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La utópica posteridad por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Solemos ser dicotómicos en la manera de percibir la existencia, y esto nos lleva indefectiblemente a actuar mirando al pasado o proyectando al futuro, y dejamos el presente en una suerte limbo, que se nos hace pesado y hasta ansioso, por llevar sobre los hombros cargas que sencillamente son fantasmales: el pasado se quedó atrás y el futuro es una utopía: no existe, y tampoco sabemos si llegará. De hecho, es por definición el “no lugar”. Es más, sin ir muy lejos, con esto de los demonios de la guerra que dolorosamente se desatan en el territorio de Ucrania, por el desmedido afán de “posteridad” del presidente ruso Vladímir Putin, que lo llevan a la amenaza nuclear en pos de sus ominosos objetivos, no sabemos si el propio planeta tendrá un futuro; o por lo menos, un futuro sostenible que le permita a la humanidad concretar su historia.

El concepto de posteridad es una categoría dura de definir, porque se mece en los sutiles territorios de la filosofía, de la teología y hasta de la metafísica. Desde lo lingüístico, pareciera sencillo, veamos lo que dice el Diccionario de la Lengua Española: “1) Conjunto de personas que vivirá después de cierto momento o de cierta persona. 2) Fama póstuma. 3) Tiempo futuro.” Como puede observarse, todo apunta a un “después”, a un punto siguiente, a un tiempo indeterminado que se erige en una aventura y en un “toco madera” para que se dé. Hace pocos días el colega escritor español Toni Montesinos me aplicó su singular Entrevista Capotiana (viene de Truman Capote), y una de sus interrogantes fue la siguiente: “¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?”, y sin vacilar respondí: “¡Mañana!”. Sí, el vocablo trae consigo la sensación de que hay un futuro, de que lo idílico y lo soñado serán “lugares” posibles de alcanzar. Cuando decimos “hasta mañana” partimos de la premisa de que seguiremos vivos, y habrá entonces el reencuentro y la vida continuará en su perenne fluir.

Quisiera detenerme un poco en la segunda de las acepciones del vocablo posteridad: “fama póstuma”. Por más que pareciera un absurdo el solo hecho de ansiar tener fama una vez que partimos de este mundo, porque sencillamente no la vamos a vivir, ni sabremos de ella, dentro de nosotros anida ese gusano de la trascendencia, de ir más allá de nuestra finitud, de quedarnos en la obra y en el legado. Si bien algunos autores consagrados suelen afirmar que no les importa que su obra los sobreviva, tal respuesta es más esnobismo que una verdad anidada dentro de ellos.

Mienten, claro que mienten, porque todos nos aferramos a una tabla de “salvación”, que nos permita quedarnos una vez que nos fuimos; o, sencillamente, permanecer in perpétuum. En cuanto a lo primero, es una contradicción, pero déjenme decirles que ese afán de posteridad anida en el corazón humano y es el motor que impulsa a muchos a perfeccionar una obra, a dejar portentos en su entorno, a empinarse por encima de la media para vislumbrar más allá del presente y de la dura realidad, y así poder atisbar nuevos horizontes y cambios sustanciales en los derroteros del mundo.

En cuanto a lo segundo, desde el inicio de los tiempos el ser humano ha buscado la inmortalidad, la vida eterna, y en ese afán ha echado mano de muchos artilugios con la sola esperanza de perpetuarse. La alquimia, precursora de la química, es un ejemplo de ello, porque no solo buscaba la transmutación de los metales, sino también el elixir de la vida. Afán que pervive en nuestros días, ya que la ciencia ha logrado extender de manera significativa la esperanza de vida, y trabaja con denuedo para llegar a un punto de no retorno, en el que se pueda afirmar que hemos alcanzado la eternidad. ¿Se llegará a esto? En lo particular no lo creo, pero la ciencia tiene también sus propias utopías, que la mueven hacia nuevos y mayores derroteros.

Ese afán de permanencia, por cierto, es el que nos empuja a abrazar credos y religiones, ya que las mismas (no todas, sea dicho) tienen como oferta la vida eterna, y otras nos hablan de la resurrección. Esa esperanza insuflada por las religiones, nos empuja a sobrellevar con estoicismo los avatares propios del existir, y le confiere sentido al sinsentido propio que nace de la razón. Por cierto, el escritor portugués José Saramago publicó un libro emblemático, que tituló Las intermitencias de la muerte (2005), que es una aguda sátira de todo esto que hoy comparto. Comienza así: “Al día siguiente no murió nadie.” Lo que viene después es el desmontaje de la realidad, la pérdida de sentido de lo que siempre ha significado para nosotros el día a día, los anhelos, y la mera sobrevivencia.

Al no existir la muerte, la vida ya no era la vida, hasta el vocablo se diluía en medio del vacío y perdía su significado. Las religiones fueron las primeras afectadas, porque sus ofertas se desvanecían, entonces la gente ya no las seguía y nada de lo que ofrecían resultaba atractivo. La lujuria y el desenfreno se apoderaron de todo, y de pronto la humanidad se vio hundida en un abismo eterno. Todo era un caos, porque al sabernos inmortales, la ética se desdibujaba frente a una realidad en la que nadie podía causar daño al otro, y devino luego el cansancio; si se quiere: el aburrimiento, hasta el punto del “absurdo” deseo de que todo volviera a ser como antes.

Ergo, una ficción que nos dibuja en su cruel paradoja.

rigilo99@gmail.com 





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