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EL DUEÑO DEL MUNDO por Luis Loaiza Rincón

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LUIS LOAIZA RINCÓN


Muchas ciudades americanas se fundaron en un tiempo en el que existió un genuino interés para que prevalecieran instituciones que limitaran las desmedidas ambiciones de los poderosos conquistadores españoles. El Nuevo Mundo desafió las formas convencionales de administrar el poder y forzó hasta el extremo la imaginación europea de la época.

En el centro de todo ese entramado encontramos a un hombre, nacido en el año 1500, que llegó a ser el monarca más poderoso de su tiempo. Por razones de herencia, gobernaba en los reinos y territorios hispánicos desde 1517 y casi en toda Europa desde 1520; aunque su coronación definitiva como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico no se hizo sino hasta febrero de 1530.

Este joven de manera obstinada se propuso encabezar un gran imperio cristiano que unificara a las naciones del mundo en torno a la fe católica, apostólica y romana, aunque uno de sus más tenaces oponentes fuera nada menos que el Papa Clemente VII que, para la época, como todos los pontífices romanos, al mismo tiempo, era un monarca territorial absoluto y la cabeza espiritual de la cristiandad. También fue tenaz la oposición que surgió de Francia e Inglaterra, ya claramente conformados como estados nacionales.

Esta también fue la época en la que surgió la reforma protestante y, por tanto, la división del mundo cristiano y, por si faltara algo, fue el momento en el que los musulmanes estuvieron más cerca de conquistar el corazón de Europa, gracias al ímpetu de Solimán "el Magnífico", Sultán del Imperio Otomano.

El joven del que venimos hablando se llamó Carlos de Habsburgo o Carlos V y no llegó hasta donde lo hizo por tonto. El mismo que consideró que América necesitaba sólidas instituciones, tuvo una voluntad implacable para imponerse como demostró cuando ordenó a sus tropas saquear a Roma y detener al mismísimo Papa, por maquinador.

Los arreglos del Papa con el rey de Francia para equilibrar su poder frente al emperador, desencadenaron los acontecimientos. Dos poderes de carácter universal, el papado y el imperio, se enfrentaban nuevamente para delimitar sus espacios. Clemente VII apoyaba la “Liga de Cognac” que era una alianza en contra del emperador formada por el papado, Francia, Milán, Venecia y Florencia firmada el 2 de mayo de 1526.

El Vaticano intentó aplacar la reacción del emperador ofreciéndole la coronación que le faltaba en Roma, con la expresa condición de que se presentara sin ejército, pero aquél joven de 26 años ya había tomado una histórica determinación: darle una inolvidable lección al Papa, aunque luego se arrepintiera por el tamaño de los estragos.

Un año después, el 6 de mayo de 1527, las tropas del emperador estaban destruyendo las murallas de Roma, mataron a todo el que se les atravesó, saquearon monasterios, mansiones y palacios y se dejaron llevar por el pillaje y la destrucción de la que no se salvaron ni las iglesias. Sólo después de varios días se impuso la cordura.

El Papa se salvó de milagro escapando a través del “Passetto”, un corredor secreto que une la Ciudad del Vaticano con el Castillo de Sant'Angelo y allí se refugió y quedó sitiado. Al final, se rindió anunciando su retiro de la mal llamada santa liga, pagó una enorme fortuna para que se fueran las tropas invasoras, a las que antes les dio la absolución por todos los actos cometidos, acordó iniciar las negociaciones para coronar al emperador y le cedió Parma, Plasencia, Civitavecchia y Módena. Después dijo que bajo coacción no se negocia.

Finalmente, Carlos V fue coronado y bendecido por el Papa. De acuerdo a la tradición, se efectuó una consagración tal como la había recibido Carlomagno. Se sustituyó a Roma por Bolonia, para no ofender, y en febrero de 1530 el mismo Papa Clemente VII, en distintas ceremonias, depositaba en la frente de Carlos V las dos coronas que le faltaban: La de hierro de los reyes lombardos y la corona imperial de oro. Había pasado algún tiempo desde que un rey no recibía su corona de un Papa, reafirmando que la autoridad de los reyes venía de Dios. Esa idea, menoscabada por la Revolución Francesa, persistió en la mente de uno de los más notables hijos de esa revolución, Napoleón Bonaparte, que también quiso que un Papa lo coronara, pero esa es otra historia.

Carlos V, que llegó a ser considerado el “dueño del mundo”, al contrario de lo que pueda pensarse, abdicó entregando todo su poder dos años antes de morir y se retiró a un lejano monasterio ubicado en las inmediaciones de la población española de Cuacos de Yuste, al noreste de la provincia de Cáceres, donde murió en 1558.

 

Con poquísimo poder, sin carácter ni valentía, hoy abundan políticos y gobernantes que no saben cómo retirarse a tiempo.





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