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Por un bistec por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI



Recuerdo los tiempos en que devoraba los libros de Jack London. Tom King es el protagonista de un cuento sobre un boxeador ya entrado en años, que tiene que pelear por necesidad y literalmente por falta de comida se las ve negras en un combate. De estilo límpido, directo, gráfico y siempre generando emociones, Jack London es de esos escritores que transmiten goce cundo uno se acerca a su obra, independientemente de las dificultades y penas por las que pasan los protagonistas de sus historias. Por un bistec es un cuento perfecto, como un reloj suizo en el cual no sobra ni falta nada, un texto con las medidas exactas.

Los caminos recurrentes


Tal vez la dureza de la vida, o la capacidad para enfrentar la dureza de la existencia sea mejor expresada cuando se hace a través del arte. De alguna manera, la dimensión artística llega a encumbrar a tal punto lo que creemos que es vulgar que termina por convertirse en algo distinguido. El rugido de las tripas, como consecuencia del hambre, puede llegar a tener un nivel poco menos que lírico si se usan las palabras adecuadas, por lo que una cosa es escribir, otra es escribir bien y otra muy distinta escribir de manera magnífica, asunto peliagudo que muy pocos logran y requiere genio, disciplina, esfuerzo y, sobre todo, mucha convicción en lo que se hace. Sin esa convicción, que nada tiene que ver con los lectores y la aceptación de la obra, la literatura como gran arte no existiría. Esa convicción de estar transitando por buen camino es fundamental para atreverse a irrumpir en el mundo con una propuesta estética que puede generar rechazo, admiración o no generar nada, que es lo peor que puede pasar. La falta de resonancia, mantenida indefinidamente en el tiempo es el destino menos deseable de una creación. 

¿Sirve leer?

Tal vez leer no sirva para nada. O lo que es lo mismo, sirve para lo que la persona que lee diga (o crea) que sirve. Probablemente tampoco sirve de nada escribir, O lo que es lo mismo, sirve para lo que la persona que lee diga (o crea) que sirve. Esa búsqueda del utilitarismo de lo escrito no es relevante ni para el lector ni para el escritor. El lector puede que lea porque no puede parar de hacerlo y el escritor porque tampoco puede evitarlo. Esa combinación en donde el utilitarismo del texto queda relegado y gana el goce de la lectura o el placer o displacer de la escritura es la esencia del arte literario. Después viene la sesuda y necesaria crítica que encumbra o aplasta la obra, pero solo son gajes del oficio del cual particularmente el escritor debe abstraerse. Son muchos los grandes escritores, denostados en sus comienzos, de los cual después se hace apología a la excelencia y el buen gusto. Esas cosas pasan y son atinentes a la vocación de escribir.

Las modas literarias

Puede caer en desgracia quien por omisión, desengaño o ignorancia deja de leer lo que le place porque no está a la moda. En lo particular, prefiero los clásicos y uno que otro recién salido del horno. Estoy alejado de los concursos y premios literarios, sintiéndome conforme con mis favoritismos literarias. A los clásicos tiendo a regresar, porque desarrollaron el camino a transitar de los que han venido después, siempre deslumbrante e innovador. A los clásicos también les rindo culto por un asunto que tiene que ver con la certeza. De alguna manera, los grandes temas propios de lo humano han sido trabajados laboriosamente por geniales maestros de la pluma y es muy difícil romper con ellos. La perfección de un arte deja en orfandad a quien se aleja de aquellas hermosas letras que ha tenido el privilegio de conocer y seguir recreándose en ellas una y otra vez. Acercarse a una gran obra, permite una elaboración diferente en cada aproximación. Lectores e interpretaciones de los mismos libros van mutando conforme pasa el tiempo.

Libros viejos, libros nuevos

La idea de embarcarse en un proyecto que termine por la materialización de un libro es enceguecedora. Hay que bajarle la intensidad emocional que normalmente genera con la disciplina propia del laborioso artesano y las ideas sopesadas, de manera que no se desborden y contaminen la capacidad de terminar con una obra que sea buena. El oficio de escritor no solo tiene en sí el hecho de que la soledad es propia del asunto, sino que se debe tener bien tejida la armadura de la trama, de lo contrario el desorden podía apoderarse de aquello que queremos presentar y con lo cual solemos establecer un vínculo con quien, por azar o gusto, se interesa en la obra. El libro escrito y en papel, sigue siendo insustituible, entre otras razones, por características que hacen del libro escrito y publicado en papel una realidad tangible y no ahogada los laberintos de la infinita virtualidad. En ocasiones el apremio por el futuro puede llevar a hundimientos seguros. Una apuesta a lo tradicional nos hace mantener el buen tono, cuando no el gusto simple y llano por lo que durante tantos siglos ha sido exitoso.

 @perezlopresti






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