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¿BIDEN SE ENTRAMPÓ EN AMÉRICA LATINA? por Luis Loaiza

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LUIS LOAIZA RINCÓN


El modelo de las relaciones hemisféricas utilizado por Washington luce inconsistente sobre todo al tomar en cuenta la distancia entre los principios proclamados y la realidad. Cuando los Estados Unidos asumieron que la democracia política, la libertad empresarial y la libre circulación de capitales, bienes y servicios debían constituir los ejes fundamentales de las relaciones con América Latina, nadie pensó que al cabo de un tiempo se estuviera cada vez más lejos de las metas.

 Es muy evidente que en la región se han debilitado las instituciones que sostienen a la democracia representativa, sobre todo donde no satisface las expectativas de los sectores socialmente más pobres, y desde hace rato hizo crisis el paradigma democrático basado en la apertura exterior y liberalización económica interior. En la mayoría de los países, las llamadas “reformas estructurales” no mejoraron la eficiencia del gasto público ni permitieron modernizar al Estado. Por el contrario, se extendió la corrupción, la incompetencia, la mala gestión política y aumentó el endeudamiento externo. En este marco de frustraciones sociales es en el que empezaron a surgir fenómenos políticos que se creían superados.

 En la política hemisférica de Washington siguen predominando los factores de seguridad en desmedro de los vinculados a la cooperación económica y se mantiene la obsesión de hipervalorar los factores militares y represivos, aumentando así las dinámicas de inestabilidad y rebeldía.

 El diseño político-estratégico de EEUU para América Latina se encuentra hoy delimitado por unas precisas coordenadas: sostener la institucionalidad de la democracia formal, impedir el progreso de movimientos populistas, nacionalistas e indigenistas; negar cualquier alternativa a la opción neoliberal, impulsar la seguridad hemisférica enfrentando militarmente al narcotráfico y a las organizaciones criminales relacionadas, estimular cultivos y cosechas legítimas como alternativa a la coca y a la adormidera, identificar y decomisar los bienes financieros del terrorismo, fortalecer la legislación regional contra el lavado de dinero, crear unidades de inteligencia financiera, declarar al terrorismo como delito en todas sus formas y mejorar y endurecer los controles fronterizos.

 Lo que está claro es que el llamado “siglo de las Américas” se volvió humo y hoy Estados Unidos es más proteccionista y está menos dispuesto a enfrentar tanto las causas del problema migratorio como la necesidad de aumentar los flujos de capital hacia los países de la región. Estados Unidos, al tiempo que exige condiciones ventajosas para sus capitales y garantías para sus inversiones, no se obliga a abrir sus mercados.

 Por su parte, el modelo del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) también está en crisis. No sólo no fue posible concretar un espacio económico propio, sino que la debacle económica de Venezuela dejó sin recursos esas genéricas iniciativas de integración, que siempre fueron nostálgicas y vagas. La sociedad ideológica todavía no va más allá de sí misma.

 Los latinoamericanos siguen consustanciados con una visión que reafirma, frente a Estados Unidos, el respeto a los Estados nacionales, la defensa de las capacidades industriales propias, las decisiones soberanas, el mejoramiento de los derechos laborales y las condiciones de trabajo, la preservación del medio ambiente, la lucha contra la pobreza y la desigualdad. Eso sí, hacer realidad esos enunciados cuesta un mundo.

 No se trata, por tanto, de descartar la libertad de comercio, sino de entender que esta no es una herramienta desinteresada y que un desarrollo de “rostro humano” no puede basarse únicamente en ella. La región debe trascender los viejos esquemas en virtud de los cuales está destinada a producir materias primas baratas, abrir sus mercados y facilitar el funcionamiento de las trasnacionales. América Latina debe insertarse como un bloque, con peso específico propio, en el sistema global y ello no tiene por qué constituir ninguna amenaza para los intereses de Estado Unidos. Pero aquí también hay mucha distancia entre el dicho y el hecho.





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