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“El salto olímpico de Venezuela” por Padre Edduar Molina Escalona

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Padre Edduar Molina Escalona


Nuestro país se cuenta entre los más destacados en la historia de participación de América Latina en los Juegos Olímpicos. Hemos contado con la mejor representación de un total de 550 atletas en 29 diferentes deportes, ubicándonos en el sexto mejor resultado histórico de nuestro continente, después de Cuba, Brasil, Argentina, México y Colombia. Con un total de 17 medallas: cuatro platas, diez de bronces y hoy que resplandece la tercera medalla de oro.

El primer oro para nuestra nación lo logró el boxeador cumanés Francisco Rodríguez, “Morochito”, en las de México 1968 en su categoría Mosca. La segunda medalla la obtuvo el destacado esgrimista, hijo de Ciudad Bolívar, Rubén Darío Limardo Gascón, en la modalidad espada en las Olimpiadas de Londres 2012. Y la tercera medalla alcanzada este año 2021, en Tokio, la protagoniza la primera mujer venezolana en alcanzar los 15,67 metros con un impresionante salto, superando la marca olímpica de la camerunesa Françoise Mbango de 15,39 m y el récord mundial de 15,50 m que la ucraniana Inessa Kravets obtuvo en 1995.

Yulimar Andrea Rojas Rodríguez, nació en Caracas, pero criada en Puerto la Cruz, el 21 de octubre de 1995, representa el mejor rostro de la auténtica venezolana perseverante, forjadora de sueños, con espíritu de fortaleza y aguerrida para afrontar los retos, unidos a su humildad y alegría, la hacen acreedora de la más alta consideración y gratitud de todos los venezolanos.

Somos el país de los “saltos más altos”; de modo vertical el Salto Ángel, que nos recuerda la belleza y maravillosa naturaleza con la que el Creador quiso pintar nuestro suelo tricolor. Y ahora el salto horizontal de Yulimar Rojas nos anima a todos los venezolanos a dar el “salto adelante” del momento histórico que nos ha tocado como nación, junto a la pandemia, es un impulso a no desfallecer, a creer en nuestras enormes potencialidades como pueblo de fe y siempre bien dispuesto a toda obra buena. Es el salto de la esperanza de aquello que poseemos y nadie nos puede arrebatar (Jn 16,22).

La pandemia nos ha transformado y hecho cambiar los estilos de vida. El salto de lo normal a “reinventarnos”, saltar de nuestros esquemas cerrados a despertar corazones y dar un nuevo sentido a la cotidianidad, buscando más una sociedad del encuentro y de la corresponsabilidad existencial.

Hoy más que nunca estamos urgidos de saltar de una fe muerta y devocional a una verdadera experiencia de encuentro con el Cristo que acontece en cada vida, es vivir a plenitud la certeza de la victoria final de la vida sobre la muerte y de la luz sobre la oscuridad, que nos llama a la conversión profunda, a la confianza absoluta que exige actuar en consecuencia con el proyecto del Reino de la paz y del amor.

Hoy, como nunca, la nueva Venezuela nos llama y compromete a el salto del “hombre viejo” de la viveza criolla, los “enchufes”, el abuso de poder e ilegalidad imperante unido a la falta de ciudadanía, a dar 15,67 metros adelante de “hombres nuevos”, poseedores de una esperanza viva, que hace presente los valores del respeto, la solidaridad, el civismo, la honestidad y el valor de la excelencia, en el trabajo y la formación de las nuevas generaciones.

Saltar del miedo y la incertidumbre que nos rodea en estos tiempos actuales para no solo con la creencia de que todo saldrá bien, sino con la convicción de que Dios está obrando por medio de todas las cosas, aun de las peores situaciones que nos toca vivir.

Debemos tomar el nuevo impulso de experimentar con cuál amor nos ha amado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, caminando alegres con la certeza de saber que seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es (1 Juan 3,1-3).



Domingo, 08 de agosto de 2021






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