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Nostalgia por Chejfec por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Desde que estudié el pensamiento complejo entendí muchas cuestiones acerca de la vida, y de sus densas tramas. A partir de entonces, las que hasta ese momento habían sido para mí meras casualidades, pasaron a ser la confluencia de hilos sutiles que nos manejan a su antojo y hacen de nosotros simples marionetas vapuleadas por el existir. Hace pocos días recibí en mi Instagram de parte de mi amigo, colega profesor y escritor (también librero) Alejandro Padrón, una fotografía de finales del año 2007, en donde aparezco junto al magnífico escritor argentino Sergio Chejfec (quien durante muchos años vivió en nuestro país). De inmediato reconocí el contexto de la imagen: la desaparecida librería La ballena blanca, de mi consecuente amigo Padrón, en la ocasión de la presentación que hice del libro Baroni, un viaje (Alfaguara, 2007), a petición de Chejfec, el admirado autor.


La vieja fotografía me emocionó y le agradecí la cortesía al amigo. De inmediato llegaron a mi mente un sinnúmero de recuerdos de aquella gratísima oportunidad, cuando recibí un mensaje en mi email de parte de Sergio Chejfec, solicitándome muy gentilmente que hiciera la presentación de su más reciente libro en Mérida. Sin vacilar un instante, acepté la honrosa solicitud del autor, quien desde hacía varios años estaba en la lista de mis escritores favoritos. Claro, aquello era para mí un enorme compromiso, máxime cuando no conocía la nueva obra y la fecha de presentación del libro sería pocos días después. En aquel tiempo llegaban a Venezuela todas las novedades editoriales, y sin mayores contratiempos hallé el libro en La ballena blanca y me entregué con gran deleite a su lectura.

El día de la presentación fue inolvidable. En los ajustados pero hermosos espacios de la librería, observé una figura femenina fuera de todo contexto: se trataba de la artista popular Rafaela Baroni, personaje central de la trama de la novela, quien no pasaba desapercibida para los asistentes debido a su alegría contagiosa, a su manera particular de vestirse y de moverse entre el público y, sobre todo, por su excesiva locuacidad y extroversión. Al verla y enterarme de quién se trataba, comprendí de inmediato por qué Chejfec quedó prendado de ella hasta el punto de inmortalizarla en una de sus más celebradas ficciones. Era imposible no prestarle atención ni dejar de seguirla con la mirada.

Conocía a Sergio Chejfec por sus magníficos libros, pero nunca había tenido la oportunidad de tratarlo ni de verlo en persona. Gracias a las fotografías de las solapas de sus libros, pude identificarlo y sin rémora me acerqué para presentarme. Cuando me vio de inmediato me identificó, y a las primeras de cambio pude enterarme de su afabilidad, sencillez y llaneza en el trato. Como si nos conociéramos desde siempre, entablamos de inmediato una amena conversación, cuestión en la que era un experto comunicador, porque hizo que cesara mi tensión y me sintiera muy cómodo en su compañía. Vestía para la ocasión una camisa a rayas de manga corta, un jean, y llevaba sobre sí un pequeño morral. En pocas palabras: era uno grande de la literatura latinoamericana, pero sin ínfulas de serlo.

El espacio de la librería estaba a reventar, había no solo público lector común, interesado en la obra, sino también otros escritores locales y foráneos quienes se solidarizaban con su colega. Estuve tentado de presentar el libro a capela, pero por cuestiones propias del oficio acostumbro a escribir mis discursos para que luego terminen en libro. De hecho, aquel texto de presentación de Baroni, un viaje, terminó meses después en mi libro El extraño vicio de escribir (Consejo de Publicaciones de la ULA, 2008). De más está decir que a Sergio le gustó mucho mi texto y me lo agradeció con efusividad. Es más, me anunció, desde ya, que me contactaría para las próximas presentaciones de sus libros.

La nueva oportunidad no tardó en llegar. En mi bandeja de correos recibí luego de casi dos años una breve misiva de parte de Chejfec, anunciándome la salida de su libro Mis dos mundos (Candaya, 2008), y pidiéndome, con la cortesía de siempre, que se lo presentara en el marco de la para entonces ya tradicional Feria Internacional del Libro Universitario (FILU), que organizaba con éxito la ULA. Corrí de nuevo a La ballena blanca y allí encontré el libro: hermoso, compacto y breve, invitándome a su lectura. Vuelta de nuevo a la presentación, pero esta vez sin los apremios ni los nervios de la anterior oportunidad. Esa tarde-noche el local estaba también a reventar, y si mal no recuerdo vi entre el público al reconocido escritor español Enrique Vila-Matas. En esta ocasión no me olvidé, le entregué mi ejemplar a Chejfec para que me lo dedicara, y esto escribió: “Para Ricardo Gil O., otra vez, el mismo abrazo y el mismo afecto –agradecido– Schejfec 7/09.
 
Pocos días después de mi reencuentro con los libros y con la amistad de Sergio Chejfec, que complementamos con esporádicos mensajes a través del correo electrónico, y que el tiempo transcurrido desde entonces atenuó sin remedio, me enteré por la redes de la infausta noticia de su muerte, ocurrida este sábado 02 de abril en la ciudad de Nueva York. Tenía 65 años y una obra consolidada y reconocida por los lectores y por la crítica. Descansa en paz querido amigo: nos consolaremos con tus espléndidas novelas.

rigilo99@gmail.com
@GilOtaiza




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