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Escuela de literatura por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


En mi adolescencia tenía inmensas dudas acerca de cuál carrera escoger. Mi espectro era demasiado amplio: letras, geografía, derecho, farmacia, y hasta la carrera eclesiástica. Descartada la última por decisión de mi padre, quien me dijo sentencioso, en pleno almuerzo delante de mi madre y de mis hermanos: “no quiero enaguados en mi casa”, pues me quedaban todavía muchas opciones y sentía mi cabeza hecha un nido. La Universidad de Los Andes me ofertó entonces la posibilidad de una consulta vocacional con una psicóloga experta en el área, y luego de varias pruebas y de una larga conversación, su veredicto no fue menos complejo: “te irá bien por cualquiera de estas carreras”. Yo me quedé mirándola con una cara de desconcierto, y ella lo notó, entonces agregó: “inscríbete tranquilo en cualquiera de ellas, tienes muchas posibilidades de éxito en donde entres”. Escogí farmacia, y no me arrepiento, hice carrera y alcance muchas metas.

Sin embargo, el gusanito de la literatura seguía dentro, azuzado por la lectura, única manera de llegar a ser escritor. Aunque para entonces no leía ni por asomo lo que logré después, podría decir que estaba por encima de la media. Ejercía como regente de mi farmacia y en paralelo leía como un loco, y ya para entonces escribía. Luego entré como profesor en la ULA y la lectura se intensificó, así como la escritura de cuentos y de una novela que se hizo eterna hasta hoy.


Nunca cursé ningún taller de literatura, como sí lo hicieron algunos amigos, pero esto no me impidió seguir con disciplina en mi empeño. No podría afirmar que no se requiera hacerlos para escribir bien, posiblemente sí; tal vez me hubiera evitado con ellos muchos dislates y apuros y el tener que estar por ensayo y error borroneando cuartillas y anegando los cestos de hojas convertidas en pelotas de ping-pong. No obstante, logré el cometido. Y no me canso de repetir: leí como un poseso y escribí como si en ello se me fuera la vida. Para mí fue una grata sorpresa cuando desde la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la ULA (DAES) me contactaron para que dictara sus ya famosos talleres de ensayo y de narrativa, lo que me llevó a recordar al socorrido Augusto Monterroso, quien en una situación idéntica a la mía llegó a afirmar que pretendía enseñar lo que todavía tenía que aprender.

Cuando acepté aquel encargo de parte de mi amiga Guadalupe Pisani, quien coordinaba los famosos talleres, cayó sobre mis espaldas un piano de cola, y me vi impelido a buscar corriendo libros de teoría literaria, manuales y diccionarios para llenarme de los conocimientos de los que carecía. Para mi sorpresa (y enorme alegría y tranquilidad), los participantes no querían disquisiciones sino acción, muchos de ellos venían de la Escuela de Letras y estaban cansados de tanta episteme y querían dar el gran salto a la hoja de papel: poner en práctica lo aprendido, echar a volar su imaginación. Ergo, mera escritura. Disfruté mucho de aquella experiencia que se extendió por varios años, y todavía hoy algunos de aquellos participantes me saludan cuando me ven en la calle y veo en sus rostros afecto. De entonces recuerdo los concursos de cuento, ensayo y poesía que patrocinaba la DAES, de los que a partir de entonces pasé a ser jurado, y de los libros que se editaban con los textos ganadores y con los finalistas. ¡Dios, qué tiempos aquellos!

Aunque pareciera, no es nada fácil escribir, y muchos piensan que lo hacen muy bien y otros somos quienes tenemos que enmendarles la plana cuando sus textos caen en nuestras manos. Como toda arte, la escritura requiere de un enorme esfuerzo y de largas horas de trabajo. En el maravilloso libro La invención de la soledad (2012), del novelista norteamericano Paul Auster, leo: “Un hombre se sienta solo en una habitación y escribe. El libro puede hablar de soledad o compañía, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad.”

No hay manera de escribir sin “aislarse”, aunque sea de manera sutil: abstraerse y así plasmar lo que llevamos dentro. Aprendí a escribir a pesar de los gritos, de los juegos y de las constantes interrupciones de mis hijas cuando eran niñas, porque el solo hecho de pensar en encerrarme en la biblioteca para escribir, producía en mí una elevado grado de culpa, una suerte de desasosiego, como si me estuviera privando de esas hermosas etapas de mis hijas que eran irrecuperables. Hoy, cuando el tiempo ha pasado, pienso que hice bien, que escribí lo que quise, pero no me perdí ni un solo instante del crecimiento de mis hijas. Me veo escribiendo, pero también levantándome a cada instante para ver a las niñas jugar, para participar con ellas, para reírme de sus ocurrencias, para vivir intensamente lo que tenía que vivir.

Recuerdo haber leído una larga entrevista que le hizo Margarita Eskenazi a Arturo Uslar Pietri, titulada Uslar Pietri. Muchos hombres en un solo nombre (1988), y en ella el gran escritor y humanista venezolano expresó que apenas escribía dos o tres horas al día, pero no recibía llamadas ni aceptaba interrupciones. Es más, su esposa, Isabel Braun de Uslar, el gran amor de su vida, nunca osó interrumpirlo cuando estaba escribiendo. Cuestiones de estilo de trabajo. La soledad es una aliada de la actividad intelectual, pero también un búmeran, porque como bucle recursivo realimenta soledad con más soledad. Un equilibrio es lo ideal.

rigilo99@gmail.com





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