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“El domingo de la alegría" por Padre Edduar Molina Escalona

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“El domingo de la alegría" por Padre Edduar Molina Escalona


El tercer domingo de Adviento es llamado “domingo de gaudete”, o de la alegría, por la primera palabra del introito de la Misa: Gaudete, que quiere decir “regocíjense”. Dios se ha cercano en medio de nosotros.


El Adviento es tiempo de alegría. Esta palabra latina significa “alégrense” y está tomada de la carta de San Pablo a los Filipenses donde se nos dice: “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, ¡Estén alegres!” (Flp 4,4). Conviene, pues, preguntarnos: ¿De qué alegría hablamos? ¿Por qué se nos invita a la alegría?


San Pablo nos da una clave. En el mismo texto donde nos invita a la alegría dice: “Estén alegres. Que todo el mundo los conozca a ustedes por su bondad. El Señor está cerca”. Estas palabras inspiradas del Apóstol nos señalan el motivo fundamental de la alegría cristiana: la cercanía del Señor. Y es por eso que el tiempo de Adviento es un tiempo especial para vivir la alegría porque es justamente un tiempo de preparación para celebrar la venida del Señor Jesús al mundo. En la Navidad celebramos la grandeza del amor de Dios que nos ama tanto que se hizo uno de nosotros. ¿Puede haber un motivo más grande que éste para estar alegres? He aquí la fuente de la verdadera alegría.


No se trata de la alegría que depende de las circunstancias exteriores, ni tampoco depende de obtener cosas o satisfacciones pasajeras, ni tampoco depende de personas que nos hacen el mundo más feliz. La verdadera alegría cristiana toca lo más profundo de la persona, permite a la persona experimentar en su corazón una serenidad y una alegría, de la que nada ni nadie podrá arrebatar. Es la confianza absoluta y certera de que “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filp 4,13). De aquel que experimenta en su vida esa misma confianza en el Padre Dios que experimentó Santa Teresa de Jesús al exclamar: “quien a Dios tiene nada le falta”.


Dios es el que viene a salvarnos y presta socorro especialmente a los descorazonados. Su venida entre nosotros nos fortalece, nos da firmeza, nos dona coraje, hace exultar y florecer el desierto y la estepa como lo anuncia el profeta Isaías. Nuestra vida cuando se vuelve árida en medio de la aguda crisis que vive el país, unido al estrago que deja su paso la pandemia del coronavirus en el pueblo más humilde. Pero sobre todo es grande la aridez de las almas cuando falta el aliento en la Palabra de Dios y su Espíritu de amor. Por grandes que puedan ser nuestros límites y nuestra confusión y desaliento, el Señor es nuestro auxilio, socorro y segura defensa (Salm 91).


Las luces que en estos días que vemos en las calles, los adornos, los villancicos, la preparación de la cena de Nochebuena, los regalos, etc., sólo tienen sentido si son expresión de esa realidad fundamental: Dios vino a nosotros y se hizo hombre; Él quiere nacer también en tu corazón. Si olvidamos esto quizá corramos el riesgo de perdernos en una aparente navidad.


El mensaje cristiano se llama "Evangelio", es decir "buena noticia", un anuncio de alegría para todo el pueblo; ¡La Iglesia no es un refugio para personas tristes, la Iglesia es la casa de la alegría! Y en ella todos tenemos acogida y motivos para ser felices.


Que la Virgen María nos ayude a escuchar en nuestros corazones las palabras del Ángel: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28). Y desborde en cada familia la alegría del encuentro, del dialogo sincero, de la solidaridad fraterna y la reconciliación que nos da la paz.


Que todos podamos hacernos la pregunta que le plantearon a San Juan Bautista: “Entonces, ¿Qué hacemos?”. ¿Qué debo hacer para ser menos egoísta, para ser más humilde, para ser mejor persona tras las huellas de Jesús? ¿Qué debo hacer para vivir más la caridad en mi familia, con mis amigos, en mi trabajo?


La pregunta tiene una actualidad total, como lo recordaba San Juan Pablo II: “Es necesario que esa pregunta se dirija no sólo a todos sino también a cada uno. No sólo a cada uno de los grupos y comunidades según su responsabilidad social, sino también a lo profundo de la conciencia de cada uno de nosotros. ¿Qué debo hacer?”. Asumir hoy en serio el hacer camino como discípulos misioneros de una Iglesia en salida, presente en las periferias de la realidad humana.


Que la Madre de la espera nos conceda una alegría íntima, hecha de asombro y ternura, que como Ella nos permita contemplar a su niño recién nacido, y sintamos que es un don de Dios, un milagro por el cual sólo se puede agradecer. (Papa Francisco).


Mérida, 12 de diciembre de 2021






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