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Todo comienza en nosotros por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Hay una frase del consultor organizacional venezolano Manuel Barroso, aparecida en su libro Meditaciones gerenciales (Ediciones Galac, 2001), que cuando la leí por primera vez (hace ya unos cuantos años), movió todas mis estructuras mentales en el área gerencial, y sigo recitándola como un verdadero credo personal: “El gerente es gerente de su propia vida”. Una gran verdad, sin duda alguna, y debería ser la premisa fundamental a la hora de proponernos la tarea de catalizar procesos organizacionales. En otras palabras: resulta una farsa el pretender resolver problemas de nuestro entorno, si antes no saldamos nuestras cuentas pendientes en lo personal y familiar.


Pareciera algo superfluo, pero no lo es, ya que al mundo lo “mueven” personas desgarradas por dentro, vacías de contenido, huecas de pensamiento. Si no lo creen, los invito a que lean las biografías de las “grandes figuras” contemporáneas (y del ayer), y se quedarán sorprendidos del inmenso desfase que hay entre lo que dicen que hagamos, y lo que ellos hacen y son en sus propias vidas.
 
Dueños de empresas, artistas, influencers y connotadas figuras llevan a cuestas sus propios sambenitos, y lo peor de esto es que sirven de “ejemplo” a millones de personas en todo el planeta (generalmente adolescentes), pontificando aquí y allá, opinando de lo humano y lo divino, cuando deberían estar reflexionando sobre sus propias existencias, tratando de sanar las múltiples heridas que las han llevado muchas veces a actos deplorables, infames, que desdicen completamente de ese rostro de éxito que muestran al mundo.

En el campo de la política la situación se agrava, porque los supuestos “líderes” (que deberían ser gerentes natos, es decir, que azucen los procesos sociales en la conquista de las grandes metas colectivas) arrastran sus sombras, y con sus actuaciones conducen a los fieles seguidores hacia oscuros territorios: muchas veces a la inmolación y al oprobio de sus pueblos.

 
Ejemplos hay de sobra en la historia de la humanidad y del país, que corroboran lo que aquí expreso: mentes desquiciadas, perturbadas, retorcidas y maquiavélicas, que han actuado con el pretexto de buscar lo mejor para los otros, pero debajo de la manga guardaban la verdadera carta que los llevó a convertirse en depredadores y en auténticos genocidas. Cuando analizamos sus historias personales hallamos fallas estructurales, hogares deshechos, mucha amargura y resentimiento guardados, todo lo cual los incita a actuar sin escrúpulos, llevándose a todos por delante, violentando sus derechos y conculcando sus voluntades en beneficio propio y de sus camarillas.


Gerenciar la propia vida implica un enorme compromiso, que no todos están dispuestos a probar, y muchos prefieren saltarse la talanquera y tomar los caminos verdes y los atajos para así lograr sus objetivos a como dé lugar. Los líderes deben ser gerentes, ya que solo así se garantiza que, una vez en el poder, articulen con propósito los hilos que tienen en sus manos para el logro de los mejores derroteros sociales.
 
La gerencia de la propia vida es también el prepararse con seriedad para asumir responsabilidades, sanar sus heridas, consolidar su mundo personal y familiar, para luego pretender extrapolar todas estas experiencias a sus contextos, y a los otros. Nadie puede dar lo que no tiene, lo que se traduce a la vez en procesos frustrados, en caminos torcidos y en metas truncadas.
 
Gerenciar es articular con inteligencia las variables que disponemos, para así ganarnos la voluntad de los otros y que en conjunto lleguemos a un puerto seguro. Gerenciar, visto así, es sinónimo de liderar, es catalizar procesos, es poner al servicio de nuestros sueños todas aquellas herramientas que nos permitan llegar a la cima, con la mirada siempre puesta en el incierto horizonte.
 
Gerenciar la propia vida nos dará las bases que nos permitirán a la larga lograr adeptos y seguidores, construir cada minuto de nuestras existencias los peldaños que nos posibilitarán el ascenso a la meta, y sin tantos tropiezos. Desafortunadamente, se obvia esta elemental fase introspectiva y honesta para con nosotros mismos, que pretende separar la paja del trigo, que busca ahondar en donde yacen las emociones y las oscuridades del ser.
 
Gerenciar la propia vida conlleva conocernos a nosotros mismos, y esto no resulta nada fácil, pero su ejercicio nos acercará a lo que subyace en nuestro interior: ver con claridad lo que hemos construido con los nuestros, y con valentía cerrar los hiatos y las brechas. De no hacerlo, extrapolaremos esos “abismos” en los otros y en todo lo que hagamos, y esto resultará en un peso muerto que nos anclará en los mismos errores, y nos impedirá con arrogancia resolver lo pendiente y marchar ligeros de equipaje.

Cuando un líder es gerente (y viceversa) sabe que el poder no se arrebata, ni se hereda, ni surge por generación espontánea, sino que se cultiva desde el yo y cada día, y a la final se merece (o no) y se alcanza. Una persona podrá tener el poder político, pero si no es un gerente ni un líder, y si no es auténtica y honesta (es decir: que haya gerenciado su propia vida), pronto fenece en sus manos y lo pierde, porque no surgió de la claridad de su discurso ni de su accionar.


rigilo99@gmail.com

 @GilOtaiza





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