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La democracia fue secuestrada por Edgar Márquez

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EDGAR MÁRQUEZ


Los problemas de la falta de unidad en los sectores de oposición, parten de la actuación con engaños. ¿Cuál unidad? Y a esa pregunto le sumo ¿Cuál renovación de partidos políticos? Los cánticos que se repiten con el llamado a la unidad política, no pueden ser una voz lanzada porque es lo que quiere oír la gente. Pero en el fondo no hay voluntad y se siguen las actuaciones tras bastidores.

 

Es sorprendente ver como unos actores acusan a otros de entenderse a hurtadillas con los altos jefes del oficialismo. Tales insinuaciones y señalamientos demuestran una situación y es que cada jefe de partido, se entiende a solas con quien tacha de enemigo en cada discurso. En esos cenáculos, se tejen manipulaciones burdas, y cada uno sale como ungido, creyendo que será quien dirigirá la anhelada transición. La cual no termina de ocurrir, por lo menos en términos políticos.

 

Cada jefe de partido, entonces empieza a ver como un rival y hasta enemigo, al jefe de otro partido que también se identifica como oposición. A partir de allí la tarea que se imponen es destruir a quien consideran su competencia, para asumir la conducción de una transición, una vez que caiga el gobierno. Mientras la dirigencia se entienda uno por uno con el contrincante y de paso cae en sus manipulaciones, no se va a tejer ninguna unidad.

 

El entendimiento para una salida, debe incluir a todos los factores y como un bloque estar en las negociaciones. Un ejemplo de ello fueron las discriminaciones de quienes podían o no, participar en el diálogo de México.

 

Cuál renovación

Por otra parte, hay anuncios de renovación de partidos, pero sin un proceso electoral que ponga ejemplo de democracia. Se ve a la dirigencia con listas debajo del brazo, sin permitir que cuadros importantes y que de verdad trabajan, formen parte de las estructuras. Entonces aparecen las nóminas que no son avaladas por mayorías, sino elaboradas con imposiciones personales y abiertamente interesadas. Después se quejan porque llegan los adjetivos y señalamientos odiosos de los contrarios en las mismas filas de lo que se identifica como oposición.

 

Entonces, se sigue navegando sin brújula, en medio de una niebla espesa y de noche. El colectivo sigue ignorando las malas actuaciones de un gobierno que llevó a la ruina a los venezolanos. Pero el desprecio también es a quienes ofrecen discursos muy bonitos y prometedores, sobre salarios bajos, apagones, huecos en las calles y no significan ningún cambio real.

 

Hasta ahora no hay una unidad real, de alto compromiso político y con un rumbo hacia una transición. Pero tampoco unos partidos en que la expresión de las mayorías, sea contundente, clara y concisa.

 

Democracia secuestrada

Venezuela tuvo años en que el proceso socio – político tenía una esencialidad democrática, pero que no terminó por ser implantada en el interior, en el corazón, de las grandes mayorías. Muy temprano se derivó hacia un sistema clientelar, partidista en extremo, populista y generador de una cultura en la que se creyó que la democracia era una especie de máquina dispensadora de favores, sin ninguna retribución por parte de los beneficiados.

 

En medio de esa dejadez del deber ser, caímos en el secuestro de la democracia por variados factores:

 

1.       Grupos enquistados en los propios partidos, que los deformaron y acabaron con la democracia interna y la participación.   Era más importante el comité nacional de un partido que el propio parlamento nacional y el poder judicial.

2.       Grupos económicos que financiaron por años a dirigentes nacionales de los partidos.

3.       Sectores empresariales que monopolizaban obras y servicios, en medio de las corruptelas.

4.       Tribus judiciales que manejaban a su antojo y conveniencia decisiones y sentencias.

5.       Medios de comunicación que se ufanaban de su poder, sintonía, alcance o circulación.

6.       Sindicatos y ligas campesinas que permitían el lucro de sus dirigentes, sin ningún esfuerzo laboral, propiamente tal.

 

De ese secuestro no pudimos liberar nuestro sistema político y dejamos deteriorarlo al punto de que fácil para aventureros y populistas de nuevo cuño, tan osados como irracionales, emergieran contra todo y volcaran su improvisación para desmontar los hierros de esa democracia que tuvo muchos buenos destellos, pero que se desvaneció muy pronto, sin dejar dolientes.

 

Pues bien, ahora opera un nuevo secuestro, tan singular que ha podido decapitar todos los poderes y dejarlos vacíos de contenido. Maneja a su antojo todos los hilos del poder con desprecio de las prácticas políticas libres, libertarias, cívicas, constitucionales y legales. Contra esos secuestros, del pasado y del presente, debemos levantar las banderas de la nueva democracia, más apegada a los ciudadanos y alejada de los vicios del pasado y de las insensateces del presente. 





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