por ser precisamente el más valiente o el de mayor talento de los doce, sino por haber encontrado su fortaleza en el amor gratuito de Dios que lo llamó a formar parte de su pequeña comunidad de hermanos y le manifestó su perdón aún después de negarlo. (Jn 21, 15-19).


Pablo es la experiencia de la gracia que libera cuando nos dejamos “derribar del caballo” de la autosuficiencia, para proclamar el camino de la libertad, del hombre nuevo que decide abandonar toda esclavitud y derribar los muros que nos separan del amor. Tanto Pedro como Pablo salieron de sí mismos, sin pensar en las propias comodidades, privilegios o seguridades, para abrirse a un amor que desborda, que nos invita a un nuevo estilo de vida, que nos hace sentir amados y perdonados para llevar este mensaje liberador a todos.


Es oportuno preguntarnos sobre la calidad de nuestra respuesta y compromiso a nuestra vocación de vida cristiana, dice el Papa Francisco: “Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón”.


Mérida, 27 de junio de 2021






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