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Cuando la musa decide por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Todo proceso creativo es complejo, difícil de encasillar en fórmulas y recetas prácticas, porque nace de la interioridad, de los más profundos intersticios del ser. Desde siempre se ha hablado de la musa, es decir, de la inspiración, que puede que llegue o no (o que no la reconozcamos), de allí el papel fundamental de la disciplina como mecanismo de acción, que muchos defienden como el eje del proceso, mientras que otros lo consideran complementario al fuego interior que emerge de nosotros, y que nos interpela y empuja a ir más allá de nuestras propias falencias y debilidades.


Los grandes escritores no se han puesto de acuerdo en este sentido, ya que mientras unos han expresado el gozo que significa sentir una voz interior que les susurra al oído las obras que deberán plasmar; otros, más escépticos quizás, o menos atentos a su poética interior, han expresado que la dichosa musa deberá encontrarnos sentados trabajando y sudando, porque de lo contrario de nada nos servirá cuando llegue ese “vaho divino”, que muy pronto se desvanece frente a nosotros sin posibilidad alguna de retorno.



Partamos entonces de la hipótesis de la musa, universalmente conocida y reverenciada por muchos, para entender que entre ella y nosotros deberán establecerse vasos comunicantes, que nos permitan estar en sintonía en cuanto a la interlocución y a los núcleos centrales de sus “aportes” en la creación. Es decir, deberán abrirse los sentidos más allá de lo meramente corporal, para internarse sin pudor en los sutiles territorios de la abstracción y de lo metafísico. Hay un viejo verso del poeta mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, que podría ilustrarnos al respecto: “Era triste, vulgar lo que cantaba / mas que canción tan bella la que oía.”



En otras palabras, podrá intervenir la musa y susurrarnos cosas al oído, como nos cuenta la tradición que hacían los íncubos y súcubos del medioevo, al punto de copular con sus elegidos, pero si no estamos en sintonía con esas voces interiores, que nos impelen a la creación, que nos empujan a emborronar la página en blanco, todo será un proceso fallido, porque caerá en el más estruendoso vacío. Plasmar en el papel tal cual lo dicen (y dictan) esas voces interiores, que revolotean como partículas en nuestra cabeza y nos llenan de ansiedad y también de gozo, no es cosa fácil, déjenme decirles. 



El proceso de creación suele ser doloroso, pero a la vez profundamente poético, y cuando digo “poético”, no me refiero precisamente al poema, tal cual lo conocemos (es decir, el género), sino a todo aquello que nos enriquece en nuestras vidas, y hace que cada actividad que realicemos nos confiera la sensación de completitud y de autorrealización. Saber que estamos creando, que en la página se perfila una vida y todo su universo, que todo fluye como un río y es algo tan espléndido y maravilloso, tan indescriptible, que nos devuelve a la plenitud atávica (ya olvidada) del paraíso perdido.



La musa llega y nos toma por asalto, nos empuja sin más por un talud de sensaciones, y dependerá de nosotros, y de cuán preparados estemos para ello, que salgamos triunfantes o vencidos. Esa preparación de la que hablo no es otra cosa que el estar atentos, con los sentidos abiertos al universo, con la mentalidad dispuesta a dejarse llevar por caminos desconocidos e inciertos. Si bien muchas veces caminamos de la mano de mapas conceptuales, de esquemas de trabajo, y hasta de planes preconcebidos para la escritura, pronto abandonamos todo aquello y los personajes nos arrastran a su real entender, y nos hacemos meros copistas o amanuenses de un “algo” tan insólito como extraordinario. Dejarnos llevar, es, per se, hacernos posesos de la magia de la literatura, de sus finos artilugios, de sus claves insólitas y muchas veces desconcertantes, pero también de su reconocido poder de seducción.



Pero la musa es exigente, no se conforma con nuestra libre (y muchas veces mediocre) interpretación de sus susurros y cantos, sino que a cada instante nos azuza para que afinemos nuestra propia voz y nos hagamos parte y todo del proceso. De allí la gran verdad que encierra el verso de Gutiérrez Nájera, que busca el despertar de los sentidos, para que plasmemos con exactitud todo aquello que llevamos dentro, y lo que consigamos (desde el noble artilugio de la creación artística) esté en correspondencia con nuestras propias expectativas autorales. Y de seguro, todo será una cadena de sucesos, que nos llevará a uno y a otro puerto, a uno y otro territorio, y cuando nos percatemos veremos frente a nosotros una obra que creíamos imposible de alcanzar. 



Eso es, sin más, el suave parpadeo del que nos habló el gran poeta y ensayista mexicano Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura 1990) en su libro La llama doble. Amor y erotismo (1993), un verdadero clásico. Leamos: “Había pensado en un ensayo de unas cien páginas y el texto se alargaba más y más con imperiosa espontaneidad hasta que, con la misma naturalidad y el mismo imperio, dejó de fluir. Me froté los ojos: había escrito un libro. Mi promesa estaba cumplida.” ¡Qué hermoso testimonio! Así es la creación, el asombro frente al nacimiento de la obra: sentir que esas voces que nos hablaban quedo, solo a nosotros, en completa intimidad, ahora se materializan para el mundo, se hacen realidad. y concreción. Es, y sin más vueltas, la ansiada epifanía. 


rigilo99@gmail.com





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