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En el oscuro reino del mal por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


¿Qué pasa en el mundo que pareciera estar poseído por la aflicción? Todos los tiempos han tenido su alta cuota de perversidad: guerras, horribles episodios de odio e intolerancia, campos de concentración, segregación racial (apartheid), cruzadas, Santo Oficio, limpiezas étnicas, conquista de territorios, injusticias, exterminio, decretos de guerra a muerte, mazmorras, y paremos de contar. Se hace evidente que en el ser humano anida muy hondo el mal, hasta el punto de hacer de él presa de su propia sombra.

No se trata aquí de auscultar solo desde lo religioso la respuesta a todo esto, porque sería sesgar el hecho irrefutable de la naturaleza ambivalente que nos constituye. No obstante, cabe la acotación de que las religiones son en sí mismas fuentes de lo espiritual y de lo ético, pero han sido minadas también por la oscuridad. Cuando leemos con espanto las decenas de casos que a diario se nos muestran de clérigos y altos prelados acusados de diversos delitos, sobre todo, contra la dignidad humana en los niños, nos llevamos las manos a la cabeza y clamamos al cielo con repulsa e indignación. En este punto, recuerdo la férrea lucha del gran papa Benedicto XVI por limpiar a la iglesia, por deslastrarla de los miembros que la ensucian, pero también recuerdo sus palabras en la primera homilía en la Basílica de San Pedro, aquel 24 de abril de 2005, ya investido como Papa, cuando en una frase inaudita pidió a los feligreses: “Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos”. Su fortaleza física y espiritual no soportó las embestidas de los lobos, y en una decisión valiente como pocas, renunció a su alta investidura. El sucesor, el Papa Francisco, continúa con esa denodada lucha de adecentamiento de la iglesia, pero creo que ha llegado el momento, tal y como lo ha expresado Joseph Ratzinger, desde sus tiempos de cardenal, y ahora como Papa Emérito, de pensar en volver a una institución más pequeña, más modesta y consustanciada con el mensaje de Jesús.

Ahora bien, así como somos capaces de elevadas cimas de excelsitud, de poetizar los sentimientos, de transformar en letra y música lo que llevamos dentro, de mostrar en la plástica todo un mundo paradisíaco y sutil, de recrear en páginas grandes historias de amor y de amistad, de realizar los más inauditos y sorprendentes actos de heroísmo y de desprendimiento, de salvar vidas, de elevar oraciones a lo inasible y conectarnos con otras dimensiones, de dar la vida por los otros, y hasta de morir de amor, en contraposición sabemos de lo que somos capaces movidos por el mal, al extremo de sacar a flote ese lado oscuro que también nos constituye. Siempre recuerdo a mi madre cuando nos decía que rogáramos todos los días al altísimo para que no se nos escapen los demonios que llevamos dentro.

Sin duda, tenemos sombras, y nos movemos en arenas movedizas, en cuestión de segundos podemos dar el salto de la risa al más enconado episodio de agresión. Somos seres complejos, lo que hace de nosotros mujeres y hombres ambivalentes, que nos mecemos en opuestos contradictorios, pero a la vez complementarios. Es decir, lo oscuro también nos constituye, y es nuestra lucha diaria mantenerlo en franca oposición con la luz, para que de esos matices surjan acciones y hechos que no contradigan la necesaria sociabilidad como anhelo intrínseco de todos. Cuando en su obra Edgar Morin enfatiza que se requiere con urgencia de la hominización del Ser, no es un ejercicio de retórica, ni mucho menos de esnobismo intelectual, lo que nos plantea con angustia existencial es la urgencia de hacernos más humanos, de bajarnos de las ramas, de superar la edad del hierro planetaria para hacernos copartícipes (yo diría cocreadores) de un mundo mejor.

La sociedad nos impele a la sana convivencia, porque conoce, en su ya larga historia, los sutiles que suelen ser los linderos entre la luz y la oscuridad. En otras palabras: nos movemos en las sombras. En este sentido, inventó la ética, como herramienta de disuasión, y nos recuerda que nuestros derechos terminan cuando comienzan los de los otros. La ética nos impele al “bienvivir”, es decir, a esa arte cotidiana (y no menos difícil) que hace de nosotros seres ganados a principios y a valores, que nos permitan una buena interrelación (tanto en el seno de la familia como en el contexto social), al respeto de las diferencias, a las acciones que concreten espacios de paz y de crecimiento compartido.

La pandemia del Covid-19 ha sido, hay que decirlo, catalizadora de grandes cataclismos en el orden de lo humano, y no me refiero solo al aspecto sanitario, y a la alta tasa de mortalidad que ya lleva sobre sus hombros (que es mucho decir por el dolor que ha causado), sino a los daños personales, familiares y sociales que ha traído consigo, traducidos en quiebres, en rupturas, en profundas desavenencias y perversidades inimaginables. Y digo que ha sido catalizadora, porque no los ha ocasionado, sencillamente ha sido la chispa que ha puesto sobre la mesa nuestros contrastes y ambivalencias, así como también nuestras más pérfidas sombras.

@GilOtaiza

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