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Una novela en tiempos de crisis por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


La sequía cultural en la Venezuela contemporánea es tan profunda, que hemos perdido los referentes de las artes en nuestras vidas. En artículos anteriores he aludido a diversas instituciones culturales que marcaron el acontecer de los venezolanos y de América Latina desde las artes, y que hicieron de este país un indiscutible polo de la cultura. En relativamente poco tiempo pasamos de ser el país ejemplo para nuestros vecinos continentales, al que se le admiraba y envidiaba, a convertirnos en el patito feo de la región.


En un abrir y cerrar de ojos se acabaron los grandes conciertos de las orquestas más emblemáticas del mundo, no llegaron más artistas de renombre, no se representaron los clásicos universales de la dramaturgia, y no se hicieron más las exposiciones pictóricas y escultóricas que solían llenar nuestras salas.


En cuanto a los libros ni se diga. Creo que del ámbito de la cultura el de los libros ha sido el más golpeado. Como lector y escritor he visto con espanto cómo todo se ha desvanecido hasta desaparecer. Para nadie es un secreto que nuestras librerías han ido cerrando sus puertas a un ritmo trepidante, al no poder soportar los costes de un negocio que ha dejado de ser rentable. La hiperinflación se ha convertido en el dardo envenenado del grueso de tales establecimientos, que ya no reciben novedades locales, porque no se producen por los elevadísimos costos de edición.




Y ni hablar del exterior, ya que las casas de representación de las más importantes editoriales de habla hispana que teníamos en el país, se marcharon al no hallar garantías económicas, ni incentivos, ni mercado. De pronto los lectores y los autores nos vimos completamente desamparados, sin posibilidades de poder acceder a las obras que se publican en España, México, Argentina o Colombia, que eran los países desde los cuales nos llegaban las novedades editoriales.




Traigo todo esto a colación, porque termino de leer un maravilloso libro recientemente editado en Mérida (Gráficas El Portatítulo, 2021, bajos los auspicios del Dr. José Rafael Pulido Hernández de DROLANCA), cuyo autor es mi querido amigo D. Eleazar Ontiveros Paolini, actual presidente de la Academia de Mérida, y cuyo sugestivo título es Muriendo desde la Z. Debo confesar de entrada que la historia me atrapó, y a medida que iba avanzando en su lectura, le comentaba mis pareceres al buen amigo.




Para no hacer espóiler a los potenciales lectores de la novela, solo diré que Leonardo Prado, un humilde muchacho de los páramos tachirenses, bajo la dirección de dos atinados profesores (primero el viejo maestro Florencio Ramones, y luego de su muerte el joven profesor Fernando Perdomo), se da a la compleja e inaudita tarea de aprenderse todas las palabras (y sus significados) del Diccionario de la Lengua Española




La empresa, ardua como pocas, se da de manera lenta y progresiva, es decir, desde la A hasta la Z (más o menos unos ochenta y ocho mil vocablos). Leonardo aprende y avanza sin olvidar ni un solo detalle de lo aprendido. Es decir, su cerebro va guardando con absoluta fidelidad cada una de las entradas del Diccionario, con la excepción hecha de aquellos vocablos referidos a productos químicos, metales, árboles, medicinas, lugares geográficos y expresiones características de determinados países. Ahora bien, la cuestión no se queda allí, sino que el muchacho es capaz de recitar en público, y de manera instantánea cuando se le inquiere, el significado de un grupo de vocablos escogidos al azar, o al dársele los significados puede determinar de cuáles vocablos se trata. Sin más, todo un prodigio nunca alcanzado por cerebro humano alguno.



De manera muy astuta Fernando logra convertirse en una suerte de mentor que maneja la carrera del muchacho, quien dicho sea de paso no tiene estudios formales, y por ser campesino tiene el atávico temor de convertirse en una suerte de payaso que divierte a la audiencia. Con razones que van más allá de la lógica todavía acotada y pueblerina de Leonardo, el profesor logra que el joven acceda a mostrarse en grandes escenarios y en los medios, y es así que contacta a universidades y academias nacionales, así como a emisoras de radio y canales televisivos regionales y nacionales, para que los inviten y puedan corroborar lo que ya es un rumor de la calle: la mente prodigiosa del muchacho.



Como es lógico suponer, una vez que Leonardo se presenta dentro del país, comienzan a llegarle invitaciones de diversos contextos, en donde anhelan poder tener de cerca a tan extraño e inaudito personaje. Si bien muchos lo hacen con reticencias pensando que se trata de mera estrategia de márquetin, al verlo actuar se quedan boquiabiertos frente a lo que a todas luces es un verdadero portento.


 
La novela genera en el lector una buena dosis de tensión, ya que en cada presentación (incluso en la sede de la Real Academia Española) los académicos interrogan a Leonardo con vocablos tan rebuscados y obtusos, que quienes seguimos la historia cruzamos los dedos para que pueda recordar con fidelidad los significados exigidos, al cabo de lo cual, con diccionario en mano, los testigos corroboran la precisión y la exactitud de las respuestas dadas.



El final es sorprendente, no se los diré, pero los dejará estupefactos.






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