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DIAS SANTOS por Luis Loaiza Rincón

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LUIS LOAIZA RINCÓN


En la tradición cristiana los días santos siempre nos convocan a la oración y a la reflexión, sobre nuestro destino personal y colectivo, en la fe de quien murió en la cruz por todos, como suprema expresión de amor.

 De ese poderoso mensaje no debería distraernos nada, ni los inhumanos cortes de electricidad, ni la falta de agua, ni ninguna de las muchas necesidades materiales que enfrentamos o de las distracciones que encontremos. En los días santos, el mensaje central es el de Dios.

Con eso en mente acudí a un pequeño tesoro obsequiado por uno de los hombres más cultos que llegué a conocer en la Universidad de los Andes: el “Poeta Paraima”. Se trata de un pequeño libro del Rabí Nachman de Breslau (1772-1810), un maestro hasídico que nos legó una tradición de sabiduría que sigue muy vigente.

Este opúsculo, que lleva por título “La Dulce Arma”, se refiere al poder de la oración, al diálogo personal con Dios, en todas las circunstancias. Esa es la dulce arma que todo lo puede. Para el rabí Nachman de Breslau, “el secreto de la oración sincera reside en la capacidad de encontrar momentos de quietud durante los cuales podemos dirigirnos a Dios en el lenguaje del corazón, con nuestras palabras, lengua y expresiones propias”.

En la introducción se explica que las cinco secciones de la obra abarcan los elementos básicos de la actividad humana en su conjunto, esos mismos que los “cabalistas” identifican como la acción, la palabra, el sentimiento, el pensamiento y la voluntad, siendo cada uno de ellos “un nivel del alma humana, el cual corresponde a su vez a un nivel de la Creación”.

Comparto del tercer nivel, el de los sentimientos, la oración del perdón, quizás una de las enseñanzas cristianas menos comprendida y todavía menos practicada.

 Oh Dios que perdonas,

Sólo Tú sabes con qué urgencia necesito aprender

A perdonar.

Ayúdame a extinguir la cólera

Que arde dentro de mí.

Líbrame del resentimiento

Contra los que me han perjudicado.

Ayúdame a abandonar

Toda la animosidad, toda la hostilidad

Que obstruye mi corazón.

Ayúdame a transformar mi cólera en amor

Y mi enemistad en compasión (LM 1:18).





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