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Edgar Allan Poe por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Caigo en la cuenta de que es poco lo que he dicho en esta columna sobre el gran escritor norteamericano Edgar A. Poe (Boston, 1809 - Washington, 1849), siendo uno de mis autores favoritos. Es más, lo trabajo en mi taller literario con su magnífica pieza El barril de amontillado. Termino de leer una selección de sus poemas y vuelvo a repasar El cuervo, en inigualable traducción de nuestro Juan Antonio Pérez Bonalde, que leí con arrobo en mi juventud con una mezcla de fascinación y de asombro (tal vez de miedo).

Me sucede con frecuencia que es la obra la que me acerca a la vida de sus autores, y no lo contrario, porque leo de manera indiscriminada, sin orden ni concierto, tal como lo he hecho desde mi ya lejana adolescencia. Con la vida de Poe siento una fuerte atracción, y sé cuál es la razón: me atraen los personajes trágicos, cuyas vidas han sido toda una suerte de sucesos dignos del género del horror, del que nuestro autor fue un indiscutible maestro. Poe viene al mundo marcado por un extraño sino, como si su estrella fuese la pérdida y el sufrimiento. Siendo un niño de apenas un año queda huérfano de padre, y menos de año y medio después pierde a su madre.

La familia Allan lo acoge en el seno de su hogar, aunque con reticencias por parte de John Allan, el exitoso comerciante jefe de la familia, quien decide que el niño tenga el apellido de su padre biológico (Poe) y le pone el Allan como segundo nombre. Si bien John apuesta por la inteligencia del niño, así como por su brillo académico, y lo dota con todo lo necesario para que triunfe en sus estudios, poco a poco se abre entre ambos un gran abismo que los llevará años después al quiebre definitivo.

El comienzo de sus grandes desavenencias es la propensión de Edgar Allan a la poesía (ya de joven amaba a los clásicos, en particular a Homero), así como su carácter desenfadado y enamoradizo, ganado al dispendio y a las bromas pesadas con sus compañeros de clase. El padre adoptivo hace todo lo posible por encarrilarlo y alejarlo de una pasión lírica que día a día cobraba más fuerza, al extremo de componer versos satíricos a la prematura edad de los once años; pero es inútil y John termina desengañado. Poco a poco crece entre ambos una ojeriza que marcará la vida de nuestro autor. El rompimiento definitivo entre ambos llegará en 1827.

Ni la muerte de John (ocurrida en 1834) logra zanjar las heridas de Poe: no lo incluye en su testamento. A pesar de los desaires del padre, quien no respondía a las angustiantes cartas de Edgar para que lo ayudara económicamente, tragándose la humillación de pedirle dinero a pesar de que habían roto hacía tiempo, nuestro personaje guardaba aún la esperanza de que al final del camino el padre se acordara de él; pero no resultó así.

La vida de Poe no fue fácil, porque a pesar de su descollante talento, demostrado no solo en la poesía, sino también en los cuentos (género al cual recurrió para ganarse la vida al publicarlos en la prensa y en diversas revistas, y al que renovó y elevó a inusitadas cimas), en la crítica literaria, en los ensayos y hasta en la novela, su extraña manera de ser, azuzada por la ingesta de alcohol y hasta de los opiáceos (hipótesis todavía abierta en su biografía), lo llevan a situaciones límites, que echan por tierra sus perennes y desesperados planes de hacerse de una estabilidad económica que le permitiera una vida holgada al lado de Virginia, su esposa, con quien contrae matrimonio en 1836 cuando ella apenas cuenta con trece años.

Mientras unas puertas se abren en el camino de Poe, al lograr ser redactor de importantes periódicos, más temprano que tarde termina echado del trabajo por las intermitencias propias de un hombre atormentado, que no hallaba su lugar en el mundo, que no lograba consolidar los proyectos literarios a causa de sus desarreglos de carácter y de sus saltos al vacío. Y si a esto aunamos la gran cantidad de enemigos que había ganado a causa de sus incisivas y acervas críticas literarias, pues todo se hacía aún más cuesta arriba.

En 1847 muere Virginia a causa de la tuberculosis, lo que hunde a Poe en oscuros abismos existenciales. La amaba profundamente, ella era su bordón, su apoyo emocional, y ya a partir de entonces nada será igual en su vida. No obstante, y a pesar de las adversidades, levanta cabeza, alcanza reconocimiento y una estabilidad, pero todo es efímero, pronto cae de nuevo en el vacío. Se enamora de la escritora Sarah Helen Whitman, quien acepta el compromiso matrimonial, y hasta fijan fecha, sin embargo, los enemigos de Poe le hacen llegar a ella infamias (y verdades) acerca de su pasado, y rompe con Poe.

Fue Edgar Allan Poe un enorme poeta, ensayista, conferencista y cuentista, inventó el relato policial, renovó la crítica literaria y la hizo metódica y científica. Fue un verdadero genio de la narrativa del lado oscuro del ser humano, y la elevó a grados no conocidos entonces. Si bien alcanzó fama y notoriedad, su vida estuvo signada por la pérdida y el desencuentro. Su muerte, ocurrida el 7 de octubre de 1849, es otro capítulo más de su desventura, y hay muchas versiones, no obstante, todas coinciden en afirmar que fue drogado y dejado inconsciente en la calle. Pronto es llevado a un hospital de Washington y muere en pleno delirio. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio presbiteriano de Baltimore.


rigilo99@gmail.com





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