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MARIANO PICÓN SALAS Y LA “REVOLUCIÓN DE OCTUBRE” DE 1945 por Luis Loaiza Rincón

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Luis Loaiza Rincón


Mariano Picón Salas consideró que la muerte de Gómez marcaba una especie de frontera, de un antes y un después en la vida del país y que ese despertar encontró concreción y sustancia en la llamada “revolución de octubre” de 1945.

 

Para Picón, el cambio, resultaba impostergable porque era el producto del enfrentamiento de formidables fuerzas que la propia realidad del país engendraba. Por un lado se trataba de un choque de generaciones que abarcaba a los más importantes sectores de la vida social y por otro lado, se trataba de las transformaciones de un país que exigía nuevos esquemas, ideas e instituciones.

 

El signo del cambio fue tan importante que Rodolfo José Cárdenas, uno de los analistas más perspicaces de ese momento histórico, llegó a decir que “la Venezuela que murió el 18 de octubre de 1945 no resucitó jamás, ni siquiera durante el Novenio de Fuerza Perezjimenista” porque, sencillamente, “cambió la política, la economía, la cultura, el papel de la religión y el sistema de gobierno y aun de vida”.

 

En este punto resulta interesante conocer qué pensaba Mariano Picón Salas del positivismo y del concepto de nación. El positivismo subestima a nuestra tierra y a su gente y justifica la resignación ante el omnímodo poder del césar. De ninguna manera podía compartir la doctrina que servía de fundamento ideológico del régimen gomecista y con ayuda de la cual se formuló y evaluó la conducción política del país hasta la época de Isaías Medina Angarita.

 

Sobre el pueblo venezolano, Picón Salas dirá: “Nuestro pueblo no es inferior a ningún otro” y “tiene el mismo anhelo de progresar y ascender de todos los pueblos”. Por tanto, “civilizarse es necesitar y exigir más; no resignarse en silencio a lo que descuidadamente nos arroja la vida”. Además entendía perfectamente que la nación era más que la suma de territorios y recursos naturales. Para él, la nación es “la voluntad dirigida, aquella conciencia poblada de previsión y de pensamiento que desde los días de hoy avizora los problemas de mañana”.

 

Tal conciencia poblada de previsión, requería, sin embargo, de un liderazgo civil organizado alrededor de formas políticas modernas e institucionales, no de caudillos. Así que la necesidad tanto de transformar al país como de crear una Venezuela democrática requería la constitución de partidos políticos modernos.

 

En correspondencia con su visión, Mariano Picón Salas suscribió en 1931 el “Plan de Barranquilla”, que es el programa político de la Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI), en el que, previo diagnóstico de la realidad nacional, se planteó la necesidad de luchar, entre otras muchas cuestiones trascendentales, “contra el caudillismo militarista y el manejo de la cosa pública por civiles”.

 

No obstante, la oportunidad histórica de vencer los “complejos de frustración nacional” no llegaría sino hasta octubre de 1945, momento en el cual se produjo un gran despertar inspirado en la necesidad de justicia y cambio. Los hombres del momento, y entre ellos muy especialmente Mariano Picón Salas, tuvieron claro que la dirección del cambio no podía ser sino democrática y que su efectividad y sentido profundo era, y sigue siendo fundamentalmente, un asunto de cultura colectiva. De allí los grandes esfuerzos que debían realizarse para configurar una educación forjadora de ciudadanos libres de voluntad creadora.

 

En ese sentido, Picón Salas afirmó que “formar pueblo, es decir, integrar nuestra comunidad nacional en un nuevo esfuerzo creador; trocar la confusa multitud en unidad consciente; vencer la enorme distancia, no sólo de leguas geográficas, sino de kilómetros morales que nos separan a los venezolanos, y adiestrar «comandos», es decir, hombres que comprendan su tiempo, que se entrenen para la reforma con que debemos atacar nuestro atraso; que tengan voluntad y coordinen sus esfuerzos, son las tareas educativas más presurosas que reclama nuestro país”.

 

Sigue vigente Mariano Picón Salas y sus ideas de formar una ciudadanía forjada en la libertad y no en la militancia irracional que persigue proyectos mesiánicos y de institucionalizar la vida democrática del país gracias, entre otras cosas, al funcionamiento correcto de fuerzas políticas de nuevo signo dirigidas por un liderazgo civil. Allí siguen estando algunas de las claves para la construcción de un mejor país.





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