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Amanecer de nuestra literatura por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Nuestra tradición literaria parte desde el mismo momento del arribo del hombre europeo a nuestras costas, y ello quedó plasmado en la gran diversidad de crónicas de los viajeros de Indias donde, no solo se describe a profusión la vida y las costumbres de los pobladores de estas tierras, sino que se recrean de manera poética y con buena prosa hechos y circunstancias propias de la magia, el encanto y hasta el asombro de los visitantes por lo desconocido e inédito de estos parajes. Sin dejar de lado, por supuesto, la magnífica narración del Almirante Colón en su Diario de a bordo, así como en sus espléndidas cartas a los Reyes Católicos. Leamos, pues, en palabras del propio Almirante un fragmento de una de sus misivas: “Esta gente, como ya dije, son todos de muy linda estatura, altos de cuerpo y de muy lindos gestos, los cabellos muy largos y llanos, y traen las cabezas atadas con unos pañuelos labrados, como ya dije, hermosos, que parecen de lejos de seda y almaizares”. Como podemos percibir en este pequeño fragmento, no se trata de una mera descripción aséptica de unos pobladores extraños, sino que cada palabra y cada frase, están cargadas de literatura, es decir, su conjunto constituye en sí un texto narrativo.

Más adelante Alejandro de Humboldt nos presenta en su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente una bella semblanza de sus expediciones y travesías a lo largo de Venezuela, entregándonos textos narrativos de gran elevación literaria como este: “Las cimas de los árboles, entrelazadas con bejucos, coronadas de largos penachos de flores, formaban un vasto tapiz de verdor, cuya opaca coloración realzaba la refulgencia de la luz aérea”. Es decir, nuestra génesis literaria arranca prácticamente con la entrada de estas tierras en el contexto geográfico del mundo, muchos siglos antes que de manera “oficial” en Venezuela se escribiera una obra narrativa como tal, cuestión que todavía está siendo dilucidada, a la luz de numerosos textos apócrifos que echan por tierra la tesis de nuestra precariedad literaria en épocas remotas.

Cuando analizamos en retrospectiva el contexto narrativo venezolano más “cercano” a nuestros días (siglo XIX), nos encontramos con grandes sorpresas, puesto de que no solo cuentan los narradores (como es lógico suponer), sino que los mismos gestores de la denominada epopeya libertadora se erigieron en autores —de manera no deliberada, por supuesto— de textos literarios que han pasado a formar parte de todo ese bagaje desperdigado y mal estudiado de nuestro ámbito narrativo pasado y presente. Cartas amorosas, partes de guerra, comunicaciones oficiales y hasta decretos condenatorios a pena de muerte, están impregnados de elementos francamente literarios. Baste leer las cartas amorosas del Libertador a Manuelita Sáenz, su famoso Decreto de Guerra a Muerte, la Carta de Jamaica y hasta la Última Proclama en San Pedro Alejandrino, para cerciorarnos de ello. Si a esos ejemplos aunamos las cartas de Francisco de Miranda y algunos textos de su famoso Diario, así como la Autobiografía del General José Antonio Páez, no podemos menos que asombrarnos frente a la potencialidad narrativa de nuestros héroes patrios.

Si bien, lo anteriormente expuesto merece la lectura y la comprensión directa de las circunstancias, es decir, desde el ángulo meramente formal del hecho literario, podríamos argumentar acá —sin ánimos especulativos— que muchos de los textos citados poseen una enorme carga de fábula, de alucinación, de introspección, de mito, de magia, de desvarío; y mucho de poesía. Sobre todo, se percibe un profundo realismo amalgamado con el sentir de un continente esquilmado y sufrido: ingredientes que entrarán en escena en nuestro país mucho tiempo después de la mano de Arturo Uslar Pietri en su libro Letras y hombres de Venezuela, con el sugestivo nombre de realismo mágico.

A pesar de que el contexto político, cultural y social venezolano de los siglos XVIII, XIX y primera mitad del XX, no son los ideales para el desarrollo de una actividad creadora de gran envergadura que logre impactar al país y al continente, no podemos soslayar la variedad de propuestas narrativas que alcanzaron renombre dentro y fuera de nuestras fronteras. Un caso emblemático es el de Teresa de la Parra, quien se transforma en la primera mujer venezolana que alcanza el éxito literario y el aplauso de públicos diversos con sus libros Ifigenia y posteriormente con Las memorias de Mamá Blanca. Definitivamente, esta mujer marca un punto de inflexión en el contexto narrativo del continente y se erige de inmediato en referente literario. Es más, Teresa de la Parra marca con sus libros una cima de éxito y de reconocimiento que pocos autores venezolanos de ayer —y de hoy, qué dudas caben— han logrado alcanzar, ni digamos sobrepasar.

No obstante, cada día se forjan en nuestras ciudades y pueblos, en las universidades, en las cárceles, en los templos, debajo de un puente, o en la cima de algún cerro olvidado, las voces de una nueva narrativa venezolana, contundente y pertinaz, que hurga en el hombre y en la mujer, y busca su derecho a existir. La fuerza de la literatura venezolana nace y se alimenta de las bases telúricas de la nación, porque nuestra tierra está preñada de cuento y oralidad, de fantasmagoría y magia, de poesía, de desvarío y utopía.

rigilo99@gmail.com





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